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Septiembre de 2005 - Año 2, No. 5

 

 

La idea, aún sugerente, de que la creación tiene su origen en el fuego, define la intuición poética, pues parecería que la creación transcurriera en un tiempo que sólo le pertenece a ella y que no está sujeto al tiempo cronológico que asiste a la vida. La metáfora del fuego le ha servido a los pueblos para tener una aprehensión del devenir, su extensión al reino de la poesía ha sido útil para pensar la creación como un proceso que está siendo y dejando de ser y que por ello nunca es concluido.

En este sentido lo que inventa la imaginación resulta tan real como lo que el tiempo cronológico enajena, si en éste se halla el acontecimiento o lo que acaece, en el otro también el acontecimiento tiene lugar y lo que está por ser. Hoy nadie aventuraría la hipótesis de que los ar- tificios de la imaginación constituyen los componentes naturales de una nada que se halla por fuera de la razón, como tampoco podría afirmarse dogmáticamente que sólo lo que puede ser interrogado desde la cronología de los hechos constituye la vida de los seres humanos. Lo que hemos heredado tiene tanto de comprobación histórica como del imaginario con que nos acercamos a esa herencia. La poesía se constituye así en el episodio que nos dice que aún en medio de la atroz criminalidad y la implacable voracidad del ser humano, se han vivido momentos memorables que ennoblecen a la civilización.

Esta es la llama que enciende el libro de poemas Memorias de piel para leer sobre la hoguera entregado por la joven poeta Elizabeth Marín. Un poemario que posee la virtud de restablecer el vínculo inicial con esa intuición que ha sido la superstición de los creadores: la poesía guiada por el fuego, la poesía como iluminación y descubrimiento.

Julián Malatesta

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