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Ir a Contenido Septiembre de 2005 - Año 2, No. 5 |
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INSTANTE POÉTICO E INSTANTE METAFÍSICO*
GASTON
BACHELARD
1864 - 1962
(Traducción de Jorge Ferreiro)
I
La poesía es una
metafísica instantánea. En un breve poema, debe dar una visión
del universo y el secreto de un alma, un ser y unos objetos, todo al mismo tiempo.
Si sigue simplemente el tiempo de la vida, es menos que la vida, sólo
puede ser más que la vida inmovilizando la vida, viviendo en el lugar
de los hechos la dialéctica de las dichas y de las penas. Y entonces
es principio de una simultaneidad esencial en que el ser más disperso,
en que el ser más desunido conquista su unidad.
Mientras todas las demás
experiencias metafísicas se preparan en prólogos interminables,
la poesía se niega a los preámbulos, a los principios, a los métodos
y a las pruebas. Se niega a la duda. Cuando mucho necesita un preludio de silencio
antes que nada, golpeando contra palabras huecas, hace callar la prosa o el
canturreo que dejarían en el alma del lector una continuidad de pensamiento
o de murmullo. Luego, tras las sonoridades huecas, produce su instante. Y para
construir un instante complejo, para reunir en ese instante gran número
de simultaneidades destruye el poeta la continuidad simple del tiempo encadenado.
Así, en todo poema
verdadero se pueden encontrar los elementos de un tiempo detenido, de un tiempo
que no sigue el compás, de un tiempo al que llamaremos vertical para
distinguirlo de un tiempo común que corre horizontalmente con el agua
del río y con el viento que pasa. De allí cierta paradoja que
es preciso enunciar con claridad: mientras que el tiempo de la prosodia es horizontal,
el tiempo de la poesía es vertical. La prosodia sólo organiza
sonoridades sucesivas, rige cadencias, administra fugas y conmociones, con frecuencia,
¡ay!, a contratiempo. Aceptando las consecuencias del instante poético,
la prosodia permite acercarse a la prosa, al pensamiento explicado, a los amores
tenidos, a la vida social, a la vida corriente, a la vida que corre, lineal
y continua. Mas todas las reglas prosódicas son sólo medios. El
fin es la verticalidad, la profundidad o la altura, es el instante estabilizado
en que, ordenándose, las simultaneidades demuestran que el instante poético
tiene perspectiva metafísica.
El instante poético
es entonces necesariamente complejo: conmueve, prueba- invita, consuela-, es
sorprendente y familiar. En esencia, el instante poético es una relación
armónica de dos opuestos. En el instante apasionado del poeta hay siempre
un poco de razón, en la recusación razonada queda siempre un poco
de pasión. Las antítesis sucesivas gustan al poeta. Mas para el
encanto, para el éxtasis, es preciso que la antítesis se contraiga
en ambivalencia. Entonces surge el instante poético
El instante
poético es, cuando menos, conciencia de una ambivalencia excitada, activa
y dinámica. El instante poético obliga al ser a valuar o a devaluar.
En el instante poético, el ser sube o baja, sin aceptar el tiempo del
mundo que reduciría la ambivalencia a la antítesis y lo simultáneo
a lo sucesivo.
Esa relación de la antitesis o de la ambivalencia se verificará
fácilmente si se está dispuesto a comulgar con el poeta quien,
con toda evidencia, vive en un instante ambos términos de sus antítesis.
Al segundo término no lo llama el primero. Ambos términos nacieron
juntos. Desde ese momento se encontrarán los verdaderos instantes poéticos
de un poema en todos los puntos en que el corazón humano pueda invertir
las antítesis. De una manera más intuitiva, la ambivalencia bien
urdida se revela por su carácter temporal: en vez del tiempo masculino
y valiente que se lanza y que rompe, en vez del tiempo suave y sumiso que lamenta
y que llora, he aquí el instante andrógino. El misterio poético
es una androginia.
II
Mas, ¿es tiempo todavía ese pluralismo de acontecimientos contradictorios encerrados en un solo instante? ¿Es tiempo toda esa perspectiva vertical que domina el instante poético? Sí, pues las simultaneidades acumuladas son simultaneidades ordenadas. Dan al instante una dimensión puesto que le dan un orden interno. Ahora bien, el tiempo es un orden y no otra cosa. Y todo orden es un tiempo. El orden de las ambivalencias en el instante es por tanto un tiempo. Y es ese tiempo vertical el que descubre el poeta cuando recusa el tiempo horizontal, es decir, el devenir de los otros, el devenir de la vida y el devenir del mundo. Estos son entonces los tres órdenes de experiencias sucesivas que deben desatar al ser encadenado en el tiempo horizontal:
1. Acostumbrarse a no referir
el tiempo propio al tiempo de los demás; romper los marcos sociales de
la duración;
2. Acostumbrarse a no referir el tiempo propio al tiempo de las cosas; romper
los marcos fenoménicos de la duración;
3. Acostumbrarse -difícil ejercicio- a no referir el tiempo propicio
al tiempo de la vida: no saber si el corazón late, si la dicha surge;
romper los marcos vitales de la duración.
Entonces y sólo entonces se logra la referencia autosincrona, en el centro de sí mismo y sin vida periférica. Toda la horizontalidad llana se borra de pronto. El tiempo no corre. Brota.
III
Para conservar o, mejor dicho, para recobrar ese instante poético estabilizado,
hay poetas, como Mallarmé, que violentan directamente el tiempo horizontal,
que invierten la sintaxis, que detienen o desvían las consecuencias del
instante poético. Las prosodias complejas ponen guijarros en el arroyo
para que las hondas pulvericen las imágenes fútiles, y para que
los remolinos quiebren los reflejos. Leyendo a Mallarmé de pronto se
tiene la impresión de un tiempo recurrente que viene a acabar instantes
acabados. Entonces se viven tardíamente los instantes que habrían
tenido que vivirse: sensación esta tanto más extraña cuanto
que no participa en ningún lamento, en ningún arrepentimiento
y en ninguna nostalgia. Simple y sencillamente está hecha de un tiempo
trabajado que a veces sabe poner el eco ante la voz y la negativa ante la confesión.
Otros poetas más
felices captan naturalmente el instante estabilizado. Como los chinos, Baudelaire
ve la hora en el ojo de los gatos, la hora insensible en que la pasión
es tan completa que desdeña realizarse: «En el fondo de sus ojos
adorables veo siempre la hora1 claramente, siempre la misma, es una hora vasta,
solemne, grande como el espacio, sin divisiones de minutos ni de segundos, una
hora inmóvil que no marcan los relojes...» Para los poetas que
así realizan el instante fácilmente, el poema no se desarrolla
sino se trama, se teje de nudo en nudo. Su drama no se efectúa. Su mal
es una flor tranquila.
En equilibrio a la media
noche, sin esperar nada del soplo de las horas, el poeta se despoja de toda
vida inútil; siente la ambivalencia abstracta del ser y del no ser. En
las tinieblas ve mejor su propia luz. La soledad le brinda al pensamiento solitario,
un pensamiento sin desviación, un pensamiento que se eleva y se apasiona
exaltándose puramente.
El tiempo vertical se eleva.
A veces también se hunde. Para quien sabe leer el cuervo, medianoche
nunca más suena horizontalmente. Suena en el alma bajando, bajando
Raras son las noches en que tengo el valor de bajar hasta el fondo, hasta la
duodécima campanada, hasta la duodécima herida, hasta el duodécimo
recuerdo
Entonces vuelvo al tiempo llano; encadeno, me reencadeno y vuelvo
al lado de los vivos, vuelvo a la vida. Para vivir es preciso traicionar fantasmas
A lo largo de ese tiempo
vertical-bajando- se escalonan las peores penas, las penas sin casualidad temporal,
las penas agudas que traspasan un corazón por una nada, sin languidecer
jamás. A lo largo del tiempo vertical-subiendo- se consolida el consuelo
sin esperanza, ese extraño consuelo autóctono y sin protector.
En pocas palabras, todo aquello que nos desliga de la causa y de la recompensa,
todo aquello que niega la historia íntima y el deseo mismo, todo aquello
que devalúa a la vez el pasado y el porvenir está allí,
en ese instante poético. ¿Se desea un estudio de un pequeño
fragmento del tiempo vertical? Que se tome el instante poético del lamento
sonriente, en el momento mismo en que la noche duerme y estabiliza las tinieblas,
en que las horas apenas respiran y en que la soledad por sí sola es ya
un remordimiento. Los polos ambivalentes del lamento sonriente casi se tocan.
La menor oscilación sustituye al uno por el otro. El lamento sonriente
es por tanto una de las ambivalencias más sensibles de un corazón
sensible. Pues bien, con toda evidencia se desarrolla en un tiempo vertical,
puesto que ninguno de los dos momentos ni la sonrisa ni el lamento, es su antecedente.
Aquí, el sentimiento es reversible o, mejor dicho, la reversibilidad
del ser está aquí sentimentalizada: la sonrisa lamenta y el lamento
sonríe como el lamento consuela. Ninguno de los tiempos expresados sucesivamente
es causa del otro, y por tanto es prueba de que están mal expresados
en el tiempo sucesivo, en el tiempo horizontal. Pero aun así hay del
uno al otro un devenir, devenir que no se puede experimentar sino verticalmente,
subiendo, con la impresión de que el lamento se aligera, de que el alma
se eleva y que el fantasma perdona. Entonces en verdad florece la desdicha.
De tal suerte que un metafísico sensible encontrará en el lamento
sonriente la belleza formal de la desdicha, en función de la casualidad
formal comprenderá el valor de desmaterialización donde se reconoce
el instante poético. Nueva prueba esta de que la casualidad formal se
desarrolla en el interior del instante, en el sentido de un tiempo vertical,
mientras que la casualidad eficiente se desarrolla en la vida y en las cosas,
horizontalmente, agrupando instantes de intensidades diversas.
Naturalmente, dentro de
la perspectiva del instante se pueden experimentar ambivalencias de mayor alcance:
«De muy niño
sentí en el corazón dos sentimientos contradictorios: el horror
por la vida y el éxtasis ante la vida.»2 Los instantes en que esos
sentimientos se experimentan juntos inmovilizan el tiempo, pues se experimentan
juntos, vinculados por el interés fascinante ante la vida.
Llevan al ser fuera de la duración común. Y esa ambivalencia no se puede describir en tiempos sucesivos como un vulgar balance de alegrías y de penas pasajeras. Opuestos tan vivos y tan fundamentales derivan de una metafísica inmediata. Su oscilación se vive en un solo instante, mediante éxtasis y caídas que incluso pueden oponerse a los acontecimientos: el mismo hastío de la vida llega a invadirnos en el gozo tan fatalmente como el orgullo en la desgracia. Los temperamentos cíclicos que en la duración habitual y siguiendo a la luna desarrollan estados contradictorios no ofrecen sino parodias de la ambivalencia fundamental. Sólo una psicología profunda del instante podrá darnos los esquemas necesarios para comprender el drama poético esencial.
IV
Por lo demás, es
sorprendente que uno de los poetas que han captado con mayor fuerza los instantes
decisivos del ser sea el poeta de las correspondencias. La correspondencia baudelairiana
no es, como se la muestra a menudo, una simple transposición de la que
resultaría un código de analogías sensuales. Es una suma
del ser sensible en un solo instante. Pero las simultaneidades sensibles que
reúnen los perfumes, los colores y los sonidos no hacen más que
preparar simultaneidades más lejanas y más profundas. En esas
dos unidades de la noche y de la luz se encuentra la doble eternidad del bien
y del mal. Lo que tienen de «vasto» la noche y la claridad no debe,
por otra parte, sugerirnos una visión espacial. La noche y la luz no
se evocan por su extensión ni por su infinito, sino por su unidad. La
noche no es un espacio. Es una amenaza de eternidad. Noche y luz son instantes
inmóviles, instantes oscuros o luminosos, alegres o tristes, oscuros
y luminosos, alegres y tristes. Nunca el instante poético fue más
completo que en ese verso donde se le puede asociar a la vez con la inmensidad
del día y de la noche. Nunca se ha hecho sentir tan físicamente
la ambivalencia de los sentimientos, el maniqueísmo de los principios.
Meditando por este camino, se llega de repente a la siguiente conclusión: Toda moralidad es instantánea. El imperativo categórico de la moralidad nada tiene que ver con la duración. No tiene ninguna causa sensible, no espera ninguna consecuencia. Va directo y verticalmente por el tiempo de las formas y de las personas. El poeta es entonces guía natural del metafísico que quiere comprender todas las fuerzas de uniones instantáneas, la fogosidad del sacrificio, sin dejarse dividir por la dualidad filosófica burda del sujeto y del objeto, sin dejarse detener por el dualismo del egoísmo y del deber. El poeta anima una dialéctica más sutil. Él revela a la vez, en el mismo instante, la solidaridad de la forma y de la persona. Demuestra que la forma es una persona y que la persona es una forma. La poesía se convierte así en un instante de la causa formal, un instante de la fuerza personal. Ella se desinteresa entonces de lo que rompe y de lo que disuelve, de una duración que dispersa los hechos. Busca el instante. Sólo tiene necesidad del instante. Lo crea. Fuera del instante, no hay sino prosa y canción. La poesía encuentra su dinamismo específico en el tiempo vertical de un instante inmovilizado. Hay un dinamismo puro de la poesía pura: el que se desarrolla verticalmente en el tiempo de las formas y de las personas.