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Ir a Contenido Junio de 2006 - Año 3, No. 6 |
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¿PARA
QUÉ SIRVE LA MANZANA?
¿ES
COMPRENSIBLE LA LENGUA POÉTICA DE HOY?
Balázs
Lengyel
Traducción de Mercédesz Kutasy
¿Por qué hay
tantos poetas en nuestra época? "Porque hay muchos que confunden
el deseo ardiente de la fama poética con el talento poético."
En la respuesta de John Stuart Mill el lector puede descubrir la tranquilizante
explicación. Sin embargo Mill, excelente pensador positivista, escribió
lo que escribió hace unos ciento cincuenta años; además,
él no buscó las causas del raudal de poetas húngaros, sino
de los ingleses de su tiempo. En este caso es bien posible que el hecho de considerar
demasiados los poetas por parte de los lectores es un fenómeno más
constante de lo que pensamos. También es posible que lo inmenso del presente
es escaso desde la perspectiva del futuro. Finalmente, es posible que respecto
a la poesía viva exista en nuestro interior una especie de desprecio
o impaciencia.
¿Por qué existiría?
-se pregunta resignado el lector que no se enfrenta con sus propios sentimientos.
Sin duda, podría existir con pleno derecho, y hasta existe. Hoy incluso
más que ayer o anteayer. Puesto que los poetas desde hace unos cien o
ciento cincuenta años en vez de hacer declaraciones comprensibles también
en prosa, comunican incurablemente, con rimas y ritmos, algo totalmente distinto
(cuando es que comunican), y hoy en día hasta desatienden las rimas y
los adornos rítmicos. En sus versos quebrados -como si tuvieran pereza
de llenar honradamente la hoja- se esconden tantos enigmas, confusiones, disparates.
Y lo que no entendemos, no lo captamos, lo que nos detiene pone en nuestro camino
dificultades, eso en la mayoría de los casos nos enoja.
El escritor de esas líneas
asegura al lector que entiende su enojo confesado u oculto. Después de
dos o tres noticias claras, tranquilamente abarcables -por ejemplo, atentado
de bomba, encuentro de jefes de Estado, emplazamiento de cohetes- es raro leer
de repente algo semejante sobre la guerra o el curso de la historia: El tiempo
hace esponja de los cadáveres reblandecidos debajo de la silla de montar
de hierro fundido y borra con ellos la pizarra en la que se arrastra, en rayos
ciegos, la rastrera sangre (Ottó Orbán). Es confuso, además
inquietante. Por supuesto siempre hay gente que no se siente apartado por esa
silla de montar de hierro fundido y por la esponja, más aún, se
empecina y dice: a ver, ¿realmente es confusión ésto, realmente
es disparate? Supongamos -argumenta- que nuestros poetas escribieron los poemas
contemporáneos empleando palabras húngaras, pero con una construcción
de significación ajena al uso cotidiano, creando así con nuestras
palabras un sistema de signos modificado, desviado. Ya habían descifrado
cosas más complicadas: escritura pictográfica desconocida, escritura
cuneiforme, en tablas de piedra o de arcilla, e informes de guerra cifradas
de todo tipo. Y se pone manos a la obra. El escritor de estas líneas
es un obstinado fastidioso.
¿Cuál es el
resultado? Que no consigue inventar a cada rato la pólvora: efectivamente,
la poesía comunica intencionadamente algo distinto que la prosa, además,
de diferente manera. Algo distinto: monólogo interior construido. De
diferente manera: coge el idioma de nuestra comunicación cotidiana y
hace de ello un idioma aparte. Además, un idioma que cambia constantemente
(según épocas y personas). Si Sándor Weöres en un
hermoso poema infantil dice: Roya manzana en la rama de mi corazón /
en su copa resplandeciente, / se la daría a quien la quiera, etc., entonces
claro está que esta roja manzana no es manzana. Hasta el lector infantil
puede deducirlo (si no por otra cosa, por el ambiente de la estrofa anterior)
que se trata de la alegría o incluso del cariño. Si Kosztolányi
dice en su poema donde cita a Benedek Virág: hubiera ofrecido por mi
poema una manzana, en este caso la manzana es el reconocimiento poético,
poco menos que una condecoración. Si Árpád Tóth
traduce a Rilke con estas palabras: No podíamos conocer su inaudita cabeza
en la que maduraban las manzanas de sus ojos, entonces esta manzana es: la pupila.
Y así sucesivamente.
Prescindo del comentario de que esta cotidiana fruta sabrosa a qué puede
además corresponder, por ejemplo, en el campo de los donaires femeninos.
Pero si empiezo con las frutas el desfile de mis ejemplos acerca de la transformación
del significado poético me queda por preguntar sobre aquella ciruela
que ahora madura ("tendida bajo el árbol"), y a cuya recolección
está tan invitada la Eva de mi corazón, ¿qué tiene
que ver con la ciruela o con su recolección? (1)
En una palabra, ya las canciones
populares se sirven de las transformaciones del significado. Así que
no tenemos ningún derecho a fastidiarnos porque nuestros poetas dan un
paso más en este camino de transformar el idioma, además en el
siglo XX éstos son pasos cada vez más atrevidos, pasos dados en
algunas ocasiones hasta con botas de siete leguas. De todas formas el "idioma"
hablado hoy en día es el resultado de un cambio zigzagueante de siete
décadas. Cada década y cada poeta significativo dejó su
huella aquí o allá, deteniendo o impulsando hacia adelante. Al
final ha resultado ser un sistema de engranajes entretejidos donde, junto al
habla natural, está presente o incluso domina la comunicación
escondida en cambios de significado, en acumulaciones de imágenes, en
contracciones de palabras y en cambios de la forma de las palabras: en algunos
casos -últimamente- puesta incluso en mañosas infracciones gramaticales.
Antes era más fácil ser lector de poemas - suspira el que procura
seguir a nuestros poetas. Y si su gusto se ha estancado y lleva tiempo sin ejercitarse
como lector en este cambiante idioma poético, incluso puede exclamar:
"¡Con toda seguridad, los poetas de antes, aquellos así que
eran excelentes!" El hecho de que nuestros grandes clásicos hayan
sido "excelentes", es indudable. ¿Pero que hayan sido fáciles
en su época? El especial uso lingüístico de los grandes poetas
del siglo XIX nosotros, digamos, lo aprendimos al mismo tiempo que el habla
cotidiana. El simbolismo de Ady, en algún tiempo incomprensible, se convirtió
en nuestra propia sangre en la escuela. Y el alcohol denso, embriagador, del
espíritu de Attila József, lo tomamos hoy cual un vaso de agua.
¡Pero hoy!
Mas los niños, los
estudiantes de hoy día, ¿hasta qué punto entienden? y ¿cómo
disfrutan de nuestros clásicos? ¿Ellos también respiran
su idioma con el habla cotidiana? He aquí el nuevo problema, consecuencia
directa del rápido cambio del modo de vida. Ellos sí que no están
de acuerdo con la opinión anterior del lector. Sus dificultades respecto
a los textos clásicos no surgen tan sólo a la hora de la transformación
poética, más bien, a menudo ni conocen el sentido cotidiano de
las palabras. Veamos sus curiosas preguntas primero en un ejemplo indirecto,
el de una canción popular de los kuruc (2) . A lo
largo y ancho del país todos los colegiales saben de memoria -siendo
un texto obligatorio de aprender -la canción que empieza de la manera
siguiente: Hice el camino de las tropas. El segundo verso dice: No sostuve la
brida de mi caballo. Los niños, incluso si viven en un pueblo, no suelen
cabalgar, nunca tocan una brida, son incapaces de descifrar el sentido tan evidente
para sus antepasados: en el camino de las tropas no me detuve, no cuidé
mi sangre, tampoco me cuidé a mí mismo. Los niños estudian
el Toldi en el sexto, el que -junto a otros encantos- es también un maravilloso
cuento, apropiado para ellos. Menciono aquí todo aquello que no comprenden
de las primeras tres estrofas tan sólo porque el concepto o composición
de conceptos no figura en su vocabulario el vastago del saladar, rebaño
de saltamontes, hierba creciente en el I rastrojo, madero magro, cigoñal
larguirucho, viga del carro, plumas de mozo, madera de prohibición, camino
allende (No hablare del montó Laczkó, pues lo explicó el
mismo Arany en una nota)
Aludamos entonces con mesura
a nuestros clásicos En su época pocas veces fueron tan simples
(y para los nuevos lectores hoy tampoco lo son) Nos guste o no, hemos de aceptar
tenemos que pagar por nuestros placeres, hasta el placer estético más
sutil nos cuesta esfuerzos Sin agujetas no hay verdadero montañismo,
aunque más tarde recordemos sólo el maravilloso panorama La impaciencia
o avidez del hombre moderno exigiría para cada cumbre un funicular Sin
embargo para las cumbres de los poemas cada uno tiene que construir previamente
su funicular -por decirlo con un galimatías en sí mismo
Respiremos hondo y afirmemos
la lectura de poemas no es otra cosa que resolver rompecabezas Por lo menos,
algo así No hay problema, hoy en día son tan solicitadas las revistas
de rompecabezas, está tan de moda solucionar enigmas Por supuesto, para
lograr con éxito algún resultado hace falta algo de cultura y
de práctica que fijen de antemano el camino de la inventiva ofreciendo
los esquemas de la aproximación Y, por supuesto, hace falta el deseo
de conocer el "secreto" oculto Hasta ese punto las cosas coinciden
Sin embargo, hallamos aquí
en el resultado una diferencia que no puede ser indiferente El que resuelve
un rompecabezas, si se mete en ello, logrará saber algo. Pero su éxito
no es el saber obtenido, más bien, sólo el hecho de que haya podido
obtenerlo. Su éxito es una auto-de-mostración. Es innegable que
la autodemostradón es también factor de la asimilación
estética. Descifrar la comunicación, la información de
una obra, puede ser placer de la misma manera que la mera percepción
-independientemente del argumento. Pero en este caso la solución generalmente
tiene argumento, tiene residuo, y he aquí su esencia.
Este residuo, en caso afortunado,
aumenta una especie de cuenta comente. Puesto que existe en el interior de cada
uno de nosotros un banco que guarda nuestros tesoros sentimentales. Es el almacén
de poemas, fragmentos líricos, melodías, piezas de música,
vivencias expresables o inexpresables con palabras, rostros, situaciones y paisajes.
Hay quien lo tiene muy reducido, pero hay quien lo deja crecer y es inmenso.
Y se pueden sacar todos sus valores almacenados en la cuenta corriente válida
del presente. Incluso los sacamos, más a menudo de lo que pensamos. Se
nos ocurre una melodía, ponemos un disco, repetimos un fragmento de algún
poema, nos apuramos a aclarar el presente de nuestro estado sentimental. Con
la ayuda de una fórmula sentimental ya escrita, anotada, estudiada aclarar
lo instantáneo que en aquel momento se arremolina en nuestro interior.
Permítanme no repetir que toda música buena, cada verdadero poema
o fragmento es una fórmula semejante. En el luto el Sermón funerario
de Kosztolányi, en el pánico, el Entre otoño y primavera
de Babits, en la desesperación el "no hay esperanza" de Vörösmarty,
o su advertencia
"Sin embargo, sin embargo hemos de esforzarnos". De los tesoros del
infinito almacén de la poesía todos guardamos de esa forma algo
en nuestra caja fuerte. Permítanme no explicar que en algún momento
del presente cuánta es la fuerza que nos da, o cuánto nos reconforta
sacar estos tesoros. (Véase sobre este tema el testimonio de los diarios
de guerra y de prisión de nuestra época.) Somos seres que vivimos
distintas variedades de amenazas interiores y exteriores, de descargas, sitios,
cautiverios y limitaciones. Luchamos con nuestras determinaciones. Tumbados
entre depresiones y euforias, entre grandes momentos esperanzadores; forzados
cada día a elecciones morales - viviendo la historia de nuestra era.
Aquella cuya etapa al principio de ese artículo evocó Ottó
Orbán mencionando la pizarra borrada y la rastrera sangre, y de la que
en su época, desde la cercanía, así habló Ágnes
Nemes Nagy: No hay manera de pronunciar algo tan amargo porque nuestra garganta
es más estrecha que el cañón, y en la que ///yés
se daba ánimos así: Porque, aunque en ninguna parte, estoy en
casa, / lo real es aquello que yo veo, / incluso si, cual espejismo, / veo al
revés el mundo; aquel mundo que Pilinszky, pasado el cataclismo pero
incapaz del olvido sintió así: estoy quemándome en la vitrina
del presente. Y de la que Lászió Nagy dice en nombre de todos
los poetas presentes y futuros: Hemos nacido para aportarle algo bueno al mundo.
(1) Se
trata de una canción popular húngara cuyo texto es aproximadamente
éste: Eva, Eva de mi corazón I ya madura ¡a ciruela / tendida
bajo el árbol / ¡a recogeremos por la madrugada, (trad.)
(2) Los kuruc son los soldados húngaros sublevados
contra la opresión habsburguesa a principios del siglo XVIII.