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Octubre de 2006 - Año 3, No. 7 - 8

 

ALBERTO RODRÍGUEZ TOSCA

Artemisa, La Habana, Cuba, 1962

Estudió Dirección de Radio, Cine y Televisión en la Facultad de Medios Audiovisuales del Instituto Superior de Arte (ISA) de la Habana.

Ha publicado Todas las jaurías del rey (Premio David de Poesía, 1987), Otros poemas (Premio Nacional de la Crítica, 1992), Silvio Rodríguez: entre el espanto y la ternura (Premio Nacional de Periodismo 1994: entrevista, fragmento), El viaje (Ediciones Catapulta, Colombia, 2003).

Ha sido escritor y director de programas de radio, especialista de Casas de Cultura y Talleres Literarios, profesor universitario, editor del semanario bogotano Suburbia Capital, del periódico Urbe y de la revista Horas.


CRÍA MUJERES

Vámonos cuervo a fecundar la cuerva.
César Vallejo

¡Ah mujeres hermosas no se hagan¡
No es por gusto que les sangra el pico.
Se transforman en cuervas cuando pasan
y nos dejan sin ojos. ¡Ah malditas,
nuestros ojos no les hacían daño a su belleza!
Simplemente miraban. Huían de la noche
y en el camino ¡ah mujeres hermosas!
sus picos ávidos de sangre se abalanzaron
sobre el párpado y desde entonces nos persigue
el amarillo el sueño la locura el amor la oscuridad.

 

VIÉNDOLAS LLEGAR A LA UNIVERSIDAD

Cuántas de estas muchachas
amanecieron hoy en brazos de otro,
después de haber hecho el amor una
y otra vez en el largo delirio de la infancia
crecida. Cuántas reventaron de fiebre
esta mañana mientras yo convalecía de mí
y me abrazaba a mis sudores como un náufrago
se abraza a un tronco para soñar con una orilla.
Con cuántas orillas y frutas y veranos soñaron
estas muchachas hoy al final de la ruda faena.

Yo las veo subir las escaleras de la Universidad
y se me parte el alma. ¡Cómo envidio a ese otro
que esta mañana deambuló en sus senos, se ahogó
en sus labios y murió en sus caderas! Cuántas
de estas muchachas imaginan que en la ciudad
un hombre se muere por ellas y madruga sólo
para verlas subir y deletrear con letras ciegas
las habilidades de sus cuerpos desnudos
contoneándose al ritmo del tic tac de un reloj.

¡Si supieran estas muchachas lo que vaga ese hombre
al verlas pasar con el pelo aún mojado y la sonrisa
del placer todavía desarmándose en sus bocas! Si
lo supieran, dejarían de subir las escaleras y correrían
a comprar una cuerda para llegar a su balcón y secarle
esa lágrima que corre sólo por ellas que amanecieron
hoy en brazos de otro haciendo el amor una y otra vez
en el largo delirio de la infancia crecida.


 

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