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Ir a Contenido Junio de 2006 - Año 3, No. 6 |
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LECCIONES
BÍBLICAS
Orlando
López Valencia
Del libro Cuentos al Oleo
Premio Jorge Gaitán Durán 2005
Siempre quise hacer el amor
con una mujer evangélica. Me seducía esa sobredosis de pudor,
esa manera dulce de hacer saber que son mujeres de Dios. Por eso, cuando Yolanda
tocó a mi puerta un domingo de agosto, sentí un revoloteo en el
estómago.
- Buenos días -dijo
sosteniendo un paquete de libros sobre el regazo.
- Buenos días -contesté.
- Quisiera compartirle la
palabra del Señor.
La invité a seguir
y me mostré atento a la lectura de Juan, Lucas y Mateo. Opiné
que siempre había sentido la necesidad de pertenecer a una congregación
y que aunque algunas veces lo había intentado, nunca como hoy había
sentido tan claras las palabras del evangelio.
- Me gustaría que
volviera.
- No se preocupe -dijo mirándome
como a una oveja que se acerca al rebaño-, lo estaré visitando.
Todos los domingos, en la
mañana, llegaba Yolanda a compartir la Biblia conmigo mientras yo adivinaba
su cuerpo bajo el largo traje gris que contrastaba con su negra cabellera recogida
en una moña que la hacía ver de más edad.
- ¿Y qué hace
además de predicar?
- Doy clases de piano y
atiendo a mi esposo.
- ¿Él también
es evangélico?
- Sí, claro, somos
de la misma congregación.
- Debe ser muy feliz con
una mujer tan linda y tan devota como usted.
- Gracias -dijo y sus mejillas
se tiñeron de rosa.
El domingo siguiente tomé
la iniciativa y le hablé de Ruth, la labradora, ese bello libro del antiguo
testamento que había leído en mi juventud. Ella, entusiasmada,
me habló de la fidelidad, la abnegación y el servicio. Antes de
despedirse la abracé fuerte y le agradecí por compartir su sabiduría
conmigo.
Con usted me siento más
cerca del cielo - dije, mientras le entregaba un obsequio.
- ¿Y cuál
es el motivo?
- Gratitud -dije-, pero
ábralo.
Soltó las cintas
del regalo y contempló la tapa de un libro de partituras para piano.
Me miró como si por un segundo se hubiera ocultado de la mirada de Dios
y me besó en la mejilla.
- Gracias, Martín,
no sabe lo feliz que me hace.
Mis estudios bíblicos
se fueron incrementando al igual que mi deseo por ella, pero tenía que
ser prudente. Algunas mujeres de otros credos bailan, beben, se emborrachan
y pecan sin el más mínimo remordimiento, en cambio las evangélicas
temen la ira de Dios. Sin embargo, siempre creí que detrás de
todo evangelista hay un ser proclive al pecado y Yolanda no era la excepción.
Tardé seis meses en tentarla. Después de orar, en el momento de
la despedida, la abracé como de costumbre y la besé en la boca.
Hubo una pequeña resistencia que cedió cuando vertí mis
palabras en su oído:
- No se ha dado cuenta,
Yolanda, que la quiero.
- Yo también lo quiero
-dijo-, pero no puede ser
- ¡Ay, Dios mío!,
¡ay, Dios mío! -exclamaba mientras su cuerpo se abandonaba a mis
caricias.
La despojé del traje
gris y embriagado ante tanta belleza, la amé con lujuria.
Oramos postrados, antes
de despedirnos, en medio de un océano de culpa.
- Qué Dios me perdone
-dijo-, pero si Él nos ha puesto en este camino es porque quiere darnos
alguna lección.
Hicimos el amor durante cinco meses esperando la lección que nos daría
el Señor pero nada ocurrió, sólo una sed progresiva del
uno por el otro que apaciguábamos orando, hasta que un día Yolanda
decidió ponerle fin.
- No está bien que
falte a mis principios - dijo-, tengo un esposo al que debo respeto y eso no
se consigue con oraciones.
- Si el Señor ha
decidido que estemos juntos, que sea Él quien nos separe -dije tratando
de conservar esa magnífica mujer.
-Está bien -dijo-,
esperemos la señal.
El domingo, cuando tocaron
a la puerta, abrí de prisa y me topé con un hombre de mediana
estatura, pulcramente ataviado y con anteojos redondos.
- ¿Martín?
- Sí, soy yo.
- Yolanda me contó
lo que pasó entre ustedes.
- ¿Y usted quién
es?
- Soy su esposo - dijo con
tranquilidad- . Yo la he perdonado y ahora le toca a usted ayudarnos. No la
busque.
- Yo nunca la he buscado.
- Lo sé, pero podría
hacerlo un día. Le agradezco de antemano su colaboración.
Me dio la mano y se despidió.
Me quedé mirando
a aquel hombre que avanzaba calle arriba, con esa tranquilidad que sólo
otorga la fe y pensé que tenía razón, que a esa mujer valía
la pena perdonarla.
Abandoné mis estudios
bíblicos y volví a mi cómodo catolicismo. Cuando creí
que era justo me casé con Zulma, una joven de provincia que amaba la
misa de seis. Si bien su devoción no competía con la de Yolanda,
auguraba una vida recta. No fue así. Al cabo de un tiempo supe de sus
andanzas con el carnicero del barrio. Cuando la confronté me confesó
su falta. Recordé al esposo de Yolanda tan seguro de sí mismo,
tan sabio para entender los problemas de la voluntad; quise comportarme de igual
manera pero algo dentro de mí me hizo descargarle una bofetada en el
rostro.
- Los hombres se respetan
- dije y volví a golpearla con rabia.
Zulma se incorporó
lentamente.
- Perdóneme, yo no
quería hacerlo
le juro que no quería hacerlo
Salí de la casa cuando
tañían las campanas convidando a la misa de seis de la tarde.
Avancé en medio de los autos y los peatones y me detuve a comprar cigarrillos.
La joven que me atendió tenía los ojos almendrados y unas profundas
ojeras que los hacían enigmáticos.
- ¿Es usted árabe?
- No -respondió con
una sonrisa-. ¿Por qué?
- Quería saber cómo son las musulmanas.