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Septiembre de 2005 - Año 2, No. 5

 

SOBRE LITERATURA

ÁGNES NEMES BAGY

(Traducción de Gabriela Menezel)


Estatuas negativas

En los últimos diez años la poesía ha causado varias inquietudes tanto en sus cultivadores como en sus lectores. Estamos inquietos por muchas razones; entre otras, quizás, porque nos hemos dado cuenta una vez más de que nuestra conciencia es más vasta que nuestro vocabulario.

Siempre ha sido así. Casi todas las generaciones libran su propia batalla de sinceridad con la anterior, buscando palabras nuevas para las realidades nuevas, es decir, para la conciencia considerada válida para una época dada. Lo nuevo ahora es su carácter extremo. Creemos que entre la poesía actual y la de la época anterior hay un abismo mayor, de lo que es habitual entre épocas (por supuesto, si consideramos con un gesto generoso pero no insensato los últimos cien años como una época homogénea). Y tenemos muchos motivos objetivos para que esta ruptura, inusitadamente grande, sea considerada como un hecho y no sólo tenga aires de importancia por hallarnos «atrapados» en el tiempo.

Si nos permitimos, pues, esta revisión demasiado amplia, podríamos decir que por el momento ponemos en tela de juicio todo lo que hasta hace más o menos cien años se llamaba poema. Naturalmente, no es su valor lo que cuestionamos, sino los recursos que utiliza; no la calidad, sino las diferentes creencias en el principio activo del poema. Creemos saber, frente a las tradiciones de cerca de tres mil años, que el principio activo del poema no se encuentra en sus metas formales y de contenido. Nuestras abstracciones evidentemente están buscándolo, buscan lo puramente esencial. Seguramente está allí, en el enorme bagaje poético que hemos heredado de los milenios anteriores. La piedra filosofal está allí entre la enorme cantidad de «trastos de poca monta», y nosotros llevamos cien años arrojando, reorganizando, perturbando las nociones heredadas –con el dérèglement de Rimbaud o ya ni siquiera de Rimbaud–, para toparnos con el núcleo radiante.

No olvidemos, sin embargo, que nuestra rebelión no es joven, y la etiqueta poética es apenas menos estrecha, pero igualmente variada, que en cualquier otro periodo consagrado. No debemos temer que la búsqueda unilateral de lo esencial nos haya despojado de lo superfluo. Tenemos nuestras propias tareas, hemos heredado los gestos de la ruptura formal (y de contenido) –aunque sean recientes– de la misma manera que las conjeturas y las desilusiones, estas ilusiones invertidas. Podemos esperar, pues, que nuestros equívocos sean tan fecundos como los de hace quinientos años. En todo caso, el gran gesto (entre otros, el de Rimbaud), por el que la poesía se convirtió en fenómeno del siglo XX, casi anticipándose en el espacio y en el tiempo a los cambios producidos en las guerras y en la geografía estelar, ya pertenece a nuestro legado. El dérèglement se ha vuelto norma, fuente capital de miles de nuestras escuelas poéticas.

Lo que no quiere decir que se haya desgastado la inquietud. Porque la meta, inalterablemente, es la fijación de la visión poética interior, más escondida, hasta ahora inefable y sin nombre. Y en esto –a todos más o menos así nos parece– hemos avanzado un poquito. Por lo menos hemos aprendido a lo largo de los últimos cien años qué es lo que no sabemos. No sabemos por qué el poema llega a ser poema. Nuestros conceptos se han descompuesto. No sabemos cuál es la parte más profunda del efecto artístico. Nuestras opiniones de referencia son negativas. No es la palabra, no es la intención, no es la forma, no es la ruptura formal. Ni una cosa, ni la otra. Todo nuestro saber es negativo. Al igual que las estatuas negativas de Pompeya, las cavidades fosilizadas en la lava, que conservan las huellas de los cuerpos de los fugitivos de entonces –sus movimientos finales– ya pulverizados. Pero el efecto artístico, los secretos de lo esencial, los muchos no-sabemos no pueden ser rellenados con yeso, tal como lo hacían los arqueólogos con aquellas cavernas de lava de Pompeya para obtener la temible estatua. La estatua de lo esencial sigue siendo desconocida.

No podemos seguir fingiendo, por lo tanto, como si conociéramos lo que no conocemos. Tanto menos porque pienso que detrás de lo desconocido hay otro desconocido más: nuestra extrema diferencia con el pasado se nutre de otro escrúpulo. Las revoluciones nos han enseñado que en el siglo XX debemos escribir a la manera del siglo XX. Pero ahí está la otra cuestión del siglo XX, en realidad ¿es posible escribir?

No es esta pregunta lo nuevo, sino la vehemencia con la que nos la planteamos. Todos lo sabemos: el enemigo principal de la poesía es la palabra. La palabra tiene significado. Y el trecho cien veces registrado entre la palabra como recurso de comunicación cotidiana y la palabra como recurso de la poesía es nuestra nunca suprimida experiencia. Otras artes no tienen ningún problema de este tipo. Tienen su propia sensibilidad inajenable, la piedra, el color, el sonido, la forma. Suelen decir que la ciencia natural es moralmente indiferente. Permítasenos volver a afirmar, pues, una y otra vez –como una rima floja–, que las artes no verbales son conceptualmente indiferentes. ¡Fácil para ellas! Pueden hacer cualquier cosa: ninguna tendencia, ningún ismo, ninguna escuela les puede quitar su riqueza, su carácter visible, audible, palpable, su índole corporal que está de guardia en lo esencial del arte.

Y el poema ... el pobre poema. Su propia sensibilidad endógena inseparable de su cuerpo –su musicalidad– es escasa. Temo que la musicalidad de la música la supere. Es decir, el poema se atavía con lo ajeno. Las imágenes que pintamos en las palabras ¿para qué sirven? Para que mediante letras y signos incoloros, se transformen en «plásticas» en la mente del lector. Hemos llegado hasta tal punto que, incluso con las mayores maquinaciones posibles, apenas somos capaces de codificar algo que verdaderamente queremos en el poema. Junto a las palabras, en contra de las palabras, vamos explicándonos con sonidos o espacios interlineales, con trucos o asociaciones, y con todo eso nuestra autoexpresión resulta cuestionable (claro, con la excepción de la esfera conceptual). Y es cuestionable, no porque el arsenal de nuestros poetas del siglo XX, y los resultados de los grandes poetas compañeros sean pobres. Todo lo contrario. No nos contentamos con lo nuestro, nos parece escasa la fuerza de las palabras desgastadas por el uso cotidiano, nos enfrentamos con la incapacidad de nuestro propio material artístico, del lenguaje. Déjeseme reiterar: hemos vuelto a darnos cuenta de que nuestro vocabulario es pequeño. La revolución poética de nuestro siglo no es más que la rebelión del lenguaje contra sí mismo. Nos parece ridículamente escaso lo que sabemos decir. Incesantemente queremos decir lo que no sabemos. No sabemos decir, porque nuestro lenguaje humano, insoportablemente estrecho, es apenas capaz de expresar la conciencia poética. Hay, por lo tanto, algunos que, con languidez, consienten en decir lo que se puede decir con el lenguaje. Hay otros que van desgarrando el material poético hasta tenerlo despedazado, y luego callan. El silencio moderno del poeta, de Rimbaud, de Rilke, de Valéry y el de algunos otros más, es un síntoma de nuestro siglo, aunque en absoluto lo sea por una única razón. Y hay poetas que siguen proponiéndose escribir poemas, forjar arte con ese sistema secundario de signos anti-artísticos, que es el lenguaje.

Y ahora vamos a borrar la pizarra llena de escritos. Por supuesto, la dualidad del lenguaje, su uso conceptual y no-conceptual, cotidiano y artístico-sensorial es nuestra perpetua carga. Por supuesto nuestras ilusiones, talladas sobre «lo esencial» de nuestro arte son estatuas negativas, mucho más que la sabiduría autoexaminadora de otras artes. ¿Pero no es precisamente en esta dualidad en la que la palabra se parece más al creador de su arte, al hombre? Sin duda alguna: en la literatura hay algo incómodamente anfibio. Es como los prismáticos que son, al mismo tiempo, vasos de agua. Es un poco más malo que los prismáticos de verdad, y es un poco más torpe que el verdadero vaso. ¿Pero no le ocurrirá lo mismo al hombre? Es más débil que el animal salvaje, y más lento que la máquina. Es demasiado multifacético para ser perfecto en cualquiera de sus actividades específicas. Creo que la literatura y la poesía se vinculan con su creador, y conviven con él sacando beneficios, precisamente, de sus debilidades, de su multifacética vulnerabilidad. La poesía (siendo arte) no es pura. Pero me temo que el hombre tampoco lo sea.

Sobre la crisis del lenguaje

La llamada crisis del lenguaje es una cuestión, aproximadamente, de edad centenaria, que en el pasado denominábamos revolución poética. Era una denominación legítima; nadie se esperaba que algunas innovaciones técnicas de la poesía, la inquietud literaria de algunos jóvenes, algunas ideas expresadas en cartas particulares o en manifiestos con letras abigarradas –aunque hayan producido un impacto literario indefinidamente prolongado–, repercutieran en las áreas científicas más variadas. Pero aquí no se trata sólo de repercusión. Se trata más bien de quemar la maleza; sociólogos, matemáticos, teóricos de literatura provocaban los fuegos desde muchos frentes, con gestos cercadores.

Con este símil de la quema de maleza no pretendo dramatizar la situación. Es suficientemente dramática por sí misma. Prescindo también de las atractivas posibilidades de desarrollar esta analogía. Y para que el lector no se equivoque, y no se proponga descubrir un incómodo narcisismo en estas frases, en las que el autor analiza sus mediocres símiles en lugar de hablar directamente del asunto, permítaseme observar que las anteriores han sido frases con función de ejemplo. Son las ilustraciones de una rama de la nueva visión del lenguaje, que han sido designadas para presentar que a partir de ahora las comparaciones (imágenes, metáforas, símbolos, etc.) se deben tomar mucho más en serio, más en serio todavía –dicen los científicos–, de lo que hasta ahora las han tomado los escritores-poetas en su fervorosa o juguetona excitación.

Nosotros, pertenecientes a la especie de los escritores, también hemos cultivado hasta hoy los recursos de nuestro oficio. Dependiendo del objetivo, los hemos pulido o los hemos hecho añicos. Nuestra existencia se sentía amenazada si la calidad de los recursos se recibía sin comprensión. Pero esta importancia –en la mayoría de los casos de orientación negativa– que hoy día se le atribuye al lenguaje, a las metáforas o a las conjunciones ocultas como secretos del gremio, de alguna manera, ha superado nuestras expectativas. En la revolución centenaria de la literatura, en los combates multilaterales por el lenguaje poético moderno, nos ha tocado el destino del manzano inocente, que a pesar de todo, fundamentalmente quiere dar fruto, pero que, en un momento dado, se entera de que su fruta se ha convertido en la manzana de Newton, en la prueba legendaria de la gravitación.

Las tesis que hoy esbozan la crisis del lenguaje y la nueva visión del mismo son archiconocidas. Aún así déjenme formar un ramillete de algunas, por así decirlo: en orden de peligrosidad. Los recursos artísticos se han vaciado, hay que encontrar un nuevo lenguaje. (Esto no nos asombra demasiado; nos estamos esforzando por lograrlo.) En segundo lugar, la escritura languidece, su papel será absorbido por otros recursos comunicativos nuevos. (Una única observación acerca de esto: siempre se necesitará la enunciación conservada.) Además: fuera del lenguaje verbal comienzan los conocimientos esenciales de la existencia. (Esto es emocionante. Esta investigación policíaca más allá de los terrenos verbales siempre ha sido campo de los poetas, si bien no han perseguido lo mismo que los matemáticos han encontrado.) Por último, una tesis más: la inversión del orden del lenguaje y del pensamiento es la suposición de que ni siquiera podemos pensar algo diferente de lo que nos es proporcionado por los rieles marcados del lenguaje.

No creo que estas cuestiones se puedan contestar de verdad hoy día. Permítaseme elegir, sin embargo, esta última para añadir unas palabras. Naturalmente, discutir con hipótesis científicas que pueden convertirse en hechos es una vana tarea. Tampoco es cosa nuestra. Pero veamos, pese a todo esto, ¿por qué nuestra conciencia indica peligro en cuanto nos acerquemos a esta tesis? Porque mientras, aparentemente, aumente las funciones del lenguaje, lo despoja de sus reservas (hasta ahora prácticamente infinitas). Se lleva a cabo un viraje epistemológico secreto, hablando en metáforas, se invierte la relación sujeto-objeto (la relación pensamiento-lenguaje), y así refuerza la limitación percibida, ya con amargura, de la conciencia.

¿Pero de verdad es así? Vamos a verlo más de cerca. De la tesis se deduce que el lenguaje también es una red (tal como hasta ahora lo ha sido el pensamiento), que echamos al mundo y ¿qué pescamos con ella? Una parte de la realidad. Por lo visto, también el lenguaje es una categoría, cualidad y capacidad de nuestro ser humano, de cuya índole absoluta es mejor no forjarse ilusiones como tampoco de otras llamadas categorías, como el espacio, el tiempo, que ya tantas veces han sido puestas en tela de juicio por los científicos de nuestro siglo. Y si no nos aferramos a la nomenclatura, arrojemos fuera de nosotros la palabra «categoría», vamos a llamar el lenguaje con otro vocablo cualquiera, emisor-receptor o canal mediador, y si no hemos olvidado, o hemos postulado en serio la tesis según la cual no podemos pensar otra cosa de la que posiblemente tenemos capacidad verbal, debemos quedarnos pasmados ante este mecanismo escaso y muy humano, el lenguaje que ha funcionado tan bien durante milenios, y ha funcionado especialmente bien con respecto a cosas no pertenecientes al universo humano. El lenguaje y su acompañante (¿su padre?, ¿su cónyuge?, ¿su hijo?), la razón, han obtenido resultados espectaculares en el conocimiento de la naturaleza, en la ciencia, en su influencia en el mundo natural, pero con su influencia social-humana no podemos estar contentos en absoluto.

Es decir la «referencia» –refiriéndose a la naturaleza–, generalmente, se realiza con éxito. Estamos, pues, en la extraña situación de que prácticamente todo funciona perfectamente con la razón humana y con el lenguaje, sólo que teóricamente todo se va poniendo cada vez más imposible. Por otra parte, no se puede decir que tal relación entre el principio y la práctica ocurra con mucha frecuencia a lo largo de la historia de la humanidad. No deberíamos, por tanto, asombrarnos de lo poco sino de lo mucho que enuncia el lenguaje. Si el lenguaje es una bruta red –y lo es–, que hemos echado al mundo, podemos quedarnos estupefactos del éxito de nuestra desmañada habilidad, de la maravillosa pesca de las culturas humanas.

No nos arrebate, sin embargo, el gozo de la paradoja evidente. Vamos a volver al inicio, a la insuficiencia del lenguaje, lo que de verdad es la experiencia candente de todos. Pienso que la crisis del lenguaje es ante todo la crisis de los instrumentos de medición. Por así decirlo: es cuestión de telescopio. Otra cosa se pudo ver por el telescopio de Galilei, y algo distinto se ve desde el Monte Palomar. La sensación de la insuficiencia del lenguaje se origina en la exigencia de exactitud. Últimamente hemos aprendido demasiado sobre el mundo, sobre nosotros mismos. Ha sido demasiado traumático este siglo XX, ha habido demasiadas perspectivas y demasiados detalles, ha habido demasiadas ideologías y demasiadas experiencias –y así, entre otros, hemos aprendido también lo que no somos capaces de pronunciar. Los nuevos telescopios –las nuevas experiencias– nos han acercado, hasta casi afligirnos, todo lo que todavía no tiene denominación. Los instrumentos de medición más diferenciados han detectado las cantidades hasta ahora consideradas como insignificantes –pero tan importantes. Nos hemos dado cuenta, pues, de los nuevos campos de la conciencia, y también nos hemos enterado de los posibles fallos de su aproximación en la literatura. No obstante, aquí surge una pregunta. Si nos acordamos de la tesis principal –o sea que el pensamiento se preforma por el lenguaje, que no podemos pensar más de lo que ya está dado en los sistemas lingüísticos–, después de todo debemos plantear la cuestión: ¿cómo nos hemos dado cuenta de lo que hasta ahora no estábamos enterados?

Naturalmente, no creo en absoluto que esta cuestión de «cómo nos hemos dado cuenta» sea la refutación de la tesis. Hay varias respuestas, pero quizás para nosotros, la especie de los escritores, la pregunta es más importante que la respuesta. Al fin y al cabo se refiere a la determinación (biológica) del pensamiento, además en una vinculación estrecha con la palabra, instrumento de nuestro oficio. Siento que hasta darnos cuenta (y ahora vamos a detenernos un momento en la frase, y vamos a rendir cierta admiración a la bella expresión húngara)1 pues, hasta que comprendamos la limitación de la conciencia según cualquier código, hasta que desmenucemos día tras día las palabras insuficientes y pongamos en duda el sentido de nuestro oficio –tenemos una pequeña esperanza. «Porque la desesperanza es la esperanza final»– como ya Racine también lo afirmaba. Algo que yo nunca he concebido como un pesimismo heroico, sino como –incómoda, pero necesaria– hipótesis de trabajo.

Permítaseme, pues, reducir el tema para ampliarlo luego de verdad. Permítaseme reducir la crisis del lenguaje a las dificultades de la expresión del escritor. En realidad ¿es posible escribir? Es la pregunta del siglo XX que se nos plantea desde todos los frentes, la formulan las disciplinas científicas, la formulan los lectores, las graves experiencias, y también los académicos, pero sobre todo la formulan nuestras propias meditaciones abarrotadas e inquietas. Que si en realidad es posible escribir. Me temo que no pueda decir otra cosa salvo que no se puede pero se debe escribir.

Y se debe no sólo porque los que se dedican a escribir, no puedan convertirse de repente en carpinteros de naves o en biólogos, sino que se debe a cierta imposibilidad de la palabra, del lenguaje, al cuestionamiento de que la cultura escrita es como una metáfora amonestadora, nos advierte de las imposibilidades de la existencia humana. La atención reducida a los elementos de la profesión, a las palabras, se amplifica, y alude a las cuestiones ontológicas del siglo. Hace alusión a las limitaciones de la vida, y al gesto triunfal, hasta cierto punto irritante, de la revelación de tal limitación. Por supuesto, ya sabíamos que estábamos limitados. Pero no sabíamos que estuviéramos tan limitados. Y precisamente, en adelante, esto puede ser la espina y la espuela de nuestros caminos.

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