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Junio de 2006 - Año 3, No. 6

 

CARLOS MAYOLO

Cali, Colombia, 1945

POESÍA

Los libros siempre entre mis piernas. Siempre tengo que estar leyendo, comparando, sorprendiéndome. Los libros lo llevan a uno a tanto lugar. El camarada Maiakovski, Oquendo de Amat, León de Greiff, por ejemplo, se me hacen lo más destilado que puede tener o producir un cerebro.

La poesía, la prisa de la prosa, siempre tan sorprendente, tan sabia, veraz y balsámica, me hace encontrar dentro de mí seguridad, placidez, dicha, regocijo, respeto, sutileza consejera. Puedo navegar en mis ideas, emociones, verdades, sorpresas. Me ha rodeado siempre. Mi gran deseo ha sido –como decía Rimbaud–hacer de la vida un poema. Mi temperamento permite que la sienta, la viva, me dé fuerza y forma de explicarme cosas y lejanías que yo solo no tengo. Gran compañera precisa, tan humilde a veces y tan mala también, cuando no se da la magia.

Es difícil en cine captar la poesía, pero, con entrega, cierta distracción y con una especie de desdén, se te mete en la película. Cuando veo mis películas les noto un clima no expedito, pero donde las formas y lo bello se van articulando. Hay que estar desnudo y despojado para poder verla en los resultados. La realidad es un acto de alta timidez. Creo en lo que tengo enfrente. En el cine hay que cogerle confianza a las cosas y poder ver en ellas lo útil, esa pena mutua entre lo deseado y lo que resulta.

Los días no los dejo ir entre mis dedos. Algo tomo de ese turbión que cada día me deja, como si comulgara, y trato de ver cuándo me iluminó la poesía. Es una gota de agua cristalina que me llega como una lágrima de nubes. No me quedo sin ese don de la revelación, que puede ser una risa, una llamada telefónica, tirarse al agua, pisar cagajón, tener los billetes arrugados en los bolsillos. Y, como gran trampa a todo lo pasajero e inocuo, está la cálida conversación con el ser amado, que hace que la poesía sea más posible, más cercana y sobre todo que se convierta en la otra parte de lo vivido.

El ser amado está compuesto por los instantes comunes enriquecidos por la mutualidad. No se trata de pensar juntos, no se trata de sentir igual, sino de saber que el amor es un pararrayos que se llena de electricidad, de rayos y centellas, por el simple hecho de volver la vida instantes poéticos, a veces ni siquiera compartidos. Esa disciplina de ser pareja facilita la dicha y hace más amable y viable poderle sacar a cada día su sentido poético, y que en vez de rayos y centellas, caigan más bien estridentes carcajadas a veces buscadas, a veces encontradas. El amor es una relación entre esta tierra y ese cielo que nunca vamos a poder coger con las manos, pues es lo indescifrable, lo inasible, lo bello pero lejano, que sólo el ejercicio del amor hará posible, hará que llueva, que salga el sol y estalle, después de que haya caído el cielo a gotas, como la poesía. Cada día se merece una gota de lo desconocido. Cada gota a lo mejor se seca, pero cae como una lágrima de lo de más arriba.

 

MUJERES


De las mujeres he aprendido la ecuanimidad, la certeza y lo justo. A cada una le he dejado la inocencia y la sorpresa de entenderla. Creo que les he dado mucho porque siento que me ha quedado con todo lo de ellas y lo mío. He naufragado en el mar de lo femenino, me he reído con ellas hasta lo insaciable. Nunca me olvidaré de mí, habiendo pasado por todos los pedazos de piel que he tenido. Todas o solas me han engrandecido, se me han quedado todas como un rayo de amor. Me hicieron, me exigieron, me amaron como yo a ellas. Hoy las siento a todas juntas, con hijos, huyéndome, haciendo su vida propia sin mí. Yo aquí, reuniendo todos mis recuerdos y sensaciones, me siento rodeado de mis amores. No puedo hablar de ninguna en particular porque todas me dieron el temor a Dios. Fui feliz con todas, las distintas, las de siempre, las casadas, las cómplices. Siempre fue su piel un río a pleno sol, pero yo, sin saberlo, me fasciné con ellas. La más alta ternura la he conocido en cada una, centímetro de nuestra piel compartida, ojos, espaldas, codos, aeropuertos de vientres llenos de besos. Las hago cada vez más mías, las recuerdo a todas, no exactamente juntas, pero tampoco separadas. Ellas me dan y me dieron la capacidad de ser feliz, tengo sus sonrisas, tengo sus pieles, tengo sus dedos chiquitos de los pies. Podría enamorarme otra vez, pero estoy demasiado lleno de todas, no me dejan, las adoro y las tengo presentes. Son las mismas, fantasmas. Y lo desconocido siempre me lo dio una mujer. Yo nunca había entendido que lo entendieran a uno tanto. No sé cuál o quién fue la más dulce pero me enseñaron a saber de ellas con lágrimas húmedas. Fui entendiendo que son un sueño. Más allá de todo está su sensatez, su apacibilidad y la paz. Y como aprendí de todas, se convirtieron en todo lo contrario de mi hermana, que me exigió tanto. Mis mujeres aprendieron de mí a ser comprendidas, a ser esperadas a que se maquillaran, siempre buscando el brillo de lo posible.

 

AL CAMARADA DIOS

Quién es quien más necesita amor? Amar es fácil si te quieres.

Si no te quieres te toca amar de todos modos.

Tan liviano que es todo.

Esta desnudez de estar siempre, o las mismas veces, vehemente,

te hace sentir que ofreces risas, arbitrariedades.

Al fin y al cabo la blancura de tu alma y de tus clientes.

Saber, es el estado de descubrir,

teniendo la seguridad de que se sabe más.

Hay saber en todo.

Quiero decir, que un alma transparente

como la que uno se descubre en sí mismo

es ámbar, es un olor de lo desconocido.

Nunca había sentido mi alma y mi cuerpo tan entretenidos

sin pecados, sin culpas,

con una generosidad que es dicha,

dicha como la de los canarios con el alpiste

dicha como el agua fresca de una piscina con una madre vigilante.

Allá o acullá, donde haya piedra, nubes y usted

estaré llegando en una comunión en medio de todo.

Dios sabe que uno siente todo esto.

Gracias, mundo, y a la orden.

Me siento en la capacidad de representarte,

Señor, en este valle de lágrimas

con la misma pereza y curiosidad que Usted, Altísimo.

Siento mucho decírselo, es su olvido.

Cada hoja de un árbol, cada cagajón,

me hacen sentir que todo esto es suyo, no mío.

Llore por mí porque a usted le toca.

Usted me mandó a cuidar.

Algo hice, pero lo que más me gusta

es ese coqueteo distraído que usted tiene con nosotros.

Le advierto que estoy alerta.

Lo que pueda hacer por mí es cosa mía pero afortunadamente o

desgraciadamente tiene que ver conmigo.

Me hace el favor y se despierta

porque a mí me va a dar un sueño

en que me puedo olvidar de usted.

Nos vemos en la resurrección de los muertos.

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