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Ir a Contenido Junio de 2006 - Año 3, No. 6 |
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¿EN QUE PIENSA LA LITERATURA?
LITERATURA Y FILOSOFIA ENTREVERADAS
Gao Xingjian
Premio Nobel de Literatura 2000
Philosophie
dúrfte man nur dichten: la filosofía sólo se la podría
hacer en forma de poemas. Esta frase la hubiera podido escribir Heidegger, y
además quizás la escribió. Se encuentra en un conjunto
de notas fragmentarias redactadas por Wittgenstein, donde ella resuena irónicamente,
en una perspectiva critica, en segundo grado por así decirlo. (1)
En otra de sus notas, Wittgenstein se entretiene en recordar el ejemplo de Pascal
"quien admira la belleza de un teorema de la teoría de los números;
se diría que admira la belleza de la naturaleza". (2)
¡Cómo es de bello lo verdadero, y sobre todo cómo es de
bello ser reconocido como verdadero! Aparentemente en el mismo sentido, Wittgenstein
observa una "extraña semejanza de una investigación filosófica
(quizá sobre todo en matemáticas) con una investigación
estética", y agrega, con el propósito sin duda de tomar distancia
con la actitud de ingenua adhesión que por lo demás se le atribuye
a Pascal: "Por ejemplo, lo que no va con tal vestido, lo que le cuadra
bien, etc.". (3) De esta manera, poner en forma poética
la filosofía, seria conducirla de nuevo a la resolución de un
problema de ajuste, sometida "estéticamente" a juicios de gusto.
Para avanzar
en este tipo de maneras de pensar, se diría que la filosofía no
es otra cosa que literatura: como si finalmente debiera encontrar su verdad
en la literatura. Verdad silenciosa, relegada a las márgenes de un texto;
es la tesis que sostiene Derrida: "La metafísica ha borrado en sí
misma la escena fabulosa que la produjo y que, sin embargo, continúa
activa, inquieta, inscrita con tinta blanca, dibujo invisible y recubierto en
el palimpsesto". (4) Se diría incluso que
lo filosófico de la filosofía, es decir la reflexión critica
de su propio discurso, regresa en última instancia a la literatura, que
de alguna manera traza sus límites, hacia los cuales vuelve como a un
origen secreto, donde se sumergen las pretensiones especulativas de un pensamiento
puro Y absoluto.
Hacer de la
literatura lo reprimido de la filosofía es invertir la posición
tradicional de una hermenéutica, que presenta a la literatura como el
lugar de una revelación esencial, y considera a la filosofía,
por lo tanto, como lo impensado, o lo aún no pensado, de la literatura.
Lo que vuelve a exorcizar, remitiéndolo a su naturaleza fabulatoria,
el mito de una literatura llena de sentido, sin pedir otra cosa que ser reconquistada,
descubierta, para expandirse como en la mañana clara de su primera verdad.
Al mismo tiempo es admitir que los textos literarios no son más que ocasionalmente
atravesados por un pensamiento alusivo, al punto de parecer ausentarse, hasta
la desaparición. ¿Hasta dónde un pensamiento semejante
figura en el discurso de la literatura como un incidente, pudiendo sin mayor
dificultad permanecer inadvertido? ¿O contribuye a tejer necesariamente
su trama? ¿Qué forma de pensamiento se encuentra en los textos
literarios, que pueda extraerse de ellos? Pues si en la literatura se reconoce
la verdad de la filosofía, es necesario que también se encuentre
alguna verdad, en el sentido filosófico del término, en los escritos
literarios.
"Nada
exige que se resuelva la oposición filosofia-literatura; por el contrario,
juzgarla permanente y siempre nueva nos da seguridad de que la esclerosis de
las palabras no se ciña sobre nosotros como un casquete de hielo".
(5) La confrontación de la literatura y la filosofía
parece encerrada en un círculo inmemorial. Según Diógenes
Laercio, los pitagóricos habían acusado a Empédocles, el
filósofo poeta, de haber divulgado los secretos de su secta, utilizando
para hacerlos públicos formas poéticas tomadas de Homero. (6)
Pero, en su vida de Platón, donde cuenta que, según Akimos, "Platón
utilizó mucho las obras del poeta cómico Epicarmo", Diógenes
Laercio cita del propio Epicarmo este pasaje: "Quienquiera tome mis versos,
los despojará de su ritmo, /les dará una vestimenta de púrpura
y los engalanará/ y llegando a ser irresistible, convencerá a
los más rebeldes". (7) En el gran debate de
lo exotérico y lo esotérico, de lo mostrado y lo oculto, filosofía
y literatura están en el engranaje, como si, en un intercambio perpetuo,
la una diera a la otra, y ésta a aquella, el impulso inicial que las
hace moverse: al trazar la figura de "Sócrates músico",
Platón mismo sumergió mito y logos en un mismo fondo originario.
(8)
Literatura
y filosofía están "mezcladas" inextricablemente. (9)
Al menos lo estuvieron hasta el momento en que la historia estableció
entre ellas una especie de reparto oficial. Este momento se sitúa a fines
del siglo XVIII, cuando el término "literatura" comenzó
a ser utilizado en su significación moderna. (10)
Diderot asistió a este cambio decisivo que vio establecer la distinción
entre literatura y filosofía, y dio de ello un testimonio nostálgico,
como si él mismo estuviera situado en la orilla anterior, aislado por
esta ruptura:
Un sabio era
en otro tiempo un filósofo, un poeta, un músico. Estos talentos
han degenerado al separarse; la esfera de la filosofía se ha estrechado;
las ideas le han faltado a la poesía; la fuerza y la energía a
los cantos; y la sabiduría privada de estos órganos ya no se ha
hecho oír más a los pueblos con el mismo encanto. (11)
Seria mejor
entonces que lo verdadero fuese feo: rechazando la antigua confusión
entre lo verdadero y lo falso, Kant colocó entre ellos un limite infranqueable,
y sostuvo que someter el discurso especulativo a un juicio de gusto seria debilitar
su contenido racional.
[
] El
arte se detiene en alguna parte, puesto que se le ha impuesto un limite más
allá del cual no puede pasar, limite que por otra parte ya ha sido verdaderamente
alcanzado desde hace mucho tiempo y que no puede volver atrás. (13)
La concepción
hegeliana de la muerte del arte parece anunciarse aquí: en el momento
en que el arte alcanza los límites impuestos a sus pretensiones, no le
queda nada más que hacer sino retirarse para dejar el campo libre a otras
formas de producción espiritual, irreductibles a sus propios criterios.
Al fin, esta idea desemboca sobre un esteticismo, del tipo profesado por Croce,
para quien el fenómeno artístico, debido a su carácter
pre-racional, representa la intuición inmediata, liberada de toda dependencia
con respecto a una toma de partido ideológico o teórico: el acto
creador se expresa directamente en la totalidad pura de la obra, donde intuición
y emoción reinan de manera absoluta, en ausencia de la distinción
entre una forma y un contenido. Entonces, liberado de toda preocupación
racional, el arte afirma su independencia con relación a la ética,
la política, la filosofía, que no pueden sino aprovecharse abusivamente
de él.
Las condiciones
en las cuales fue trazado este esquema separador así lo muestran: el
cara a cara de la literatura y la filosofía, que las constituye como
esencialidades autónomas, encerradas en el campo que .define a una y
a otra, y les fija sus limites, es una producción histórica. Esta
producción corresponde a un momento muy particular en el desenvolvimiento
del trabajo filosófico y literario, donde estos son precisamente sometidos
a reglas independientes y opuestas. Entonces se inauguran simultáneamente
el reino de la Literatura y la especulación sobre el fin de la Filosofía:
dos paradigmas modernos por excelencia. (14)
¿Habrá
pasado el tiempo de este reparto? Es esto lo que no puede decirse, al menos
profetizar, lo que también es una manera de seguir siendo moderno. Pero
debe ser posible regresar a la distinción que instituye, despojándola
de su carácter de determinación esencial, tal como ha prevalecido
durante más de dos siglos. Entonces, desenredar lo que, en
los textos, corresponde a lo filosófico y a lo literario, consiste en
aflojar la trama a través de la cual se cruzan sus hilos, pasando uno
por encima del otro, anudándose y desanudándose, enmarañándose
y tejiéndose, de tal manera que formen una red diferenciada dentro de
la cual se unen sin confundirse, bosquejando configuraciones de sentidos singulares,
enigmáticos, híbridos. De cierta manera, se propondrá aquí
defender la vocación especulativa de la literatura, al sostener que ella
tiene auténticamente valor de una experiencia de pensamiento: es en este
sentido que hablaremos de "filosofía literaria". Pero simultáneamente
evitaremos caer en la doble alternativa que encontramos entre una "literatura"
vacía o plena de "filosofía" y una "filosofía"
vacía o plena de "literatura". Pues si, como se acaba de sugerir,
la literatura como tal no existe más que a titulo de un concepto filosófico,
este concepto no agota la compleja realidad de los textos literarios.
Releer a la
luz de la filosofía obras consideradas como pertenecientes al dominio
de la literatura, no significa en ningún caso reconocerles un sentido
oculto, en que se resumiría su destino especulativo, sino poner en evidencia
su constitución plural, susceptible como tal de modos de aproximación
diferenciados. Pues si ya no hay discurso literario puro como no hay discurso
filosófico puro, sino discursos mixtos, en los que interfieren, a varios
niveles, juegos de lenguaje independientes en sus sistemas de referencia y en
sus principios, es también imposible fijar de una vez por todas la relación
de lo poético o de lo narrativo con lo racional, relación que
se presenta universalmente en las figuras de su variabilidad. Debe aparecer
entonces que lo filosófico interviene en los textos literarios en diferentes
planos, que deben ser disociados con cuidado según los medios que requieren
y las funciones que cumplen.
En el nivel más elemental, la relación de la literatura con la filosofía es estrictamente documental: la filosofía aflora a la superficie de las obras de la literatura a título de una referencia cultural, más o menos trabajada, como una simple cita, que por lo demás, debido a la ignorancia de sus lectores y comentaristas, con frecuencia pasa inadvertida. En otro nivel, el argumento filosófico cumple con respecto al texto literario el papel de un verdadero operador formal: es lo que sucede cuando se diseña el perfil de un personaje, se organiza el ritmo general de un relato, incluso se engalana su decorado, o estructura el modo de la narración. En fin, el texto literario también puede llegar a ser el soporte de un mensaje especulativo, cuyo contenido filosófico se sitúa a menudo en el plano de una comunicación ideológica. Responder a la pregunta: ¿En qué piensa la literatura?, es tener en cuenta todos estos órdenes de consideración, y, por lo menos al comienzo, no privilegiar ninguno de ellos: tal es la condición para que, de la lectura de textos literarios, pueda en su momento obtenerse enseñanzas filosóficas.
EJERCICIOS DE FILOSOFÍA
LITERARIA
Sea un cuerpo, más
o menos aleatorio, constituido en esta forma:
CVJS: Les cent vingt journées
de Sodoma (Sade, 1784)
C: Corine ou de lItalie (Madame de Stael, 1807)
S: Spiridion (Sand, 1839)
M: Les Misérables (Hugo, 1862)
TSA: La tentation de Saint Antoine (Flaubert, 1874)
D: Documents (Bataille, 1930)
PMA: Pierrot mon ami
(Queneau, 1942)
EPY: Entretiens avec le profeseur Y (Céline, 1955)
RR: Raymond Roussel (Foucault, 1963)
Sorprende inmediatamente
el carácter desordenado de esta enumeración donde se colocan uno
al lado del otro escritos narrativos, a la manera de Corina y de Mi amigo Pierrot,
textos que responden al género de la literatura de ideas, como Spiridion
y La tentación de san Antonio, y reflexiones de carácter teórico
sobre la naturaleza del fenómeno literario, tales como los que se extraen
de los artículos publicados por Bataille en Documentos, las Conversaciones
con el profesor Y, de Céline, y el estudio que Foucault consagró
a Roussel. Inclasificables, porque todas estas categorías les conciernen
por igual, y las trascienden al mismo tiempo, Los ciento veinte días
de Sodoma y Los Miserables, monumentos aislados en su excepcional singularidad,
que parece encarnar una especie de absoluto. Sin embargo, a estos textos los
une el hecho de que pertenecen todos a la edad de la Literatura, tal como ésta
ha sido empleada desde hace casi dos siglos hasta hoy. En conjunto ellos jalonan
el espacio propiamente literario, con sus grandezas y sus caídas, sus
amplias perspectivas y sus más estrechas vías, o incluso sus atolladeros,
según el sistema complejo de relevos que pone en relación las
formas aparentemente espontáneas y las formas manifiestamente reflexivas
de la escritura, pero también la grande y la pequeña
literatura, pues hay que poner en comunicación a Víctor Hugo con
Eugéne Sue, Gustave Flaubert con Jules Verne, Raymond Queneau con Pierre
Véry, y al mismo tiempo hacer móvil la frontera que parece separar
lo decible de lo innombrab1e. Más allá de la distinción
de los géneros y de los criterios de evaluación que convencionalmente
separa lo "literario" de lo que no es reconocido como tal, este corpus
ofrece, en razón de su carácter no sistemático, un material
de trabajo libre con respecto a cualquier prejuicio esencialista; la hipótesis
a partir de la cual se construye es sólo la de un "apriorihistórico",
que da sus condiciones de posibilidad a las diversas experiencias a través
de las cuales la literatura y la filosofía se han confundido al separarse,
sin que ninguna forma doctrinal fije su relación, es decir, resuelva
definitivamente el problema que resulta de su confrontación.
El estudio que voy a presentar
de este corpus se apoya en un postulado que podría formularse de esta
manera: los textos que reúne son susceptibles, en la medida en que pertenecen
al campo histórico de la "literatura", de lecturas filosóficas,
en las cuales la filosofía interviene, de manera no exclusiva, como sistema
de referencia y como instrumento de análisis. Entiéndase bien:
no se trata de proponer una interpretación filosófica de estas
obras, interpretación que las remitiría al fondo común
de un pensamiento del cual ellas ofrecerían las diferentes manifestaciones,
sino de sugerir lecturas, en las que el modo de aproximación filosófico
de los escritos literarios estará cada vez más singularmente implicado,
de manera determinada y diferenciada.
Siguiendo este camino, se
tratará de escapar a una confrontación frontal de la literatura
y la filosofía. ¿Cómo presentar este trabajo de manera
tal que eleve la disparidad al rango de un principio? Para comenzar, enumeramos
títulos de libros en orden cronológico. Pero es evidentemente
imposible sacar algo de esto, sino fuese porque suscita la ilusión de
una línea de evolución continua: podría entonces creerse
que la literatura, a imagen del héroe de una de sus fábulas, se
consagró a la exploración progresiva del espacio que la define,
con el propósito de investirla finalmente como totalidad, y de identificarse
ella misma a través de ese gesto de apropiación, al final de un
proceso en el cual el pensamiento filosófico seria intervenido como una
mediación. No se obtendrá más que un modo de clasificación
de los textos que reposa sobre una tipología, y que organiza, de una
vez por todas, los modos según los cuales se realiza lo que se llamará
para terminar, cuando llegue el momento de proponer una lectura transversal
de todas estas obras, "filosofía literaria".
Estas formas de exposición,
cronológica y tipológica, al ser separadas, no resta ya sino examinarlas,
y es esto lo que vamos a adoptar, aunque presente sus inconvenientes. Reposa
en un reagrupamiento temático, ordenado en torno a tres enunciados que
dan título a las partes de la presente obra: "Los caminos de la
historia", "En el fondo de las cosas", "Todo debe desaparecer.
Las facilidades de la crítica temática han conducido a extravíos
que han terminado por desacreditar por completo la noción de "tema",
a la que hoy en día no se le reconoce ninguna validez. Es esta noción
la que nos proponemos rehabilitar, desplazando su campo de aplicación
y modificando los principios de su funcionamiento. "Tema" debe entenderse
en el sentido musical del término: lo que proponemos es mostrar cómo
maneras de pensar literarias, que a primera vista lo separan todo, no tienen
sin embargo nada que hacer sino proponer, a partir de tales temas, sus variaciones,
que explotan de manera indefinidamente abierta sus diversas posibilidades.
Es así como Madame
de Stael, George Sand y Raymond Queneau han seguido, cada uno a su manera, "los
caminos de la historia", haciendo de la literatura una especie de máquina
para explorar las sendas del devenir humano, en una perspectiva que sería
por lo general la de una antropología. Víctor Hugo, George Bataille
y Louis-Ferdinand Céline, al buscar un movimiento que penetre en el fondo
de las cosas, dotaron la escritura literaria de una dimensión ontológica,
según la forma específica de lo que se podría llamar una
ontología negativa. En fin, el Marqués de Sade, Gustave Flanbert
y Michel Foucault, a través de una reflexión sobre los problemas
del estilo más o menos ligada a experiencias narrativas, bosquejaron
los principios de una retórica que tiene el valor de un análisis
general del pensamiento. Es como si pudiésemos encontrar, a partir de
una lectura de textos literarios, los elementos de una lógica, de una
física y de una ética, para recuperar categorías heredadas
de la filosofía antigua. Tales serian las bases de una filosofía
literaria: para terminar regresaremos a ellas.
Los "ejercicios"
que siguen se deben "entender" entonces en el sentido de Czerny más
que en el de Ignacio de Loyola. Las partes que organizan su estudio, en lugar
de constituir los momentos sucesivos de una argumentación en tres puntos,
deberían componer, a partir del desarrollo de los "temas" sobre
lo que reposan, algo de análogo al desarrollo de una sonata o de una
sinfonía, donde juegan efectos de resonancia y de eco, que hacen corresponder
misteriosamente sus segmentos, para resaltar además su individualidad.
Al hacer rimar Madame de Stael con Raymond Queneau, Víctor Hugo con Louis-Ferdinand
Céline, y también, más indirectamente, George Bataille
con Gustave Flaubert, o George Sand con el marqués de Sade, se conseguirá
quizá esbozar, según las modalidades propias de una evocación
sonora, con la disposición de sus sucesivos movimientos,
el ritmo general de un pensamiento que no es ni filosófico ni literario,
pues sería a la vez las dos cosas, tal como se dispersa y se concentra,
se diluye y se recoge a lo largo de los textos cuyas tramas y márgenes
son trabajadas por apuestas especulativas que condicionan históricamente
su producción y su recepción. Según esta perspectiva, sería
efectivamente posible dar una interpretación filosófica de la
literatura: pero sería necesario que esta interpretación procediera
a la manera como se ejecuta una partitura musical.
Escuchemos pues a la literatura hablar de filosofía.
Notas
(1) L. Wittgenstein, Vermschte Bemerkungen, trad. Francesa:
G. Granel (Rermarques mêlèes), TER, 1984, p. 35. Esta observación
tiene como fecha 1933 - 1934.
(2) Ibid, p. 52, nota de 1942.
(3) Ibid, p. 36, nota de 1936.
(4) J. Derrida, "La mytohologie blanche (La métaphore
dans le texte philosophique)", en Poétique 5,1971, p.4. Texto reimpreso
en Marges de la philosophie (Minuit, 1972). P. 254.
(5) I.
Calvino, "Philosophie et Littérature". Artículo publicado
en 1967 en el Suplemento literario de Times, traducción francesa en La
machina Littéraire, Senil, 1984, p.37.
(6) D. Laêrce, Vies, doctrines et sentences des prudosophes
illustres, traducción francesa de R. Genaille. Garnier - Flammanon. Nº
77, 1965, t. II, pp. 144s.
(7) Ibid, Garnier - Flammaarion. Nº 56, t. I. pp.
166-168.
(8) Platón, Felón, 60d-61c.
(9) Littérature et philosophie mélees, este
titulo de un volumen publicado por V. Hugo en 1834, lo retomaron Ph. Lacoue-
Labarthe y J.L. Nancy para colocarlo encabezando un número de Foenque
(21/1975), consagrado precisamente a este "vinculo".
(10) Este momento se sitúa entre 1760, año
en que Lessing empieza a publicar su revista Briefe die neueste Literatur betrerfend
y 1800, que vio aparecer la obra de Madame de Stâel, De la littérature
considereé dans ses rapports avec les institutions sociales. Sobre este
aspecto, ver Scarpit, "Ladefinition de terme litterature", comunicación
al lle. Congres de l'Association internationale de Litterature comparée
(Utrecht. 1961).
(11) DDiderot, EntretIens Sur le fils naturel (1757), Troisieme
Entretien, en Oeuvres complétes, ed. cronológica, t. III (Club
francais du Livre, 1970), p. 198. Por lo demás, Diderot parece haber
sido conducido por su concepción del genio a sostener la tesis del primado
de la poesía sobre la filosofía: "La poesía supone
un delirio del espíritu que se asemeja a la inspiración divina.
Le llegan al poeta ideas profundas de las que ignora el principio y las consecuencias.
Frutos de una larga meditación en el filósofo, se asombra de ello,
y exclama: ¿Qué es lo que ha inspirado tanta sabiduría
a esta especie de loco?' Réfutation suivie de l'oeuvre d'Helvetius intitulé
L 'Homme, Oeuvres completes, Chronol., t. XI, Club francais du Livre, 1971,
p.533.
(12) Kant, Cntique de la faculté de juger; par.
44, traducción francesa de Philonenko, Vrin, 1965. p. 136. Esta idea
a la cual parecen hacer eco las reflexiones de Wittgenstein que transcribimos
al comienzo, quizás consti- tuyó para Kant el punto de partida
de su manera de pensar especulativa; ya está esbozada en ]a siguiente
observación anexa a las Observaciones sobre el Sentimiento de lo bello
y lo sublime de 1764: "El gusto incomoda a la inteligencia. Tengo que leer
a Rousseau hasta que la belleza de la expresión no me perturbe más;
sólo entonces puedo aprehenderlo con la razón" (traducción
francesa de R. Kempi, Vrin, 1953, p. 65). Todos estos pasajes de Kant, y el
siguiente, son citados en el estudio de J. L. Nancy, "Logodaedalus"
(en Poetique, 21, 1975).
(13) I. Kant, Critique de la faculté de juger;
op. cit. p. 140, par. 47.
(14) Esta modernidad es perfectamente ilustrada por
la mitología del Libro ausente (o «por venir») que, desde
los poetas y teóricos del Ateneo a Blanchot pasando por Mallarmé.
conmemora la comunidad perdida de la literatura y de la filosofía.