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Ir a Contenido Junio de 2006 - Año 3, No. 6 |
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LA RAZÓN DE SER DE LA LITERATUR
APor
Gao Xingjian
Discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura 2000
Ignoro si es el destino
el que me ha traído a esta tribuna, pero bien podría asignar tal
nombre al cúmulo de circunstancias que han hecho posible este acontecimiento
fortuito. No entraré en disquisiciones acerca de la existencia de Dios;
baste decir que, aun siendo ateo, siempre he profesado el más profundo
respeto por lo desconocido.
Ningún ser mortal
puede alcanzar la divinidad, y menos reemplazar a Dios. Si un superhombre rigiese
este mundo, sólo lograría sembrar en él más caos,
más infortunio: en el siglo posterior a Nietzsche, el hombre y los desastres
producidos por él han dejado escritas las páginas más tenebrosas
de la historia de la humanidad; superhombres de toda condición aclamados
como líderes del pueblo, primeros mandatarios de Estado o jefes supremos
de la nación no han dudado en recurrir a toda suerte de medios violentos
para perpetrar crímenes que empequeñecen los delirios más
extremos de cualquier filósofo narcisista. Pero no quiero abusar de esta
tribuna consagrada a la literatura perdiéndome en divagaciones de orden
político o histórico; lo único que deseo es aprovechar
esta oportunidad para hacer oír la voz de un escritor que se expresa
como individuo.
El escritor es una persona
común y corriente, quizás algo más sensible que las demás
y, por lo tanto, como suele ocurrir con esta clase de personas, más frágil.
El escritor no habla como portavoz del pueblo o como encarnación de la
justicia. Su voz es por fuerza débil, pero esta voz, la voz del individuo,
es justamente la más auténtica.
Intento decir con ello que
la literatura sólo puede ser la voz del individuo, y que siempre ha sido
así. Cuando la literatura se convierte en canto de alabanza de un país,
bandera de una nación, voz de un partido político o portavoz de
una clase o un grupo puede, ciertamente, ser utilizada como poderoso y avasallador
instrumento de propaganda, pero pierde su naturaleza intrínseca, deja
de ser literatura para transformarse en sucedáneo del poder o de determinados
intereses.
La literatura ha tenido
quehacer frente a este infortunio en el siglo que acaba de concluir: la política
y el poder han dejado en ella marcas más profundas que en cualquier época
pasada, y los escritores han sido víctimas de una persecución
sin precedentes.
Si la literatura quiere
preservar su propia razón de ser sin convertirse en instrumento de la
política debe retornar a la voz del individuo, ya que la literatura surge
ante todo de la experiencia individual, es producto del sentir propio. Pero,
del mismo modo que la literatura no debe inmiscuirse en la política,
tampoco tiene necesariamente que desvincularse de ella. Las controversias en
torno al carácter tendencioso o a las inclinaciones políticas
del escritor fueron dolencias propias de la literatura del siglo pasado. Si
el debate entre tradición y reforma se transformó en determinadas
épocas en debate entre conservadurismo y revolución y toda cuestión
literaria acabó convirtiéndose en lucha entre el progreso y la
reacción, fue por culpa de la ideología. Y no puede haber mayor
desastre para la literatura y para el individuo que la ideología unida
al poder y transformada en fuerza real.
Las grandes catástrofes
que se han abatido una y otra vez sobre la literatura china del siglo XX y en
algún momento la han llevado al borde del exterminio son consecuencia
de su sumisión al dictado de la política. Tanto la revolución
literaria como la literatura revolucionaria la colocaron en un callejón
sin salida, y la acción punitiva desatada contra la cultura tradicional
china en nombre de la revolución desembocó al final en la prohibición
y la quema pública de libros. El número de escritores asesinados,
encarcelados, exiliados o condenados a trabajos forzados en los últimos
cien años es incalculable, en proporciones no superadas en ningún
otro período dinástico de la historia de China, y la composición
literaria en chino ha tenido que afrontar enormes dificultades, por no hablar
de la libertad creativa.
El escritor deseoso de conquistar
su propia libertad de pensamiento no ha tenido otra opción que el silencio
o la huida. Para un escritor cuyo único recurso es la lengua, el silencio
prolongado es como un suicidio, y el que ha querido eludir esta muerte o la
impuesta por el silenciamiento para expresarse con voz propia de individuo no
ha tenido otra alternativa que el exilio. La historia de la literatura, sea
en Oriente o en Occidente, nos muestra que siempre ha sido así: la misma
e inevitable suerte han corrido cuantos poetas y escritores han intentado preservar
su voz propia, desde Qu Yuan, Dante, Joyce y Thomas Mann hasta Solzhenitsin
y los intelectuales chinos que se exiliaron en masa después de los incidentes
sangrientos de Tiananmen de 1989.
Pero ni siquiera la huida
fue posible en los años en que Mao Zedong impuso su dictadura total.
Los templos y monasterios de las montañas que en época feudal
dieron cobijo a los hombres de letras fueron devastados, y escribir a escondidas
era arriesgar la vida. Lo único que uno podía hacer para preservar
su independencia intelectual era hablar consigo mismo, y tenía que hacerlo
en el más estricto secreto. Debo decir que fue entonces, en esos momentos
en que no se podía escribir literatura, cuando comprendí de verdad
por qué era necesaria: porque permite a la persona preservar su conciencia.
Podríamos decir que
hablar consigo mismo es el punto de partida de la literatura, y que el recurso
a la lengua para comunicarse es secundario. La persona derrama sus sensaciones
y pensamientos en una lengua que el concurso de la palabra escrita torna literatura.
En ese momento no se hace cábalas sobre la utilidad de lo que escribe
o la posibilidad de que algún día sea publicado, pero escribe
a toda costa porque esa escritura le proporciona deleite, compensación,
cierto consuelo. Si yo me puse a escribir La Montaña del Alma en el mismo
momento en que otras obras mías, pasadas ya por el tamiz de la más
estricta autocensura, eran prohibidas, fue simplemente para disipar mi soledad
interior, para mí mismo, y no con la esperanza de que pudiese ser publicada.
Desde mi experiencia como
escritor puedo decir que la literatura parte en esencia de la afirmación
del valor de uno mismo refrendada en el propio acto de escribir. La literatura
nace de la necesidad de autosatisfacción del escritor, y el posible impacto
social de la obra surge después de su conclusión y no depende
en modo alguno de los deseos del autor.
Son muchas las grandes obras
imperecederas que, a lo largo de la historia de la literatura, no fueron publicadas
en vida de su autor: ¿hubiesen escrito más obras estos autores
de no colmar sus ansias de afirmación propia el simple acto de escribir?
Al igual que ocurre con Shakespeare, aún hoy resulta difícil conocer
la vida y los hechos de los cuatro genios literarios que escribieron Viaje a
Occidente, A la orilla del agua, Jin Ping Mei y Sueño del pabellón
rojo, las más grandes obras de la narrativa china. Lo único que
nos queda es un prefacio de Shi Naian en el que confiesa escribir para
consolarse; si no hubiese sido así, ¿habría dedicado las
energías de toda una vida a componer una obra monumental por la que no
esperaba recompensa alguna? ¿No ocurre lo mismo con Kafka, iniciador
de la novela moderna, o Pessoa, el más profundo poeta del siglo veinte?
Ninguno de ellos recurrió al lenguaje con la intención de transformar
el mundo y, aun plenamente conscientes de la impotencia del individuo, no dudaron
en manifestarse: tan fuerte es la fascinación del lenguaje.
La lengua es el fruto supremo
de la civilización humana. Sutil, indomable, profunda y ubicua, penetra
en la percepción humana y liga al hombre, al sujeto que percibe, con
su propia comprensión del mundo. Y la palabra que lega la escritura lleva
en sí la magia de trascender naciones y épocas para hacer posible
la comunicación entre uno y otro individuo independiente. También
es así como el presente que comparten la escritura y la lectura engarza
con el valor espiritual eterno de la literatura.
El escritor actual que se
empeña en dar relieve a una cultura nacional no puede, en mi opinión,
sino despertar cierta sospecha. El lugar en que yo he nacido y la lengua de
que me sirvo me hacen depositario natural de las tradiciones culturales chinas,
y la estrecha y continua ligazón entre cultura y lengua configura modos
peculiares y estables de percibir, pensar y expresar; pero si bien el escritor
parte de lo ya dicho en su lengua, su creatividad se manifiesta en la narración
de lo que aún no ha expresado suficientemente esa misma lengua: el escritor,
en tanto que creador del arte del lenguaje, no tiene necesidad de colgarse una
etiqueta nacional prefabricada que lo identifique a simple vista.
La obra literaria rebasa
fronteras, rebasa idiomas gracias a la traducción, penetra y rebasa costumbres
sociales y relaciones interpersonales que el espacio geográfico y la
historia han tornado específicas, y las sensaciones profundas que revela
son consustanciales a la especie humana. Todo escritor actual recibe, además,
influencias de culturas diversas ajenas a la suya. Por ello, quien sólo
pone el acento en el tipismo de una cultura nacional no puede sino levantar
sospechas, a menos que lo haga por simple publicidad turística.
Si la literatura rebasa
ideologías, fronteras y conciencias nacionales es porque la propia esencia
del individuo rebasa toda doctrina, porque la propia condición existencial
del hombre empequeñece toda teoría o especulación sobre
su existencia. La literatura se preocupa de las vicisitudes universales de la
existencia humana y nada para ella es tabú. Las restricciones que la
agobian proceden siempre del exterior; la política, la sociedad, la ética
o la tradición intentan recortarla a la medida del marco de sus intereses
para hacer de ella un elemento decorativo.
Pero la literatura no es
un adorno del poder ni una suerte de refinamiento social de moda, pues en ella
laten criterios de valor propios, late un criterio estético. Y el único
criterio estético insoslayable que acepta la obra literaria es el íntimamente
ligado a las emociones humanas. Los criterios difieren de acuerdo con las diferentes
emociones de los individuos, pero, por subjetivos que sean, reposan sobre supuestos
universales: merced a su sensibilidad artística, producto de la educación
literaria, el lector recrea lo poético y lo hermoso, lo sublime y lo
ridículo, lo triste y lo absurdo, el humor y la ironía que el
autor ha instilado en su obra.
El sentido poético
no es producto de la simple plasmación de emociones y sensaciones. El
narcisismo desbordado del autor es una suerte de enfermedad infantil irremediable
que aqueja a todo Existen muchos grados de expresión de las emociones
y las sensaciones, pero, por elevado que sea el elegido, jamás será
comparable con el alcanzado mediante la observación objetiva y serena.
Es aquí, en esta mirada distante, donde se oculta la poesía. Cuando
esta mirada escruta al autor en su individualidad y se sitúa por encima
de los personajes y de sí mismo para convertirse en un tercer ojo, en
una mirada lo más neutral posible, el autor puede permitirse examinar
detenidamente las catástrofes e inmundicias del mundo, y al evocar el
dolor, la aversión o la náusea despierta sentimientos de piedad,
afecto y aprecio a la vida.
Las modas literarias y artísticas
cambian de año en año, pero el criterio estético enraizado
en las emociones humanas es intemporal. La diferencia entre los criterios de
valor que han de gobernar la literatura y la moda reside en que ésta
sólo aprecia lo nuevo: así funciona el mercado, y el del libro
no es excepción. Pero si el criterio estético del escritor se
acomoda a las coyunturas del mercado, la literatura caminará hacia el
suicidio. Por eso creo que hoy, inmersos en la que damos en llamar sociedad
de consumo, debemos más que nunca recurrir a una literatura "fría".
Hace diez años, después
de concluir La Montaña del Alma, cuya redacción me llevó
siete años, escribí un artículo en que abogaba por esta
clase de literatura: La literatura, por naturaleza, no tiene nada que ver con
la política, pues es una actividad puramente individual: es un observar,
una mirada retrospectiva sobre la experiencia, una serie de conjeturas y sensaciones,
la expresión de cierto estado de ánimo, conjugado todo ello en
la satisfacción de la necesidad de reflexionar.
El que llaman escritor no
es más que un individuo que habla o escribe, y son los demás los
que deciden si lo escuchan o leen. El escritor no es un héroe que intercede
por la salvación del pueblo o alguien que merezca ser idolatrado, y menos
aún un criminal o un enemigo del pueblo, y si a veces cae en desgracia
en unión de sus escritos, es por colmar las exigencias de otros. Cuando
el poder necesita fabricar unos cuantos enemigos para desviar la atención
del pueblo, el escritor se convierte en víctima propiciatoria y, peor
aún, cree gran honor su sacrificio si antes ha sucumbido al enajenamiento.
La única relación
que en realidad existe entre el escritor y el lector es de índole espiritual:
ninguno de ellos necesita conocer al otro ni permanecer en contacto con él,
pues sólo se comunican a través de lo escrito. La literatura es
una actividad humana irreprimible en la que participan de manera voluntaria
el lector y el escritor, y por ello no tiene obligación alguna con las
masas.
A esta literatura empeñada
en recuperar su naturaleza intrínseca podríamos denominarla literatura
«fría». Si existe, es sólo porque el género
humano necesita buscar una actividad puramente espiritual que trascienda la
simple satisfacción de los deseos materiales. No data de hoy día,
como es obvio. Pero si en el pasado tenía que rechazar ante todo el poder
político y la opresión de los usos sociales, hoy ha de oponerse
al mercantilismo que impregna esta sociedad de consumo, y para poder sobrevivir
se ve abocada a la soledad.
El escritor consagrado a
esta literatura no puede vivir de ella y no tiene más remedio que buscar
su subsistencia con otra actividad; por eso no puede ser considerada sino un
lujo, una pura gratificación espiritual. Si esta literatura «fría»
tiene la suerte de ser publicada y difundida, es gracias al esfuerzo del escritor
y sus amigos. Ejemplos de ella son Cao Xueqin1 y Kafka, autores que no pudieron
publicar en vida y menos aún crear algún movimiento literario
o ser grandes celebridades; autores que vivieron en los márgenes e intersticios
de la sociedad entregados de lleno a una actividad espiritual por la que no
esperaban recompensa ni reconocimiento social alguno, que escribían por
el propio placer de escribir.
La literatura "fría"
es una literatura que se evade para sobrevivir, una literatura que no se deja
asfixiar por la sociedad porque busca la propia salvación espiritual.
La nación que no pueda dar cabida a esta literatura no utilitarista sumirá
en el infortunio al escritor y será una nación triste.
Yo, sin embargo, he tenido
la suerte de recibir en vida este galardón de la Academia Sueca, este
inmenso honor, y en ello he sido ayudado por amigos de todo el mundo que, indiferentes
a recompensas o dificultades, han traducido, publicado, representado y evaluado
mis obras. Excuso citarlos aquí uno a uno para expresarles mi agradecimiento,
pues la lista sería muy larga.
También debo agradecer
a Francia su acogida. En este país que honra a la literatura y al arte
he logrado las condiciones necesarias para crear con libertad, y en él
también tengo lectores y espectadores. Por suerte no estoy solo, aunque
me dedique a una labor, la creación literaria, bastante solitaria.
Quisiera también
decir aquí que la vida no es una fiesta y que no todo el mundo disfruta
de una paz semejante a la de Suecia, donde no ha habido guerras desde hace ciento
ochenta años. El nuevo siglo no está inmunizado contra las catástrofes
por el hecho de que haya habido tantas en el precedente, y la memoria no se
transmite por herencia, como los genes. La humanidad está dotada de inteligencia
pero no es lo bastante lista para aprender del pasado, y esa inteligencia puede
incluso ser víctima de algún arrebato maligno que ponga en peligro
la propia existencia del hombre.
La humanidad no camina necesariamente
hacia el progreso. La historia -y aquí no puedo sino referirme a la historia
de la civilización humana- y la civilización no avanzan al mismo
paso. El anquilosamiento de la Europa medieval, el caos y la decadencia del
continente asiático en época moderna o las dos guerras mundiales
del siglo XX tan sólo testifican que los métodos de matar a la
gente se han perfeccionado con el tiempo y que el progreso científico
y tecnológico no ha hecho que la humanidad sea más civilizada.
Las interpretaciones de
la historia basadas en pretendidos métodos científicos o las deducciones
fundadas sobre una dialéctica irreal no han logrado explicar el comportamiento
humano. El fanatismo utópico y la revolución permanente que han
marcado más de un siglo hoy no son más que polvo: ¿cómo
no van a sentir amargura los que han tenido la suerte de sobrevivir?
Así como la negación
de una negación no equivale necesariamente a una afirmación, la
revolución no echó raíces porque la utopía del nuevo
mundo tenía como premisa la erradicación del antiguo. La doctrina
de la revolución social también fue aplicada a la literatura,
y convirtió lo que por naturaleza es un jardín de creación
en un campo de batalla en el que eran derrotados los personajes del pasado y
pisoteadas las tradiciones culturales: todo tenía que comenzar de cero,
sólo lo nuevo era lo bueno, y la historia de la literatura pasó
a ser contemplada como una suerte de subversión permanente.
El escritor no puede arrogarse
el papel de Creador ni henchir su ego creyéndose Jesucristo, pues con
ello marcharía por su pie a la enajenación mental, a una locura
que le haría ver el mundo como una alucinación y cuanto se halla
fuera de sí como un purgatorio, y así obviamente no podría
seguir viviendo. Los otros bien pueden ser el infierno, pero ¿acaso no
se consume en él quien pierde el control de su propio yo? De esta manera,
no cabe decirlo, se está ofreciendo como víctima futura y pidiendo
a los demás que lo acompañen en el sacrificio.
Mas no saquemos conclusiones
precipitadas de la historia de este siglo XX, pues podríamos estar aún
extraviados en las ruinas de alguna construcción ideológica, y
en tal caso las conclusiones no servirían para nada y habrían
de ser revisadas por las generaciones futuras.
Tampoco es el escritor un
profeta, pues lo que más debe importarle es vivir el presente, liberarse
de la falsedad, atajar la ilusión vana, contemplar con claridad el aquí
y el ahora y examinar al mismo tiempo su propio yo: el propio yo también
es caótico, y nada le impide reflexionar sobre sí mismo al tiempo
que duda del mundo y de los demás. El desastre y la opresión provienen
por lo general de fuera de uno mismo, es cierto, pero la cobardía y el
desconcierto inherentes al ser humano pueden ahondar su sufrimiento y ser fuente
de desdicha para los demás.
Si difícil es comprender
el comportamiento humano, aún más lo es que el hombre se conozca
a sí mismo: la literatura es sólo una manera de que el hombre
dirija la mirada hacia sí mismo para que en ese proceso de observación
hile alguna hebra de conciencia que ilumine su propio yo.
La literatura no intenta
en absoluto subvertir, sino descubrir y revelar la verdad de un mundo que el
hombre o bien raramente puede conocer, o bien apenas conoce, o bien cree conocer
y en realidad no conoce. Quizás sea ésta, la verdad, la cualidad
más básica e irrefutable de la literatura.
El nuevo siglo dejemos
ahora a un lado la cuestión de su novedad ya ha comenzado, y lo
más seguro es que, con el derrumbamiento de las ideologías, la
revolución literaria y la literatura revolucionaria también acaben
por sucumbir. El espejismo de la utopía social presente durante más
de un siglo se ha disipado como el humo, y la literatura, una vez liberada de
las ataduras de una y otra doctrina, tendrá que retornar a las vicisitudes
de la existencia humana, a los problemas fundamentales y apenas cambiantes de
la humanidad que constituyen su tema eterno.
En esta época no
hay profecías ni promesas, y yo creo que es mejor así. El papel
de juez y profeta que el escritor a veces se arroga tiene sus días contados,
pues las muchas profecías que se hicieron en el siglo pasado han resultado
falsas. Mejor esperar y ver en vez de fabricar nuevas supersticiones en torno
al futuro. Y mejor también que el escritor recupere su papel de testigo
y se esfuerce por exponer la verdad.
Mas ello no significa que
la literatura haya de ser una simple relación de hechos. Los testimonios
recogidos en las crónicas oficiales proporcionan, necesario es saberlo,
pocos datos veraces y ocultan con frecuencia las causas y los móviles
de los acontecimientos; pero cuando la literatura se ocupa de la verdad, todo,
desde los pensamientos íntimos de la persona hasta el mismo curso de
los acontecimientos, aparece expuesto sin omisión alguna: tal es la fuerza
que adquiere la literatura cuando el escritor, en vez de inventar a su capricho,
intenta revelar las verdaderas circunstancias de la naturaleza humana.
La calidad de la obra depende
de la perspicacia del escritor para captar la verdad y no del mejor o peor uso
de los juegos de palabras o las técnicas de redacción. De la verdad
existen ciertamente toda clase de definiciones, y su tratamiento difiere con
cada persona; pero un simple vistazo a un escrito basta para saber si su autor
pretende embellecer los fenómenos de la existencia humana o, por el contrario,
presentar los de manera cabal y directa. Reducir la distinción de lo
verdadero y lo falso a una pura reflexión semántica es propio
de cierta crítica literaria afín a determinadas ideologías,
pero tales principios y dogmas tienen poco que ver con la creación literaria.
Más que ligada a
su manera de crear, la cuestión de lo verdadero y lo falso se halla,
en el escritor, íntimamente relacionada con su actitud para con la creación.
La veracidad de su pluma depende también de su sinceridad al empuñarla:
aquí la verdad es más que un simple criterio de valor literario,
pues adquiere una dimensión ética. El escritor no se arroga la
misión de educador moral, pero si quiere retratar en profundidad a los
diversos personajes de toda condición que pueblan el universo, tendrá
que poner al desnudo su propio yo, airear hasta sus más íntimos
secretos. La verdad es para él casi una ética, la ética
suprema de la literatura.
En manos del escritor que
afronta la creación con actitud seria, hasta la ficción literaria
se asienta en la premisa de exponer las verdades de la vida humana; aquí
reside la vitalidad de las obras imperecederas legadas desde la antigüedad,
y por ello la tragedia griega o Shakespeare nunca pasarán de moda.
La literatura no es una
simple copia de la realidad, pues atraviesa las capas superficiales para penetrar
hasta su mismo fondo; revela lo que es falsa apariencia y, remontándose
a las alturas, navega por encima de las ideas comunes para mostrar, con visión
macroscópica, las particularidades y pormenores de la situación.
La literatura, como es obvio,
también se alimenta de la imaginación; mas esta suerte de viaje
del espíritu no debe servir para dar rienda suelta al desvarío.
La imaginación divorciada de la sensación verdadera o la ficción
escindida de la base de la experiencia vital no generan sino productos anodinos
y débiles, y difícilmente pueden conmover al lector obras que
no convencen ni al propio autor. La literatura no sólo debe recurrir
al acontecer cotidiano, ni el escritor hallarse limitado por lo que él
ha vivido en carne propia, pues el vehículo de la lengua le permite transformar
en sensación propia todo cuanto oye y ve y todo cuanto otros han expuesto
en sus obras: tal es el poder de fascinación del lenguaje literario.
La lengua, como el exorcismo
o la invocación, tiene el poder de agitar el cuerpo y el espíritu;
hecha arte, permite al narrador transmitir sus sensaciones a otros y deja de
ser un simple sistema de signos o un entramado semántico que se agota
en sus propias estructuras gramaticales. Si olvidamos al hablante vivo que está
detrás de la lengua, cualquier deducción de orden semántico
se convierte fácilmente en un juego intelectual.
La lengua no es sólo
vehículo de ideas y conceptos, pues concita sensaciones e intuiciones,
y por ello los signos y señales no pueden reemplazar al habla del ser
viviente. Para expresar la voluntad, la motivación, la entonación
o la situación de ánimo aparejadas a las palabras y expresiones
del hablante no basta la simple ayuda de la semántica y la retórica.
Sólo la voz del ser vivo que habla es capaz de exteriorizar las connotaciones
del lenguaje literario, y en consecuencia la literatura también se nutre
del oído y no constituye un mero instrumento del pensar cerrado en sí
mismo. El hombre necesita la lengua no sólo para transmitir significados,
sino para escucharse y reafirmar su propia existencia.
Podríamos decir,
parafraseando a Descartes: "Me expreso, luego existo". Pero este "yo"
del escritor puede ser él mismo, o él mismo encarnado en narrador
o transformado en personaje del libro; el sujeto que relata puede ser «él»
o «tú», y por lo tanto es uno y trino. La exteriorización
de las sensaciones y las percepciones comienza con la fijación de un
pronombre personal que identifique al sujeto y conforme, a partir de él,
los diferentes modos narrativos. Es aquí, en este proceso de búsqueda
de un modo narrativo original, donde el escritor da cuerpo a sus sensaciones
y percepciones.
En mis novelas sustituyo
a los personajes ordinarios por pronombres personales, y me sirvo del "yo",
"tú" y "él" para describir al protagonista
o centrarme en él. Describir a un mismo personaje por medio de diferentes
pronombres crea una sensación de distancia que, en el caso de la escena,
proporciona a los actores un espacio interior más amplio, y por eso utilizo
también este recurso en mis obras de teatro.
La narrativa o el teatro
nunca han llegado ni llegarán a su fin, y los frívolos anuncios
de la muerte de uno u otro género literario o artístico son pura
fantasía.
Nacida con la civilización
humana, la lengua es, como la vida, un prodigio que se manifiesta con fuerza
inagotable, e incumbe al escritor descubrir y desarrollar su potencial latente.
El escritor no es el Hacedor y no puede suprimir este mundo, por ajado que esté,
ni crear uno nuevo ideal, por absurdo e incomprensible para el intelecto humano
que sea el presente, pero sí puede crear en mayor o menor medida modos
expresivos innovadores que complementen lo que otros ya han dicho o partan de
donde otros se han detenido.
La subversión de
la literatura no es más que fraseología propia de la revolución
literaria: ni la literatura ha muerto, ni el escritor ha podido ser derrocado.
Cada escritor tiene su sitio en las estanterías y seguirá vivo
mientras sea leído. Nada más reconfortante para él que
legar al vasto acervo literario de la humanidad un libro que pueda ser leído
en el futuro.
Mas, para el escritor en
tanto que autor o para el receptor en tanto que lector, la literatura sólo
se materializa y adquiere interés en el presente. Escribir para la posteridad
es engañarse a sí mismo y engañar a los demás, cuando
no pura jactancia. La literatura es para el ser vivo y, aún más,
por ella reafirma el ser vivo su presente. Es este presente eterno, esta afirmación
vital del individuo la que constituye si aún queremos buscar la
razón de ser de tan magna profesión de independencia la
causa inmutable por la cual la literatura es literatura.
La literatura surge en toda
su sazón cuando la creación literaria no es un medio de subsistencia
o cuando su disfrute permite al escritor olvidar por qué y para quién
escribe y la convierte en necesidad perentoria, en impulso ineludible. No reporta
utilidad alguna, y es así por propia naturaleza; su profesionalización
es fruto funesto de la división del trabajo en la sociedad moderna, un
fruto muy amargo para el escritor.
En una época como
la actual, dominada por la omnipresente economía de mercado, el libro
es, más que nunca, una simple mercancía. En este mercado ciego
e ilimitado no tiene cabida no ya el escritor aislado, sino las sociedades y
los movimientos literarios del pasado: el escritor que no cede a su presión
o no se rebaja a fabricar un producto cultural destinado a satisfacer los gustos
de moda, no tiene más remedio que buscarse otros medios de vida. Pero
la literatura no tiene relación alguna con los best-sellers o las listas
de ventas, y la promoción en los medios de comunicación de algunos
escritores es más bien pura publicidad comercial. La libertad de creación
no responde a ninguna dádiva graciosa ni puede ser comprada, pues proviene
de la propia necesidad interna del escritor.
Buda, como dicen, anida
en tu corazón, pero sería mejor decir que es la libertad la que
anida en él y de ti depende hacer o no uso de ella. Si truecas esta libertad
por cualquier otra cosa, el pájaro de la libertad echará a volar:
éste es el precio que habrás de pagar.
El escritor escribe lo que quiere sin atender a recompensas no sólo por afirmar su propio yo, sino, como es natural, para desafiar a la sociedad. Pero este desafío no debe ser afán de ostentación, pues el escritor no tiene necesidad de henchir su ego ejerciendo de héroe o de guerrero; los héroes y los guerreros luchan por una gran causa o para prestar algún servicio meritorio, y todo ello es ajeno a la obra literaria.
Si el escritor quiere desafiar
de algún modo a la sociedad, ha de valerse de la lengua o de los personajes
y circunstancias de su obra, o en caso contrario sólo logrará
perjudicar a la literatura. La literatura no es un grito indignado ni puede
convertir en denuncia la indignación del individuo. Las sensaciones del
escritor como individuo únicamente se tornan literatura cuando se diluyen
en su obra: sólo así pueden aguantar los estragos del tiempo,
perdurar.
Cabría hablar, por
consiguiente, no tanto del desafío del escritor a la sociedad, sino del
desafío de su obra. La obra que perdura es, sin duda, una poderosa respuesta
a la época y a la sociedad en que el escritor vive. El clamor del hombre
y de sus actos puede desaparecer con el tiempo, pero con tal de que existan
lectores, la voz de su obra seguirá hablando.
Si tal desafío no
puede transformar la sociedad es porque se trata tan sólo de una actitud,
la actitud nada llamativa de un individuo que intenta trascender los límites
ordinarios del medio social. Pero es una actitud que, por salirse en cierta
medida de lo común, infunde en el que la adopta el modesto orgullo de
comportarse como persona. Sería muy triste que la historia de la humanidad
dependiese tan sólo de leyes incognoscibles, del ciego vaivén
de las corrientes y no prestase oído a la voz divergente del individuo.
La literatura es, en este sentido, un complemento de la historia. Las grandes
leyes de la historia imponen su dominio inapelable sobre las personas, y éstas
han de dejar constancia de su propia voz. El hombre se halla al arbitrio de
la historia, pero es capaz de legar literatura, y tal hecho permite a este ser
inexistente preservar un mínimo de confianza necesaria en sí mismo.
Agradezco a los honorables
académicos que hayan concedido este premio Nobel a la literatura, a una
literatura resueltamente independiente que no elude el sufrimiento humano, que
no elude la opresión política ni se halla al servicio de la política.
Les agradezco que hayan otorgado el más prestigioso de los premios a
obras apartadas de la especulación del mercado, a obras que han suscitado
poca atención pero merecen ser leídas. Y también agradezco
a la Academia Sueca el haberme permitido subir a una tribuna que es centro de
atención mundial, el haber oído mis palabras, el haber dejado
que un frágil individuo hable al mundo con voz débil y desabrida
que no suele ser oída en los medios de comunicación. Pero creo
que éste es justamente el objetivo del premio Nobel de literatura. A
todos agradezco la oportunidad que me han dado.
Discurso pronunciado en la Academia Sueca el Diciembre de 2000.