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Ir a Contenido Septiembre de 2005 - Año 2, No. 5 |
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CONSTRUIMOS LENGUAJE
TONI MORRISON
Discurso leído al recibir el Premio Nobel
(Traducción de Colombia Truque Vélez)
Érase una vez
una anciana. Ciega, pero sabia. ¿O era un anciano? O quizás un
gúru. O una leyenda para calmar niños inquietos. He oído
esta historia, o una exactamente igual, en el saber popular de varias culturas.
Érase una vez una anciana. Ciega. Sabia.
En la versión que
conozco, la mujer es hija de esclavos, de raza negra, norteamericana, y vive
sola en una casita a las afueras del pueblo. Su fama de sabia no tiene par y
es incuestionable. Entre su gente, ella representa tanto la ley como su transgresión.
El honor que se le rinde y la admiración temerosa que se le tributa,
trasciende su vecindario y llega hasta lugares lejanos, hasta la ciudad donde
la inteligencia de los profetas rurales da origen a mucha diversión.
Un día, la mujer recibe la visita de unos jóvenes empeñados
en refutar su clarividencia y en desenmascararla por el fraude que ellos creen
que ella es. Su plan es sencillo: entran en su casa y hacen la pregunta cuya
respuesta depende exclusivamente de lo que la diferencia de ellos: su ceguera.
Se paran frente a ella y uno de ellos dice: Anciana, tengo un pájaro
en mi mano. Dime si está vivo o muerto.
Ella no contesta. Le repiten la pregunta: El pájaro que sostengo, ¿está
vivo o muerto?
Todavía no responde.
Es ciega y no puede ver a sus visitantes, y menos aún lo que esta en
sus manos. No sabe cuál es su color de piel, género o tierra natal.
Sólo sabe cuál es su motivo.
El silencio de la anciana
se prolonga, a los jóvenes les cuesta contener sus risotadas.
Finalmente, la anciana habla y su voz es suave pero severa: No sé,
dice. No sé si el pájaro que sostienen está muerto o vivo,
pero sé que está en sus manos. Está en sus manos.
Su respuesta podría
interpretarse de esta manera: si está muerto, fue porque así lo
encontraron o porque ustedes lo mataron. Si está vivo, todavía
pueden matarlo. Que siga vivo, es su decisión. De cualquier manera, es
su responsabilidad.
Por hacer ostentación
de su poder y poner en evidencia la debilidad de la anciana, los jóvenes
visitantes reciben un regaño, se les dice que son responsables no sólo
por el acto de burla, sino también por el pequeño manojo de vida
sacrificado para lograr sus propósitos. La anciana ciega desplaza la
atención de las afirmaciones de poder al instrumento a través
del cual este poder se ejerce.
La especulación sobre
lo que este pájaro-en-mano (aparte de su cuerpo frágil)
puede significar, siempre me ha atraído, pero en especial, así
lo pienso ahora, por la forma en que he sido con respecto al trabajo que realizo
y que me ha traído hoy ante ustedes. Decido entonces interpretar al pájaro
como lenguaje y a la anciana como un escritor experimentado. La anciana está
preocupada por la forma en que el lenguaje en que ella sueña, que le
fue dado al nacer, se maneja, se pone al servicio, incluso se le enajena para
ciertos nefarios propósitos.
Al ser una escritora, ella
considera el lenguaje en parte como un sistema, en parte como algo viviente
sobre lo cual uno tiene control, pero sobre todo como un medio como un
acto con consecuencias.
Entonces, la pregunta que
le hacen los muchachos, ¿Está vivo o muerto?, no es irreal,
porque ella piensa en el lenguaje como algo susceptible de morir, de ser borrado;
ciertamente puesto en riesgo y redimible únicamente por un esfuerzo de
la voluntad. Ella cree que si el pájaro que está en las manos
de los visitantes está muerto, sus custodios son responsables por el
cadáver. Para ella, un lenguaje muerto no es sólo ese que ya no
se habla o escribe, es ese lenguaje rígido, satisfecho de admirar su
propia parálisis. Como el lenguaje del estadista, censurado y censurante.
Despiadado en sus deberes policiales, no tiene otro deseo o meta que mantener
el libre deambular de su propio narcisismo narcótico, su propia exclusividad
y dominio. Aunque moribundo, no deja de tener sus efectos para bloquear el intelecto,
ahogar la conciencia, suprimir el potencial humano de manera activa. Refractario
a la interrogación, no produce ni tolera ideas nuevas, moldea los pensamientos
ajenos, cuenta otra historia, llena silencios confusos. El lenguaje oficial
hecho añicos para sancionar la ignorancia y mantener el privilegio, es
una armadura lustrada para impactar con su relumbre, un cascajo del cual salió
el caballero hace mucho tiempo.
Más aún, es
tonto, predatorio, sensiblero. Suscitando reverencia en los escolares, dando
refugio a los déspotas, evocando falsas memorias de estabilidad y armonía
entre la opinión pública.
La anciana está convencida
de que cuando el lenguaje muere, cae en el descuido o el desuso, en la indiferencia
y falta de estima, o es asesinado por decreto; así no sólo ella
sino todos lo que lo usan o producen son responsables por su defunción.
En su país los niños han refrenado su lengua y usan balas en lugar
de iterar la voz del lenguaje mudo, del lenguaje inhabilitado e inhabilitador,
del lenguaje que todos los adultos han abandonado como dispositivo para resolver
un problema usando el sentido, dar orientación o expresar amor. Pero
ella sabe que el suicidio-lingual no es la elección sólo de los
niños. Es común entre los pueriles jefes de estado y mercachifles
del poder, cuyo vaciado lenguaje los deja sin acceso a aquello que resta de
sus instintos humanos para que hablen sólo a aquellos que obedecen o
con el fin de forzar a la obediencia.
Este saqueo sistemático
del lenguaje puede reconocerse en la tendencia de sus hablantes a renunciar
a sus propiedades de matiz, complejidad y alumbramiento, a cambio de la amenaza
y la subyugación. El lenguaje opresivo hace más que representar
la violencia: es violencia; hace más que describir los límites
del conocimiento: limita el conocimiento. Ya sea el oscuro lenguaje estatal
o bien el pseudolenguaje de los insensatos medios de comunicación; ya
sea el orgulloso pero calcificado lenguaje de la academia o bien el lenguaje
de la ciencia impulsado por los productos; ya sea el pernicioso lenguaje del
derecho-sin-ética o el lenguaje diseñado para el extrañamiento
de minorías que esconde su expoliación racista en su tupé
literario-, debe ser rechazado, transformado y puesto en evidencia. Es el lenguaje
que chupa sangre, encubre vulnerabilidades, oculta sus botas fascistas bajo
crinolinas de respetabilidad y patriotismo, mientras se mueve implacablemente
para vigilar los rangos inferiores y la mente de los peores. Lenguaje sexista,
lenguaje racista, lenguaje teísta todos son típicos de
los policíacos lenguajes del poder, que no pueden permitir el nuevo conocimiento
o animar el mutuo intercambio de ideas.
La anciana es muy consciente
de que a ningún mercenario intelectual, ni insaciable dictador, ni político
o demagogo profesional ni a ningún falso periodista, lo convencerían
sus ideas. Hay y habrá un lenguaje conmovedor para mantener a los ciudadanos
armados y dispuestos a hacer que otros se armen; muertos en masa o masacrando
en las galerías, en los tribunales, en las oficinas de correos, en las
canchas deportivas, en los dormitorios y bulevares; promoviendo o memorizando
lenguaje para enmascarar la piedad y el desperdicio de tanta muerte innecesaria.
Habrá más lenguaje diplomático para aprobar el ultraje,
la tortura, el asesinato. Hay y habrá más lenguaje seductor mutante,
diseñado para estrangular mujeres, para empacar sus gargantas como paté
de ganso con sus propias indecibles y transgresoras palabras; habrá más
lenguaje de vigilancia disfrazado como investigación, de política
e historia calculado para hacer enmudecer el sufrimiento de millones; lenguaje
estilizado para emocionar a los insatisfechos y afligidos por el asalto de sus
vecindarios; lenguaje arrogante pseudoempírico pensado para encerrar
a la gente creativa en jaulas de inferioridad y desesperanza.
Debajo de la elocuencia,
de la elegancia, de las asociaciones académicas, por más conmovedor
o seductor, el corazón de tal lenguaje es lánguido, o tal vez
sin pulso en absoluto si el pájaro está ya muerto.
La anciana ha pensado cuál habría sido la historia intelectual
de cualquier disciplina si no hubiera existido quién insistiera, o no
se hubiera visto obligado a avanzar. El desperdicio de tiempo y vida que las
racionalizaciones y representaciones de y para el dominio, exigían
discursos letales de exclusión bloqueando el acceso al conocimiento tanto
para el que excluye como para el excluido.
La sabiduría convencional de la historia de la Torre de Babel es que
el colapso fue una desgracia. Que fue la distracción o el peso de muchos
lenguajes los que precipitaron la arquitectura fallida de la torre. Que un lenguaje
monolítico hubiera facilitado la construcción y se habría
alcanzado el cielo. ¿El cielo de quién?, se pregunta la anciana.
¿Y qué clase? Tal vez el logro del Paraíso fue prematuro,
un poco mal intencionado si nadie tuvo tiempo para entender otros lenguajes,
otros puntos de vista, otro período de narrativas. Pudieran ellos haber
encontrado a sus pies el cielo que imaginaban. Complicada, exigente, sí,
pero una visión de cielo como vida, no un cielo como más allá
de la vida.
La anciana no quería
dejar a sus jóvenes visitantes con la impresión de que el lenguaje
debería forzarse a mantenerse vivo de cualquier manera. La vitalidad
del lenguaje radica en su capacidad para retratar vidas reales, imaginadas y
posibles de sus hablantes, lectores, escritores. Aunque su equilibrio está
a veces en desplazar la experiencia, esta experiencia no lo sustituye. El lenguaje
apunta al lugar donde puede hallarse el sentido. Cuando un Presidente de los
Estados Unidos reflexionó sobre cómo su país se había
convertido en un cementerio, y dijo: El mundo casi no notará y menos
aún recordará lo que decimos aquí. Pero nunca olvidará
lo que hicimos aquí, sus solas palabras son vigorizantes en sus propiedades
de afirmación vital porque se niegan a encapsular la realidad de 600.000
muertos en una cataclísmica guerra racial. Al negarse a monumentalizar,
al desdeñar la última palabra, la recapitulación exacta,
al reconocer su poco poder para agregar o quitar, sus palabras indican deferencia
hacia la incapturabilidad de la vida que lamentan. Es esta deferencia lo que
las mueve, este reconocimiento de que el lenguaje nunca puede mantenerse fiel
a la vida de una vez por todas. Ni debería. El lenguaje nunca puede inmovilizar
la esclavitud, el genocidio, la guerra. Ni debería anhelar arrogancia
de ser capaz de hacerlo. Su fuerza, su felicidad esta en alcanzar lo inefable.
Ya sea preeminente o precario,
oculto, detonante, o se niegue a santificar; ya se ría a carcajadas o
bien sea un aullido sin alfabeto, la palabra escogida, el silencio escogido,
el lenguaje tranquilo bulle hacia el conocimiento, no hacia su destrucción.
Pero, ¿quién no conoce de literatura proscrita porque es interrogativa,
desacreditada porque es crítica, borrada porque es alternativa? ¿Y
cuántos no se sienten ultrajados por la idea de una lengua autodestruida?
El trabajo-de-la-palabra
es sublime, piensa la anciana, porque es generativo, produce el significado,
que garantiza nuestra diferencia, nuestra humana diferencia la manera
en la cual somos como ninguna otra vida.
Morimos. Ese debe ser el
significado de la vida. Pero construimos Lenguaje. Esa debe ser la medida de
nuestras vidas.
Érase una vez,...unos
visitantes hicieron a una anciana una pregunta. ¿Quiénes son,
estos muchachos? ¿Qué hicieron con este encuentro?.. ¿Qué
oyeron en estas palabras finales: El pájaro está en sus manos?
Una frase que señala hacia una posibilidad o un signo que capta enseguida
la idea. A lo mejor lo que los muchachos oyeron fue: No es mi problema. Soy
mujer, soy vieja, soy negra, soy ciega. La sabiduría que poseo ahora
está en saber que no puedo ayudarlos. El futuro del lenguaje les pertenece.
Ellos estaban ahí,
de pie. Supongan que no había nada en sus manos. Supongan que la visita
era sólo un ardid, una jugarreta para lograr que les hablaran, los tomaran
en serio como no lo habían sido antes. Una oportunidad para interrumpir,
para violar el mundo adulto, su miasma de discurso sobre ellos, por ellos, pero
nunca para ellos. Preguntas urgentes están en juego, incluyendo esa que
ellos hicieron: ¿Está el pájaro que sostenemos vivo o muerto?
Quizá la pregunta quería decir: ¿Podría alguien
decirnos qué es la vida? Nada de artilugios; ninguna estupidez. Una pregunta
directa digna de la atención de una sabia. De una anciana. Y si la anciana
visionaria que ha vivido la vida y afrontado la muerte no puede describir a
ninguna de las dos, ¿quién puede?
Pero no lo hace, guarda
su secreto, su buena opinión de sí misma, sus gnómicos
manifiestos, su arte sin compromiso. Mantiene su distancia, la refuerza y se
retrae en la singularidad del aislamiento, en un espacio sofisticado, privilegiado.
Nada, ninguna palabra sigue
a su declaración de transferencia. Este silencio es profundo, más
profundo que el significado contenido en las palabras que pronunció.
Este silencio se estremece y los muchachos, fastidiados, lo llenan con lenguaje
inventando sobre el terreno.
¿No hay discurso,
le preguntan, no hay palabras que usted pueda darnos para ayudarnos a abrirnos
paso en su expediente de fallas? ¿A través de la educación
que ustedes nos dieron, que no es en absoluto educación porque estamos
presentando mucha atención a lo que han hecho, así como a lo que
han dicho? ¿Hasta la barrera que ustedes han erigido entre generosidad
y sabiduría?
No tenemos ningún
pájaro en nuestras manos, vivo o muerto. No la tenemos sino a usted y
nuestra importante pregunta. ¿Es la nada que está en nuestras
manos algo que usted podría cargar para contemplar, para adivinar siquiera?
¿Ya no se acuerda siendo joven cuando el lenguaje era mágico sin
significado? ¿Cuando lo que usted podía decir, podía no
significar? ¿Cuando lo invisible era lo que la imaginación se
esforzaba en ver? ¿Cuando preguntas y peticiones de respuesta ardían
tan brillantemente que usted temblaba de furia al no saber?
¿Tenemos acaso que
comenzar a ser conscientes con una batalla de heroínas y héroes,
así como usted luchó y perdió dejándonos con nada
en las manos salvo lo que usted imaginó que está en ellas? Su
respuesta es artificiosa, pero su artificiosidad nos avergüenza y debe
avergonzarla a usted. Su respuesta es indecente en su autocomplacencia. Un guión-para-televisión
que no tiene sentido si no hay nada en nuestras manos.
¿Por qué no se comunicó, y nos tocó con sus dedos suaves, demorando la mordedura de sonido, la lección, hasta saber quiénes éramos? ¿Tanto despreció nuestra jugarreta, nuestro modus operandi, que no pudo ver que estábamos confundidos sobre cómo lograr su atención? Somos jóvenes. Inmaduros. Hemos oído durante todas nuestras cortas vidas que tenemos que ser responsables. ¿Qué podría eso significar en la catástrofe en que este mundo se ha convertido, donde como dijo un poeta- nada necesita ser expuesto cuando es ya descarado? Nuestra herencia es una afrenta.
Usted quiere que tengamos
sus viejos y vacíos ojos, y veamos solamente la crueldad y la mediocridad.
¿Piensa que somos lo suficientemente estúpidos para perjurarnos
una y otra vez con la ficción de independencia nacional? ¿Cómo
se atreve a hablarnos de deber cuando estamos hundidos hasta la cintura en el
veneno de su pasado?
Usted nos banaliza y además trivializa el pájaro que no está
en nuestras manos. ¿No hay contexto para nuestras vidas? Ninguna canción,
ninguna literatura, ningún poema lleno de vitaminas, ninguna historia
unida a la experiencia que pueda pasarnos para que no ayude a marchar bien?
Usted es un adulto. La anciana, la sabia. Deje de pensar en salvar su pellejo.
Piense en nuestras vidas y cuéntenos cómo es su mundo individual.
Invéntese un cuento. La narrativa es radical, nos crea en el mismo momento
en que está siendo creada. No la culparemos si su alcance sobrepasa su
control, si el amor inflama tanto sus palabras que estas caen en llamas y nada
queda sino su quemadura. O si, con la reticencia de las manos de un cirujano,
sus palabras suturan sólo los lugares donde puede manar la sangre. Sabemos
que usted nunca podrá hacer esto apropiadamente de una vez por
todas. La pasión no es nunca suficiente; tampoco la destreza. Pero inténtelo.
Por nuestro bien y el de usted, olvide su nombre en la calle; díganos
lo que el mundo ha sido para usted en los sitios oscuros y en la luz. No nos
diga lo que hay que creer, lo que hay que temer. Muéstrenos la ancha
saya de la creencia y la puntada que desenmaraña el amnios del temor.
Usted, anciana, bendecida con la ceguera, puede hablar el lenguaje que nos dice
lo que sólo el lenguaje puede decir: cómo mirar sin imágenes.
Solamente el lenguaje nos protege de las cicatrices de las cosas sin nombre.
Solamente el lenguaje es meditación.
Díganos lo que es
ser una mujer de modo que podamos saber lo que es ser un hombre. ¿Qué
se mueve en el margen? ¿Qué es no tener un hogar en este lugar?
Soltarse de aquel que uno conoció. ¿Qué es vivir a las
afueras de ciudades que no pueden soportar la compañía de uno?
Háblenos sobre barcos
que regresaron de los bordes de la playa en la Pascua Florida, placenta en un
campiña. Háblenos de una carretada de esclavos, ¿Cómo
cantaban tan suavemente que su respiración no se distinguía de
la caída de la nieve? ¿Cómo por el encorvamiento del hombro
más cercano supieron que la próxima parada podía ser la
última para ellos? ¿ Cómo, con las manos puestas en oración
sobre sus sexos, pensaron en el calor, luego en el sol, alzando sus rostros
como si estuviera allí para entrar? Volteándose como para entrar.
Se detuvieron en una hospedería. El conductor y su compañero entraron
con la lámpara, dejándolos zumbando en la oscuridad. El hueco
del caballo humea en la nieve bajo sus cascos, y su siseo y licuefacción
son la envidia de los congelados esclavos.
La puerta de entrada se
abre: una muchacha y un muchacho salen de su luz. Trepan en la cama del vagón.
El muchacho tendrá un revolver en tres años, pero ahora lleva
una lámpara y un cántaro de sidra tibia. Se lo pasan de boca en
boca. La muchacha ofrece pan, pedazos de carne y algo más: una mirada
a los ojos de aquel a quien sirve. Una ración para cada hombre, dos para
cada mujer. Y una mirada. Ellos se la devuelven. La próxima parada será
la última para ellos. Pero no ésta. Porque ésta ha sido
entibiada.
Hay silencio otra vez cuando
los muchachos terminan de hablar, hasta que la mujer lo rompe.
Finalmente, dice, les creo
ahora. Les creo con el pájaro que no está en sus manos porque
verdaderamente lo capturaron. Miren. Cuán hermoso es esto que hemos hecho
juntos.
(Tomado de Discursos Premio Nobel, Editorial Común Presencia, tomo 2. Bogotá, 2003
TONI MORRISON Lorain, Ohio,
USA (1931). Premio Nóbel de Literatura 1993.
Esta escritora estadounidense
y cuya obra describe la vida de la comunidad negra de su país, en 1988
fue galardonada con el premio Pulitzer por su obra Beloved publicada un año
antes. Tras una larga vida dedicada a la enseñanza, en 1964 abandonó
este oficio para trabajar como editora en la Random House de Nueva York. Su
primera novela, Ojos Azules (1970), y que resultó una autentica revelación,
fue seguida de una prolífica obra narrativa, aclamada siempre por la
crítica. Entre sus publicaciones más reconocidas se destacan:
Sula (1973), La canción de Salomón (1977), La isla de los caballeros
(1981), Jazz (1992), Paradise (1998), y Jugando en la oscuridad (1992).