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Ir a Contenido Febrero de 2007 - Año 4, No. 9 |
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ARRAIGÁNDOSE CON FANTASMAS
VIDA Y OBRA DE SÁNDOR MÁRAIPor Rodrigo Escobar Holguín
INTRODUCCIÓN
Para los lectores en español, Márai es, por ahora, un poco como Sófocles, de quien se sabe que escribió unas 120 obras, pero sólo siete han llegado a nuestras manos. Tenemos una lista de alrededor de 50 obras publicadas en húngaro, y es incluso posible que aún haya obras inéditas. Judit Xantus (1) ha traducido al español las Confesiones de un burgués, La herencia de Ester, (2) Divorcio en Buda, La amante de Bolzano, El último encuentro, y ¡Tierra, tierra!. Ágnes Csomós ha traducido La mujer justa.(3) Sólo siete de sus obras narrativas: una séptima parte de los títulos que escribió.(4)
Quedan por traducir sus diarios, tan admirados por sus lectores húngaros; sus poemas, sus dramas, y una larga lista de novelas -para no hablar de sus artículos de prensa. Es pues a partir de una parte pequeña de su obra como en español podemos intentar un acercamiento a este autor. Aún no podemos formarnos una imagen cabal, de conjunto, de lo que escribió. Por tanto, este es un trabajo provisional.
En cuanto a su vida, también las disponibilidades de información son escasas. Hay una biografía, más bien breve, escrita por Ernö Zeltner. Es un trabajo que despeja muchas dudas, pero que también las crea. Aún hay que esperar una obra más completa.
Y están las dos novelas autobiográficas, muy importantes, pero que no cubren sino una parte de su vida, sus primeros 28 años y luego los años de 1944 a 1948. Parecieran seguir fielmente la realidad, pero Zeltner muestra que de vez en cuando no es así. No sabemos qué proporción de inexactitudes hay allí, ni qué proporción de ellas son hijas del olvido o del deseo de ocultamiento.
1 -LA VIDA
A comienzos de 1989, en la ciudad californiana de San Diego, aún no acaba el invierno. Allí, un hombre que nació con el siglo se enfrenta a la muerte. Es un sobreviviente de mundos destruidos, como el Imperio (5) Austrohúngaro -el de Rilke, el de Kafka, el de Zweig.
Está solo. Tres años antes, quien fuera su pareja durante sesenta y tres años ha muerto de cáncer. Y luego, al año de esto, también ha muerto su hijo adoptivo, quien jamás leyera nada de lo que su padre había escrito.Su nuera viuda no comprende por qué este terco anciano se empeña en escribir en húngaro, una lengua que en América casi nadie comprende.
Nosotros mismos, hoy, podríamos hacernos la misma pregunta. Otros desterrados se han hecho célebres en la lengua de su país de adopción. Lolita, de Vladímir Nabokov, fue escrita en inglés, y sólo años más tarde, recorrido el mundo, el autor la ha traducido a su ruso nativo. Otros han hecho igual. Conrad abandonó el polaco de su infancia y se volvió un escritor de lengua inglesa; Canetti olvidó casi del todo el español sefardí que aprendió desde la cuna en el Imperio Otomano y se apropió del alemán. Se hicieron escritores en lenguas adoptadas. ¿Por qué empecinarse en usar una lengua tan ajena para tantos? Pero él se aferra al húngaro. Es lo último que le queda de esa patria desaparecida.
De su país le llegan pedidos para que autorice la reedición de sus obras. Pero Hungría está ocupada todavía por un ejército extranjero, y sus ciudadanos no son libres para decidir su destino. Mientras esa situación continúe, él no permitirá que sus obras se reimpriman allí.
Su salud empeora. No quiere languidecer en un hospital, ser mantenido artificialmente vivo quién sabe por cuánto tiempo.
Hace unos meses ha comprado un revólver. Y decide que ha llegado el momento de usarlo. Sus cenizas serán dispersadas en el mar.
Guerras, colegios y universidades
Por la época de su nacimiento, casi ochenta y nueve años antes, hacía casi cuatro siglos que su país, Hungría, había dejado de existir como estado independiente. Un día de verano de 1526, los turcos vencieron al rey Luis II en Mohács, al sur de la gran llanura húngara.(6) Y luego de más de siglo y medio de ocupación otomana, los Habsburgo de Austria echaron a los turcos y se apoderaron de aquella tierra.
Con ellos llegaron a Hungría los antepasados sajones de Márai, los Grosschmid.(7)
Más tarde, los húngaros intentaron recuperar su soberanía, y estuvieron a punto de lograrlo. El 15 de marzo de1848 estalló una revolución, que los austríacos inicialmente toleraron: el evento influyó para que se aprobaran las llamadas Leyes de Marzo, en que se proveyó una autonomía húngara dentro del imperio. Pero cuando un nuevo emperador resolvió desconocerlas, se proclamó la República en Debrecen, el 14 de abril de 1849, y comenzó la guerra de independencia. Al comienzo los húngaros derrotaron al ejército imperial, pero el zar ruso respondió al llamado de ayuda austríaco, y las tropas republicanas se rindieron el 13 de Agosto. Ya por esa época los Grosschmid eran del todo húngaros, y aunque algunos tenían vínculos de empleo con el imperio, estaban de corazón con los revolucionarios.
La victoria imperial fue seguida de una terrible represión. Los trece principales generales del ejército rebelde fueron ejecutados en la ciudad de Árad, hoy en Rumania. Hubo muchas otras ejecuciones, y también encarcelamientos. El primer ministro de la república húngara, Lajos Batthyány, un político que había tratado de moderar la marcha de los acontecimientos, fue fusilado. En 1851, se construyó en el Monte Gellert de Budapest una intimidante fortaleza, con sesenta cañones, para prevenir futuros alzamientos.
Luego de la derrota de la revolución, el esfuerzo por lograr un mayor grado de autonomía continuó por la vía política. En esto, el principal actor por parte húngara fue Ferenc Déak, quien sostuvo la demanda de que Hungría fuera reconocida como una entidad en términos de igualdad con Austria dentro del Imperio.
Austria no estuvo dispuesta a ceder a tal cosa, y los húngaros comenzaron una larga resistencia pasiva. Pero tras la derrota imperial en la guerra con Francia y el Piamonte en 1859, hubo una moderación en las posiciones de ambos lados, que permitió un acuerdo basado en la restitución de la constitución húngara de 1848 y la continuidad de Hungría dentro del imperio. Durante su preparación ocurrió la guerra de 1866 con Prusia - otra derrota imperial.
Por el Compromiso de 1867 se reconocía la existencia del reino húngaro, conformándose así la Monarquía Dual en cabeza del emperador, con las dos capitales de Viena y Budapest. Las relaciones internacionales, las finanzas nacionales y la guerra seguían siendo potestades imperiales. No todos estaban de acuerdo con el arreglo: después, desde el exilio, Kossuth iba a advertir, en una profética carta abierta, que el imperio se hundiría y que al haber sido atada a él, Hungría sería arrastrada también al abismo.
El 8 de junio de 1867 el emperador austríaco Francisco José fue coronado como rey de Hungría.
La época de 1867 a 1914 tuvo visos dorados para la nación húngara. Las energías se liberaron; en 1873, lasciudades de Buda, Pest y Óbuda se unificaron. Las estaciones de ferrocarril de la capital son de ese período, lo mismo que edificios como los del Parlamento, la Ópera y otros. En 1895, se celebró el milenio de la ocupación húngara de la cuenca de los Cárpatos. Para la ocasión se inauguró la primera línea del metro de Budapest.
Los antepasados inmediatos de Márai vivían y trabajaban en la Alta Hungría, lo que hoy es Eslovaquia, y en Máramaros -hoy en Ucrania y Rumania. Márai nació en Kassa (hoy Koice, Eslovaquia) el 14 de abril de 1900, y tuvo la educación de un burgués de la época. En su familia se hablaban el húngaro y el alemán. Su educación comenzó con clases particulares, y luego fue matriculado en un colegio religioso.
La experiencia escolar ha sido descrita por él en algunos párrafos de sus obras. En Confesiones de un burgués dice:
yo comprendía las frases en latín y disfrutaba con el idioma. Pero no era tan bueno en "estilística húngara": teníamos que aprender de memoria Toldi, la epopeya de János Arany, nos saturábamos con sus versos y no éramos capaces de oír la música de las palabras ni de sentir su aroma. También la manera de enseñarnos Historia era insoportablemente pesada; todo lo que nos explicaban sonaba a falso porque todo era mentira. No sé con qué complicados sistemas llegaron a hacer que odiásemos asignaturas tan interesantes y apasionantes como la Botánica y la Geología, ni cómo consiguieron que una materia tan sencilla y transparente como la Geometría se convirtiera en una complicadísima maraña de fórmulas imposibles de comprender, ni por qué disfrazaban los fenómenos de la Física con ejercicios memorísticos.Dos décadas antes había pasado por ese mismo sistema escolar Stefan Zweig, para quien la experiencia fue un mal recuerdo que le persiguió hasta el fin de su vida, pues lo describió así en el último de sus libros, El Mundo de Ayer:
Nosotros debíamos ser educados, en primer término, en el sentido de respetar en todas partes lo existente, como perfecto; la opinión del maestro, como infalible; la palabra del padre, como incontestable; las instituciones del Estado, como las valederas en general y por toda la eternidad. Un segundo principio cardinal de aquella pedagogía, que también se empleaba dentro de la familia, establecía que los jóvenes no debían gozar de excesivas comodidades. Antes de concederles cualquier clase de derechos, debían saber que tenían deberes y, sobre todos los demás, el deber de la subordinación absoluta.
Con todo, hasta los catorce o quince años, todavía nos adaptábamos, mal o bien, al colegio. Nos burlábamos de los maestros, y aprendíamos las lecciones con una curiosidad fría.
Mientras tanto el ambiente políticoeuropeo se iba cargando de peligrosos nubarrones. Los recelos mutuos entre los imperios y los deseos de seguridad llevaron a la formación de dos alianzas opuestas: Alemania y Austria-Hungría de un lado; Gran Bretaña, Francia y Rusia del otro. En 1908, Austria-Hungría se anexionó a Bosnia-Herzegovina, una región balcánica con una gran población serbia, que había ocupado en 1878. Serbia, aliada con otros pequeños estados balcánicos, emprendió en 1913 una guerra contra el imperio otomano, y luego contra Bulgaria, ambas exitosas, lo que alentó su nacionalismo. Cuando el 14 de junio de 1914 un fanático serbio asesinó al heredero del imperio austrohúngaro, éste declaró la guerra a Serbia. Y Rusia entonces le declaró la guerra al imperio para defender a sus hermanos eslavos del sur. A través de las alianzas, pronto toda Europa estaba sobre las armas.
Un efecto del ambiente de guerra en la escuela ha sido descrito por otro escritor educado en el imperio austrohúngaro, cinco años menor que Márai, Elias Canetti, así:
Nos dieron un cuaderno amarillo con canciones que de una manera u otra se referían al conflicto bélico. Empezaba con el himno imperial, que cantábamos todos los días al principio y al final de la clase. [ ]Cantábamos demasiadas canciones de aquel cuaderno amarillo, aunque su tono era sin duda más soportable que las horribles frasecitas llenas de odio que hallaban su camino hasta nosotros, pequeños escolares: "Serbia ha de morir", "¡Cada tiro, un ruso menos!", "¡Cada bayonetazo, un francés!", "¡Cada patada, un inglés!". Cuando por primera y última vez repetí en casa una de aquellas frases, y dije a Fanny [una doméstica checa]: "¡Cada tiro, un ruso menos!", ésta se quejó a mi madre [ ] y le dijo que no podría seguir con nosotros si se veía obligada a oírles a los niños frases como esa.
Al estallar la guerra Márai está en medio de esos fatídicos catorce años de los que nos habla Zweig, y también de su educación secundaria. Se escapa de casa y del colegio. Para continuar luego sus estudios tiene que cambiar de institución, y lo envían a una de Budapest. Regresa de nuevo a su anterior colegio de Kassa al año siguiente. Pero comete un error: publica un artículo periodístico, lo que va contra las órdenes del director del colegio. Se tiene que ir otra vez de ahí, y lo hace con una frase lapidaria: "¡Aún tendrán que vérselas conmigo en la clase de literatura, se lo juro!". Al fin, termina la escuela secundaria en el colegio de los premostratenses en . , junto a Budapest.
Tendría que comenzar a estudiar alguna carrera en la Universidad. ¿Cuál? La historia familiar parecería determinarlo: hay en ella una larga serie de juristas. Se matricula en Derecho en los últimos meses de 1917.
En enero de 1918 es llamado a filasen Kassa, pero luego se le rechaza por no tener las condiciones físicas requeridas. Se salva, pues, de los últimos meses de carnicería bélica. Muchos de sus compañeros de promoción mueren en las batallas del río Isonzo.Ese año publica Libro de recuerdos, su primera obra, un poemario.
La gran guerra termina; el imperio austrohúngaro está destruido. Los tratados formalizan la desmembración de Austria -y de Hungría. Se cumplía el vaticinio de Kossuth. De este modo Hungría pierde las dos terceras partes de su territorio histórico, lo que incluye la mayor parte de los recursos minerales, y también de su red ferroviaria y su puerto sobre el mar Adriático. La Alta Hungría, donde Márai había nacido y pasado su adolescencia, se vuelve parte de Checoeslovaquia.
Veinte años después, escribiría en sus poemas en prosa Las cuatro estaciones la emoción que sentía por su ciudad natal y su región vecina, de esta manera:
Siempre que pienso en Kassa los recuerdos vuelven a mi memoria. Y me gritan: 'Devolvédmela. Devolvedme la casa en la que nací y la otra, en la que crecí, devolvedme mis tumbas, los recuerdos, las ventanas y los arcos de mi niñez, devolvedme las praderas y la casa de , la Puerta del Norte y la catedral entera con el sepulcro de Rákóczi, pues, si no, nada volverá a tener sentido para mí. Quiero recobrarlo porque me pertenece, porque no consigo olvidar su pérdida. Devolvédmelo pues, si no, creeré que todo es posible, también la rabia de la desesperación. Allí quiero morir, donde comienza la ciudad, donde yacen mis muertos, en las hondonadas bajo las colinas, en las habitaciones donde descansan también mis recuerdos. Devolvédmela mientras todavía es tiempo.
La nostalgia de Kassa le acompañará desde entonces, y luego hará parte de su obra de escritor maduro.
Apenas al terminar la guerra, de nuevo la historia interviene en su vida. Primero, hay una revolución burguesa, la de las Rosas de Otoño, que Márai recibe con alegría, y que no dura sino seis meses: entonces la sustituye la revolución comunista, que también Márai celebra, y que dura todavía menos.
Formación en periódicos y cafés - y de vez en cuando en las aulas
Los vínculos con los periódicos continúan, y él escribe en las publicaciones efímeras que dan cuenta de las revoluciones.
No se sabe si por decisión personal o familiar, el caso es que poco después de la caída de la república comunista húngara Márai se va a Leipzig y comienza a estudiar en el Instituto deInvestigaciones Periodísticas, de la Facultad de Letras. Su padre le envía dinero cada tres meses, pero Márai no es disciplinado en su manejo y de vez en cuando tiene que acudir a alguno de sus tíos. Es por esta época cuando comienza a dejar de ser Alex Grosschmid y pasa a firmar Sándor Márai.
Esta escogencia afirma, de un lado, su ser húngaro y no alemán, y del otro, su identificación burguesa: recoge la denominación nobiliaria de su abuelo paterno, que la recibió del imperio por sus servicios en la administración de minas en Máramaros.
Encuentra que hay un contraste muy fuerte entre el contenido de las clases universitarias de periodismo y la experiencia que ya tiene con los periódicos. Pasa mucho tiempo en el Café Merkur, muy cercano a la universidad. Para comprender qué significa el tiempo gastado en el café, podemos darle la palabra al protagonista de Confesiones de un burgués:
Me pasaba las mañanas sentado en el viejo Kaffee Merkur, detrás de la facultad, ese famoso café de la ciudad que recibía "los periódicos del mundo entero", unas quinientas páginas que yo leía todos los días de forma concienzuda, tratando de enterarme de lo que estaba ocurriendo en el mundo como si me preparase para un examen.
Pasaba semanas intentando traducir algún poema de Ehrenstein, sentado en el Kaffee Merkur. [ .] Las revistas nuevas publicaban textos de Gottfried Benn, Theodor Däubler, René Schickele y Alfred Döblin. La literatura alemana iba despertándose poco a poco de la producción propagandística por encargo.
Ese otoño en Leipzig escribí poemas hasta componer un libro entero, y, más tarde, una editorial de provincias publicaría el volumen bajo el título Una voz humana.
Yo me pasaba los días en el Kaffee Merkur junto a un joven holandés cuyo largo y altisonante nombre me encantaba -se llamaba Adrian van den Brocken júnior-, con quien llegué a fundar una revista literaria llamada Endimión. Se publicó un solo número y los gastos de imprenta acabaron con la herencia paterna de Adrian, unos seiscientos marcos. [ .] La revista sólo publicaba poesía y la mayor parte de los poemas eran de Adrian. . [ .] El hecho es que la revista me sirvió para transformar mi soledad de extranjero: desde entonces me rodeaba de jóvenes amantes de la poesía en el Kaffee Merkur aunque no tenía nada que ver con ninguno. Era un joven poeta solitario que se maravillaba ante todo. Incluso mi aspecto - de lunático flacucho y pálido con un mechón sobre la frente - se parecía al de la figura con que serepresenta al poeta en las láminas antiguas.
Los cafés, sin horarios, reglamentos ni diplomas, eran pues las universidades informales de la cultura centroeuropea.(8) Fue en ese mundo y por ese tiempo cuando Márai se convirtió en periodista en lengua alemana. Primero comenzó a publicar artículos en un semanario de crítica y humor, Drache (Dragones). Este inicio fue muy importante. Pero cuando el director del Instituto de Investigaciones Periodísticas se entera, le advierte que no debe publicar artículos mientras no se haya graduado.
Tiene que escoger entre practicar el periodismo, o graduarse de periodista. Se decide por la práctica. Sin embargo, no abandona del todo la universidad: sigue asistiendo a los cursos que le atraen, y lo hará mientras permanezca en Alemania.
Inicia una serie de viajes por el país: Dortmund, en donde le detuvieron, sospechoso por llevar el pelo largo; Essen, Stuttgart, Hamburg, Könisberg; Darmstadt, donde se hizo cortar la melena de un peluquero; y luego, las ciudades de Goethe: Munich, en donde permaneció algún tiempo; Weimar; Frankfurt, donde se presentó con un artículo a uno de los periódicos más importantes de Alemania, el Frankfurter Zeitung, iniciando así una larga relación que continuaría a lo largo de sus posteriores viajes por Europa y el Cercano Oriente; y por último, Berlín.
Allí le visitó su padre y, luego, una amiga de los tiempos de Kassa, Ilona Matzner, a quien siempre llamó Lola, con quien se casaría en matrimonio civil el 23 de Abril de 1923 en Budapest, y de quien enviudaría al final de su vida.
En Berlín el lugar de estudios habitual era el Romanisches Café, donde se solía encontrar con la poeta Else Lasker-Schüler y otros escritores de la ciudad.
Una pareja húngara en París
Lola y Sándor abandonan Berlín y se van, inicialmente por tres semanas, a París. Allí se quedan por seis años. Márai instaló esta vez su oficina de poesía primero en el salón de fumadores del Hotel Ritz. Luego, alternaba en dos cafés de Montparnasse. Como lo dice en Confesiones de un burgués:
el Dome y el Rotonde -en cuyas inmediaciones se abrirían locales nocturnos y restaurantes por docenas-, fueron durante aquellos años dos de los laboratorios más importantes delmundo: allí se cocía todo, revoluciones y caracteres, políticas y pasiones; evitar esa sucia esquina de la calle significaba no participar en los acontecimientos más relevantes de la época...
Todas las tardes pasaba por allí Unamuno con su suave sonrisa de sabio, aguantando las incomodidades de la emigración forzosa con comprensión y serenidad; a su alrededor se reunían los intelectuales y los aventureros de la nueva España, oficiales, filósofos, escritores. A mí me gustaba estar con ellos. Eran personas tristes, como todos los que frecuentábamos Montparnasse: allí todos éramos personas perdidas y con multitud de defectos, todos buscábamos un lugar en el mundo, una patria física y espiritual. Unamuno intentaba consolar a sus compañeros de lucha, confiaba en el futuro de España y desconfiaba del porvenir de la cultura europea. El exilio de los españoles parecía casi romántico, como debió de ser el húngaro de Kossuth tras 1848. [ ]Un día, Maciá, Unamuno y los demás se fueron a su casa y ese mismo día llegaron los infantes y las infantas, los condes y los marqueses con sus joyas, sus caniches, sus chequeras y sus mayordomos, y la "emigración española" volvió a instalarse en París, aunque con los papeles invertidos.
Pero llega el momento en que Márai comienza a sentirse inquieto en París. Primero, en 1926, hace un viaje a Egipto, Palestina, Siria y Turquía. Además de una serie de artículos de periódico alemanes y húngaros, sería la base de su libro novelado Tras las huellas de los dioses, el primer libro que recoge como propio en su bibliografía. Luego resuelve "regresar a casa" - es decir, a Budapest. Al comienzo Lola piensa que es un arrebato emocional, y se queda en París.
Un escritor húngaro del barrio KrisztinaMárai llega en la primavera de 1928 al barrio Krisztina, inmediato al Palacio Real (o Castillo) de Buda, muy cerca del Campo de Sangre.(9) Es vecino del gran poeta y novelista Kosztolányi.(10)
Es allí donde el poeta y periodista fogueado en Alemania y Francia se convertirá en gran escritor húngaro. La época desde su regreso a Hungría hasta su exilio en 1948 es la más productiva de su vida literaria.
El Márai que conocemos en español se inicia en 1934, con Confesiones de un burgués, publicado poco después de morir su padre. Al año siguiente publica Divorcio en Buda. Al morir . Kosztolányi, en 1936, le remplaza como columnista en el Pesti Hírlap (Gaceta de Pest).
1939 es un año importante en su vida. El 28 de febrero nace el único hijo que tuvo con Lola, y que morirá hemofílico seis semanas después.
Luego de unos meses publica La herencia de Ester. Y el 1 de septiembre de ese año comienza la segunda guerra mundial con el bombardeo naval de Danzig (hoy ) y la invasión de Polonia por la Alemania nazi.
En 1940 publica La amante de Bolzano (que en húngaro se llama algo así como Actuación en Bolzano). A finales de 1941, las dos primeras partes de La mujer justa.
Ese año, Hungría se ha convertido en aliado de Alemania, en la esperanza de recuperar los territorios perdidos en el tratado de Versalles (Trianón) lo que de hecho logra en parte: durante los siguientes años de guerra, el sur de Eslovaquia y el norte de Transilvania vuelven a Hungría.(11) Márai hace entonces una breve visita a su ciudad natal, y publica Patrulla a Kassa.
En 1942 publica El último encuentro. Al año siguiente es nombrado miembro correspondiente de la Academia de Ciencias de Hungría.
Y en 1944, Alemania invade a Hungría. Los bombardeos de los aliados a Budapest se hacen más recios. Márai se traslada a Leányfalu, un pueblo de artistas al norte de Budapest.
Es allí donde un soldado ruso, miembro del partido comunista, le dice en su casa ocupada por un destacamento militar: "Tú no eres burgués, porque no vives de tu patrimonio, ni del trabajo de otros, sino del tuyo propio. Sin embargo, sí que eres burgués, porque lo eres en el fondo de tu alma. Te aferras a algo que ya no existe".(12)
En febrero de 1945 el ejército soviético termina, tras un cerco, la toma de Budapest. Márai vuelve a su casa del barrio Krisztina y la encuentra destruida. Rescata algún libro de su biblioteca; luego un librero le ayudará a salvar otros de los más preciados de sus tesoros bibliográficos.(13)
Márai es ya, desde la década de los treinta, un escritor afamado, conocido por sus libros y sus artículos periodísticos. Se le conceden honores; su opinión es respetada y solicitada.
Pero la vida va a volverse difícil para Márai en la Budapest de posguerra. Los comunistas se toman el poder. Los nuevos gobernantes buscan ser halagados por los escritores, y un personaje público como él no puede simplemente quedarse callado, jugar a la discreción. Siente que puede ser atrapado en la compleja telaraña política que se va tejiendo en torno a la vida intelectual húngara. Puede comprobar que tampoco en la Europa occidental disfrutaría de tranquilidad de conciencia. Viaja invitado a Suiza, en 1946, y de allí a Italia y Francia. Siente que Europa se ha comercializado, y que ya no se escriben libros para lectores, sino que se producen para consumidores. Regresa desengañado a Hungría.
En 1947 es nombrado miembro ordinario -ya no correspondiente- de la Academia de Ciencias. Ese año, Lola y Sándor deciden adoptar un niño, un huérfano de la guerra, que se llamará János.
Publica una nueva novela, Los Ofendidos, que es mal recibida por la crítica comunista. La editorial de sus publicaciones es nacionalizada.
Las aprensiones de Márai frente al régimen comunista son expresadas al final de ¡Tierra, tierra!:
¿Tendría que aplaudir al ver cómo se desalojaba a los intelectuales húngaros, junto a sus familias, y ver cómo se les enviaba a unas casuchas miserables, en pueblos perdidos, tendría, pues, que aprobar esos métodos, admitiendo que eran correctos desde "un punto de vista ideológico"? (Hubo quienes lo hicieron.) ¿O bien tendría que escribir algo, como número treinta y cuatro, en el volumen en el que treinta y tres escritores y poetas húngaros celebraban el sexagésimo cumpleaños del camarada Mátyás Rákosi? (El volumen se publicó cuatro años más tarde, en 1952.)
[ ]En los regímenes de "encierro" también llega un momento en que el individuo ya no sólo es un preso domado y adiestrado del sistema, sino que se convierte en ayudante voluntario y en cómplice porque se ha consumido en él la última chispa de conciencia sobre la necesidad de la liberación. En ese instante algo se oscurece y al mismo tiempo se clarifica: es el instante en que surge el "átomo de demencia", o sea, el instante de la aniquilación o la "separación significativa" (Roger Martin du Gard -de una manera más ligera, más francesa que Goethe- decía que el odio no estaba permitido, pero sí la separación conyugal). Yo en ese instante comprendí que tenía que abandonar Hungría: sin condiciones, sin regateos, sin la esperanza de volver; era el momento de partir para siempre. Partir mientras todavía tuviera la fuerza necesaria para protestar desde mi fuero interno. Debía pagar ese precio para que ellos no pudieran comprarme a mí como individuo.
Dejando atrás a Hungría
A finales de 1948 recibe una invitación para viajar a un congreso en Suiza. El gobierno húngaro le permite viajar con su familia. Todos saben que Márai está dejando Hungría. Sus editores germanos le sugieren que se establezca de nuevo en Alemania, pero él prefiere irse a Italia, donde no le "espera nada ni nadie". Se prepara con lecturas de los escritores viajeros en Italia: Goethe, Stendhal. Y una tarde de noviembre llega a Nápoles; se instala en camino de la cumbre del Posillipo, con una vista muy bella de la bahía.
Hay escritores que no soportan estar en contacto con el uso cotidiano de su instrumento de trabajo, el lenguaje, y tienen que irse al extranjero para que la vivencia de su propio idioma sea exclusivamente literaria. Así Rilke se refugió en la Suiza de habla francesa, huyendo de la vulgaridad del alemán diario, para terminar sus Elegías. Algunos escritores latinoamericanos también han desarrollado su obra en países de habla extranjera.
Márai no era así. Para él, el exilio de Hungría era exilio de la lengua húngara, y eso le constituía un gravísimo desarraigo. En una entrevista para el periódico Szabadság, que se publicaba en Cleveland, decía:
Un literato puede, en el mejor de los casos, vegetar cuando está en el extranjero. El escritor escribe y vive junto a su pueblo y sólo allí encontrará eco. Aquel que sale de ese círculo ya no está en condiciones de representar a su pueblo, por muy doloroso que esto resulte.(14)
Y sin embargo, sigue escribiendo para los periódicos del exilio húngaro. De 1951 es su poema Oración Fúnebre, punzante elegía sobre el destierro.(15) También por entonces inicia un programa dominical en húngaro en la Radio Europa Libre - una especie de reencarnación radial de sus crónicas de prensa en el Pesti Hírlap de Budapest.
En 1952 publica en Londres la novela Hechizo en Ítaca, donde presenta a un Odiseo no muy deseoso de volver a su patria.
Hacia fines de ese año, Márai, que había expresado el propósito de permanecer en Italia, resuelve asentarse en Nueva York.
En tierras de AméricaNo se conocen a ciencia cierta los motivos de este paso: es posible que haya habido esperanzas de una situación económica más segura, a través de posibilidades más claras de trabajo para Lola, o que ella y Sándor hayan valorado mejor allí las oportunidades de educación de su hijo János. El caso es que se instalan en el norte de Mannhattan, a orillas del río Hudson, cerca de Los Claustros (The Cloisters), la sede de la sección medieval del Museo Metropolitano.
Llegó el otoño de 1956 y con él la revolución húngara de octubre, que le conmueve profundamente, y que sigue primero a través de revistas y periódicos; luego se va a Munich, a la sede de la Radio Europa Libre, pero cuando llega ya la revolución ha sido derrotada. A fines de ese año compone un poema sobre los acontecimientos, Ángel del Cielo, que es una dolorosa y dramática parodia del más popular villancico húngaro, un homenaje a su país martirizado, y una denuncia de la pasividad de Occidente ante los hechos.
Márai vuelve a Nueva York y se dedica a su diario. En 1960 publica una versión teatral de La amante de Bolzano.
Regreso a Italia
En 1967 un tío de Lola muere, y le deja un apartamento en Salerno, frente al mar. Los Márai vuelven entonces al viejo continente. Durante esta estancia en Europa, que durará hasta 1980, Márai va a recuperar algo de su perdido ritmo de producción literaria. Un año después, Márai publica a su costa los Diarios 1958-1967.
Un desmayo en un café le proporciona, en 1970, la oportunidad de probar el sistema de salud italiano; aunque no queda contento con la experiencia, sigue todavía en Europa.
Publica ese mismo año una novela, El Juicio de Canudos, y al año siguiente otra: Algo ha pasado en Roma. En 1972 aparecen dos novelas: ¡Tierra, tierra! que en el tono de Confesiones de un burgués relata sus impresiones y vivencias entre 1944 y 1948, hasta el momento de la emigración de Hungría. La otra es El confortador.
En 1972 publica sus Diarios 1968-1972. En 1976, con el título El delfín miró atrás, sus poemas reunidos. Y en 1980, publica la tercera parte de La mujer justa.
Junto al Pacífico
Deja Europa en 1980. Se instala en San Diego, en la costa oeste de los Estados Unidos. El clima y el ambiente de la ciudad son sólo una parte de las razones de esta nueva mudanza; también está la cercanía de su hijo Janos, que trabaja como ingeniero de sistemas, ya casado y con tres niñas.
En esta época su escritura se centra básicamente en sus diarios. Lola comienza a sentir problemas de salud; su vista se deteriora y la pierde casi por completo. También la vista de Márai se hace deficiente.
Su cumpleaños octogésimo quinto suscita felicitaciones de todo el mundo. Termina una novela policíaca que guardaba inconclusa desde hacía mucho, Amor cordial. Y en noviembre de 1985, Lola es hospitalizada con diagnosis de cáncer.
Muere el 4 de enero de 1986.
Al año siguiente, el 23 de abril, muere su hijo János de un ataque al corazón.
La última publicación de Márai, en Noviembre de 1988, fue una reedición. Reunía en dos volúmenes la saga de los Garrens, iniciada en 1930 con Los Rebeldes, continuada en 1937 con Los Celosos y terminada en 1947 con Los Ofendidos.
Márai está solo y no desea quedar en manos del sistema hospitalario sin poder controlar sus decisiones. Una vez más, la última, resuelve escapar de un peligro temido mientras aún tiene la posibilidad de hacerlo. Pone fin a su vida el 21 de febrero de 1989.
2 -La obra traducida al español
La técnica narrativa
Márai recurre a la narración en primera persona (La herencia de Ester, La mujer justa, además de sus dos novelas autobiográficas) y a un narrador omnisciente que da con frecuencia la palabra a los protagonistas, quienes se suelen embarcar en largos monólogos (Divorcio en Buda, La amante de Bolzano, El último encuentro).
En sus novelas el tiempo de la acción suele ser breve: desde las veinte horas de El último encuentro, hasta las cuatro o cinco noches de La amante de Bolzano. En cambio, el tiempo de la remembranza, evocado por los personajes durante la acción, suele ser mucho más largo. En El último encuentro, se podría contar desde la construcción de la mansión, hasta la despedida de Henrik y Konrád: doscientos años. El más corto son cinco años, en La amante de Bolzano.
En cuanto a los escenarios de la acción, el caso de Divorcio en Buda es el único que presenta alguna complejidad: el protagonista se mueve entre su despacho, la casa de un amigo y la suya propia, ambas en el barrio del Castillo, en Buda, y hay descripciones del paisaje urbano del barrio e incluso de su vecindad. En La mujer justa, cada una de las tres partes se desenvuelve en un lugar único: una cafetería y un café de Budapest, las dos primeras; y una pensión romana, la tercera. Las demás novelas se desarrollan en un solo ambiente: la casa de la protagonista en La herencia de Ester; la pensión La Posada del Ciervo, en Bolzano; la mansión de Henrik en la Alta Hungría.
Los escenarios de la remembranza tienen una complejidad mucho mayor. La imagen de Budapest se amplía, por ejemplo, en Divorcio en Buda y en La mujer justa. Aparecen ciudades europeas, incluso países distantes como el Singapur al que se marcha Konrád en El último encuentro. En La amante de Bolzano, el paisaje se anima con la evocación del camino recorrido entre Venecia y Bolzano, y luego con el camino futuro e incierto hacia Austria.
Entre acción y remembranza, la balanza se inclina por completo hacia el lado de la remembranza. Quienes amen sobre todo la acción tendrán mucho que aprender de narraciones como éstas, en las que los protagonistas permanecen quietos en un solo lugar evocando, solos o con otros, las aventuras, los sitios y los amores que han vivido.
Es fundamental en Márai la descripción acumulativa del sentido de las cosas. Los objetos no son sólo lo que parecen: pueden irse llenando de significado hasta convertirse en símbolos de gran intensidad. El pequeño trozo de cinta morada que Péter guarda en su billetera adquiere un sentido profundo, mucho más allá de su entidad material. Si se trata de la mansión de Henrik, ocurre que "en los picaportes se sentía el temblor de unas manos de antaño". Un ama de casa corriente no dispondría los muebles de su sala con el cuidado con que el general hace disponer los muebles de la suya, pues busca evocar una escena ocurrida cuarenta y un años antes.
El lenguaje en Márai es de una gran riqueza. Hay una estudiada informalidad, hija de un estilo cuidadosamente construido. Parecería que Márai no se priva de nada. Alguna vez dijo que era católico, y eso podría tomarse como una falta de vocación por lo ascético. En nuestros tiempos de minimalismo, Márai ha viajado a contracorriente, dando forma a novelas de un lenguaje que podríamos hasta llamar barroco, donde sin embargo difícilmente nos sentiríamos tentados a saltarnos una página.
El Tema de Márai
Al final del capítulo 8 de ¡Tierra, tierra!, Márai dice:
El tema del que habla, en cualquier época y en cualquier vertedero, es siempre el mismo: el Nekyia, es decir, el viaje al mundo de los muertos, y -después de la aventura, de la Ilíada- el Nostos, o el regreso al hogar.
Creo que el viaje al mundo de los muertos se ha descrito ya en estas páginas. El regreso al hogar no puede ser descrito porque para mí ya no existe el hogar (hace falta saber si ha existido alguna vez... ¿o lo que ha perecido entre estos livianos bastidores ha sido tan sólo una caricatura?). Pero ¿qué ha ocurrido con el otro hogar, con la patria? Después de esta debacle ¿en qué medida sigue siendo un hogar, una patria para los demás, para los diez millones de hungarohablantes? Además, ¿es posible escribir sobre ello con sinceridad?
Pero en el caso de Márai, los dos temas se vuelven uno, porque en él la patria es el mundo de los muertos. El regreso al hogar es lo mismo que el viaje a ese mundo. Sus novelas están llenas de personas que regresan a un pasado distante -o desde él.
Ocurre incluso en sus novelas autobiográficas. Cuando el protagonista de ¡Tierra, tierra! vuelve a París desde Hungría, busca afanosamente esos viejos cafés de Montparnasse donde pasó tanto tiempo de joven. Los halla y rememora los fantasmas de los escritores con quienes se encontraba allí. Y esos regresos son frecuentes.
A veces los regresos físicos no cuentan tanto. Cuando Lajos regresa en carne y hueso para despojar a Ester de su casa y su jardín, él está viviendo su presente y simplemente se aprovecha del pasado para realizar su proyecto. En cambio, Ester, sin moverse de su hogar, regresa emotivamente a los días en que creía ser feliz con Lajos mientras éste se lucraba del amor de ella. Es Ester quien, permaneciendo, hace el tránsito al mundo de los muertos, a un mundo irreal.
Pero entonces, ¿cómo se da el viaje desde la vida cotidiana a esa tierra de fantasmas?
Ocurre a través de un hecho simple que desata los recuerdos y abre el paso a la evocación. Puede ser la llegada de un telegrama anunciando una visita, como en La herencia de Ester y El último encuentro; o ver a un conocido en una pastelería o en un café, como en La mujer justa; o la asignación de un caso de reparto a un juez, como en Divorcio en Buda.
El pasado está implícito en los lugares. En El último encuentro, a comienzos del capítulo 4, Márai describe así la casa donde vive el protagonista:
La mansión lo comprendía todo, como una enorme tumba de piedra tallada donde se desmoronan los restos de varias generaciones y se deshacen las vestimentas de seda gris y paño negro de las mujeres y de los hombres de antaño. Comprendía también el silencio, como si éste fuera un preso fervoroso y creyente que se va muriendo poco a poco en el fondo del calabozo, dejándose crecer una larga barba sobre sus trapos y harapos, recostado en un montón de paja podrida. Comprendía también los recuerdos, la memoria de los muertos que se ocultaban en los recovecos de las habitaciones, unos recuerdos que crecían como hongos, como el moho, que se multiplicaban como los murciélagos, como las ratas o como los insectos en los sótanos húmedos de las casas demasiado antiguas. En los picaportes se sentía el temblor de unas manos de antaño, el fulgor de momentos pasados, llenos de duda, cuando aquellas manos no se atrevían a abrir una puerta. Todas las casas donde vive gente tocada por la pasión con toda su fuerza se llenan de este contenido impreciso.
Es el pasado que irrumpe. Un pasado de hace años. ¿No se lo esperaba ya? O quizá sí, siempre se había vivido a la sombra de su posible regreso, y ahora ha venido, y hace presencia ominosa en el presente. Como su coterráneo László Kálnoky lo ha dicho en Recuerdo sofocante:
Lo pasado nos toma brutalmente,
a cualquier hora y como quiera,
y en cuerpo y alma somos suyos.(16)La irrupción del pasado suscita a veces el deseo de comprender qué fue lo que ocurrió. Porque el recuerdo puede no ser fiel; porque los protagonistas se fueron sin dejar las cosas claras. De tal deseo se nutre el discurso y la acción de Henrik, el protagonista de El último encuentro.
Otras veces el pasado llega de repente y mata. Así le ocurre a Anna, la esposa de Péter, en Divorcio en Buda: al saber que el juez de su divorcio va a ser el hombre al que ella ha amado en silencio durante décadas, no puede hacer otra cosa que recurrir al suicidio.
Pero también un pasado, dormido por mucho tiempo, puede venir a disturbar un equilibrio difícilmente construido. Entonces hay que salir a defenderse de él, hay que neutralizarlo. El Duque de Parma, en La amante de Bolzano, que había defendido una vez su amor en duelo a espada, se ve obligado a salvarlo de nuevo. Esta vez las armas son diferentes. Para extirpar en la mente de su esposa el sueño del que ella está enamorada, se halla incluso dispuesto a que se vaya al lecho con Casanova, con tal de que lo olvide para siempre.
También hay quien suscita el retorno del pretérito sin darse cuenta de lo peligroso que puede ser. Hay heridas a punto de cerrarse, y el convocarlo puede volver a abrirlas. Así pasa en La mujer justa, cuando Marika, la esposa de Péter, aún después de haber sido advertida del peligro por Lázár, resuelve meter la mano en una herida que ya había dado muestras de estar cicatrizando.
Por otra parte, el retorno súbito del pasado puede ser una oportunidad de lograr algo que ya no se creía posible. Así es como Francesca, la esposa del Duque de Parma, va al encuentro de Casanova porque, aún después de los años de casada con el Conde, Giacomo sigue siendo el amor de su vida, y le propone que se fugue con ella.
Y hay la vuelta de ese ayer ineluctable, casi como el del condenado por un crimen de hace años, que sabe que la venganza lo alcanzará no importa lo que haga ni cómo ni en dónde se esconda.
Anna, en Divorcio en Buda, no tuvo el valor de enfrentarse al pasado, y prefirió morir. En La herencia de Ester, la protagonista no es culpable de nada, sino de haberse enamorado. Su amado, un vividor, mentiroso por naturaleza, le quitó, hace ya veinte años, casi todos sus bienes. Cuando él vuelve para quitarle la única cosa que le queda, la casa, ella no puede defenderse, y se la entrega.
Esa vida vivida hace tiempos, que se creía muerta, regresa, pues, con fuerza. ¿Por qué ocurre esto? ¿Cómo es que ocurre? ¿Qué hace del retorno del ayer un huracán y no una inocente evocación inocua?
Los personajes de Márai se entregan a veces a la búsqueda infructuosa de una respuesta. En El último encuentro, la obsesión de conocer qué fue lo que pasó en realidad se va apoderando del protagonista, Henrik, de modo tal que termina monologando largamente hasta el alba, en la presencia física de un antagonista a quien el discurso ha ido borrando, hasta convertirlo casi en un fantasma. Sólo al final, en la despedida, vuelve a tomar cuerpo brevemente, de un modo casi convencional.
El caso de Imre, en Divorcio en Buda, es también angustioso, pero de otra manera. Su esposa ha tomado veneno. Un veneno que él, como médico, sabe que tardará en obrar: tiene por lo menos media hora para intentar salvarla. Decide hacerlo, pero no lo hace, y finalmente la deja morir. ¿Por qué? ¿Por respeto a su decisión? ¿O por otro motivo? Los lectores no lo sabemos. ¿Es culpable o inocente? Ésa es la pregunta que Imre intenta responder. El juez Kristóf no le responde. Ya eso no es un caso de divorcio, es un caso penal. Se ha salido de su competencia.
El deseo de saber qué ocurre, porqué y cómo, es comprensible. Si uno tiene ese tipo de respuesta, puede pensar qué conviene hacer, puede formarse un proyecto. Imre está dispuesto a hacer lo que corresponda. A entregarse a la justicia si es culpable, o a huir, o a matarse. Pero está inmovilizado para la acción, porque no sabe si es culpable o inocente.
Los Personajes
Hay varios tipos de personajes en la obra narrativa de Márai. En primer lugar están los de carácter protagónico -el general Henrik, Ester, Péter, Imre, Giacomo, Francesca. Luego están otros cercanos que les dan relieve: Nini, el Tío Endre, Nunu, el fraile Balbi. Se alcanza a percibir a veces otro drama tras ellos: allí yacen posibles novelas. Durante años, La mujer justa tuvo apenas dos partes, hasta que Márai decidió darle voz a Judit. El Tibor de La herencia de Ester, con su largo amor frustrado, es otro ejemplo de estos conflictos apenas en esbozo.
Lajos y Judit son ejemplos de personajes antagonistas. No es casual que el más temprano de estos -de entre los que conocemos en español- sea el más sencillo. Márai debió pasar por un proceso de aprendizaje para involucrarse en sus personajes antagonistas hasta poder cederles la palabra de la manera como lo hace en La mujer justa.
Esos personajes tienen principios, ven las cosas de ciertas maneras y no de otras. Están muy influidos por su origen. Márai es un estudioso de las clases sociales, de su conducta y de su espíritu. Esto es particularmente visible en La mujer justa, que se puede leer como el estudio de un aristócrata, una burguesa y una trabajadora doméstica. Los aristócratas, como Péter, están seguros en su gusto, en sus escogencias, en su sentido estético. Es una cualidad de la que carecen los burgueses exitosos, que han tenido que ir conquistando cada uno de los beneficios de que gozan, y que están inseguros, no sólo de sus cualidades, sino hasta de las decisiones que toman. En cuanto a Judit, una doméstica, muy bien puede irse a Londres, aprender a pronunciar el inglés como una lady y a comportarse como tal: siempre, en el fondo, sus actitudes corresponderán a su origen, y al lado de su aristócrata esposo no lograrán ser en verdad señor y señora, sino que terminarán reproduciendo el esquema del amo y la criada.
En El último encuentro -que en húngaro se llama algo así como "A la luz de los restos de las velas"- también hay un estudio de orígenes sociales, según el cual aprendemos que Konrád, el hijo de un pequeño burócrata, no es menos que el aristócrata Henrik, ya que tiene un don para la música del que su amigo carece en absoluto.
Muchas veces, estos personajes expresan sus creencias sobre la vida y el amor de modo sentencioso, como si estuvieran planteando una conclusión largamente vivida. Y sin embargo, sus creencias no son suficientes, ni les sirven a la hora de la acción.
En tales circunstancias, sin una imagen clara del presente ni del pasado, y con unos valores que no les ayudan mucho a encontrar un camino seguro, es claro que no pueden hacer planes para el futuro distante. Los pueden hacer muy a corto plazo, reaccionando ante una circunstancia que se les viene encima:
- Henrik, al saber que viene su amigo Konrád, se forma el proyecto de continuar con él una conversación que tuvo hace veinte años, cuando se vieron por última vez, y dispone cuidadosamente los muebles en la habitación para que todo sea como entonces.
- Imre, al haber permitido que su esposa muera por envenenamiento, se da cuenta de que puede acudir a Kristóf para preguntarle si es culpable o inocente.
- Francesca, ante el paso de Giacomo por Bolzano, intenta por una vez más seducirlo,
- y el Conde acude a donde éste para no perderla.
Más allá de esto, ¿qué planes pueden tener?
Pero hay otros personajes que sí pueden formarse planes a largo plazo y que los llevan a cabo con determinación y hasta frialdad. Sólo que no es posible para nosotros, lectores, identificarnos con ellos. Porque buscan sus propósitos a costa de otros a quienes no podemos calificar sino de víctimas, y es con éstas donde está nuestra simpatía.
Lajos ha planeado cuidadosamente su regreso. Se ha imaginado ya cómo ganarse a cada persona en el hogar de Ester. Lleva regalos para todos, si bien algunos no son apropiados: él sabe que es el gesto lo que importa. Tiene un plan para neutralizar al tío Endre, el único capaz de no sucumbir a su encanto: acudirá a su profesionalismo de notario, lo que de paso refuerza la manera como dejará a Ester sin casa. La estrategia se lleva a cabo paso por paso, y cuando se va, a la protagonista sólo le quedan los recuerdos y el camino al asilo de ancianos.
Otra persona que hace planes y los lleva a cabo, si bien con algo menos de éxito, es Judit, la criada de La mujer justa. Al comienzo ella parece genuinamente enamorada de Péter: durante años guarda su foto en el relicario que él le ha regalado. Cuando ella pone la cinta morada en la cartera de Péter, uno, como lector, ya no sabe si eso es un gesto de amor o el comienzo de un plan. Quizá, de todos modos, ella ya ha perdido cualquier esperanza -él ya casi ni la mira. Pero entonces la intervención de la esposa de Péter le da energía y pone en marcha lo que a esas alturas ya parece una estrategia deliberada. Desaparece de la escena durante dos años. Péter queda hecho un fantasma. Es entonces cuando Judit, en Londres, se aplica en adquirir, y adquiere, los modales de una señora. Cuando regresa, le basta una llamada telefónica para que Péter deje físicamente su hogar -del que ya es un ausente espiritual- y se acerque a ella de nuevo.
Judit no puede llevar a cabo del todo su estrategia de jugar a la gran señora por falta de fe: no confía en poderla seguir hasta el final, y por ello comienza a hacerle pequeños robos a Péter. Acumula para una eventual emergencia.
Y ésta se presenta cuando Péter descubre tal juego y reacciona diciéndole con delicadeza:
-Creo que lo mejor será que nos divorciemos.
Pocas veces los personajes de Márai -más precisamente, aquellos que se ganan nuestro amor de lectores obran de modo tan cuerdo. Lo más usual es que sus actos sean fruto de un impulso del cual no comprendemos los motivos. Podemos especular, sin embargo.
En El último encuentro, Henrik sabe que Konrád tuvo la intención y la oportunidad de matarlo en una cacería, y no se atrevió a hacerlo, hace cuarenta y un años; y quiere saber si Krisztina sabía de esa intención. Krisztina llevaba un diario que Henrik encontró después de que ella muriera, sellado con lacre rojo. Lo ha guardado durante 33 años, sin abrirlo ni leerlo. Como él dice, "Es posible que este diario contenga la verdad, puesto que Krisztina nunca mentía". Le ofrece a Konrád leer juntos el diario, pero éste se niega. Entonces Henrik lo entrega a las llamas.
¿Por qué lo hace? Al quedar el diario en cenizas, le dice a Konrád: "Ahora ya no queda ningún testigo que pueda contradecirte". Pero Konrád no le responde.
La verdad puede ser muy simple: quizá Henrik quiere seguir imaginando que Krisztina le amaba.
¿Qué significa Márai hoy?
Esta obra nos da excelso testimonio de una experiencia universal, la de quien por fuerza pierde la posibilidad de volver a su lugar de origen, y queda, frente a la amenaza del desarraigo, con el solo recurso -y también a merced- de sus recuerdos y su imaginación. Y con esos frágiles medios logra construir mediante el arte una obra donde se reflejan los vestigios de un mundo al que ya no volverá.
Flor Edilma Osorio Pérez plantea que "el desplazado vive en la frontera entre el pasado y el presente, entre la memoria y el olvido, magnificando su lugar de origen, que le sirve de lugar mítico de la dignidad que quiere recobrar un día".(17) Esa frontera Márai la conocía bien, si bien nunca perdió su dignidad, ni se hizo ninguna ilusión sobre lo que pasaba en el lugar de donde venía. La profesora cita a Michel Agier y Marc Augé, quienes se refieren a los ritmos vitales de los refugiados en el mundo nombrando tres tiempos: el de la destrucción, en que el sujeto sufre ser convertido en víctima; el del nomadismo, que es el tiempo del tránsito, del ir y venir, del quedarse en un sitio que no puede ser apropiado; y el tiempo del recomenzar, en donde, en medio de la incertidumbre y la esperanza, intentará volver a iniciar su vida en otro tiempo y otro sitio.
Para Márai, el tiempo de la destrucción es, inicialmente, el de la desmembración de la monarquía austrohúngara en 1920, cuando la Alta Hungría de su infancia y su juventud pasa a ser parte de Checoeslovaquia. Viene entonces el tiempo del nomadismo por Alemania, Suiza e Italia. Hay un intento de recomienzo en Francia, pero no puede lograrlo porque le hace falta el contacto con la lengua húngara, y el reinicio de veras tiene que esperar a 1928. De entonces a 1948 es cuando realmente logra tener de nuevo un suelo para sus raíces, y eso conlleva su mayor florecimiento literario. Pero ese piso se remueve con la toma del gobierno y del país por los comunistas -un nuevo episodio de destrucción, en términos de Agier y Augé- que da lugar a nuevas etapas de nomadismo y recomienzo, de las cuales la más exitosa es quizá su segunda estancia en Italia, en Salerno, en el apartamento heredado por Lola del tío Lajos. Quien haya tenido experiencias similares podrá reconocerse en las novelas de Márai.
El modo de sentir, con esa intensa conciencia del significado de las cosas y de los actos, de los personajes de Márai, nos indica que tenemos que rescatar la agudeza de nuestros sentidos, y también de nuestra percepción, de nuestra memoria e imaginación, pues si nos quedamos apenas en las sensaciones no estaremos viviendo del todo.
En medio de este mundo contemporáneo, lleno de objetos que no trascienden la naturaleza de mercancías, de baratijas sin historia ni futuro, Márai nos muestra que podemos atribuir significado a algunas de esas cosas. Un pequeño trozo de cinta de color se nos puede volver un monumento si así lo decidimos. Podemos reverenciar un diario lacrado por años -y después, entregarlo a las llamas. Podemos llenar de sentido nuestra casa, nuestro barrio, nuestro entorno.
El esfuerzo que hacen algunos personajes para interpretar sus circunstancias nos enseña que también en esto hay facultades personales que no debemos rendir ante quienes busquen proveer interpretaciones uniformes y prefabricadas para todos. Es posible buscar nuestras propias interpretaciones; no necesitamos esperar a que otros vengan a decirnos qué significa lo que está pasando.
Incluso de sus pillos podemos aprender, por ejemplo a desarrollar la capacidad de hacer planes y llevarlos a cabo. Esa facultad no debe dejársele sólo a los malvados o a los poderosos. También las personas honestas y sinceras pueden ser previsivas y construir un futuro.
Por último hay un valor político. El mundo en que vivimos está volviéndose más y más banal, los objetos y las personas están perdiendo profundidad y sentido. Esto podría tener una grave consecuencia práctica: dejarnos inermes ante los grandes poderes. Es necesario, ante este riesgo, rescatar el sentido, el significado, la fuerza de cada persona. Márai nos muestra un mundo que si bien pertenece ya al pasado, es testimonio de que esos valores individuales existieron una vez, y por tanto, son posibles. Pueden ser, en otras formas y en otros tiempos, reconquistados. Es dable que cada persona vuelva a ser un poder importante en el mundo.
El desengaño de Márai era tal que no tuvo siempre energías para hacer explícito este mensaje, pero está presente en sus obras, y es parte de su legado.
REFERENCIAS (18)1. Obras de Sándor Márai en español
Confesiones de un burgués. Barcelona: Salamandra, 2004. Traducción por Judit Xantus de: Egy polgár vallomásai. Budapest: 1934 (Parte 1). 1935 (parte 2).
Divorcio en Buda. Barcelona: Salamandra, 2002. Traducción por Judit Xantus de: Válás Budán. Budapest: 1935.
La herencia de Ester. Barcelona: Salamandra, 2000. Traducción por Judit Xantus de: Eszter hagyatéka. Budapest: 1939.
La mujer justa. Barcelona: Salamandra, 2005. Traducción por Agnes Csomos de: Az igazi. Budapest: 1941 (partes 1 y 2); Judit és az utóhang. Munich: Újváry-Griff, 1980 (parte 3)
El último encuentro. Barcelona: Salamandra, 1999. Traducción por Judit Xantus de: A gyertyák csonkig égnek.. Budapest: 1942.
¡Tierra, tierra! Barcelona: Salamandra, 2006. Traducción por Judit Xantus de: Föld, föld! Toronto: Vörösváry-Weller Publishing, 1972.
2. Sobre Sándor Márai
Zeltner, Ernõ. Sándor Márai. Valencia: Universidad de Valencia, 2005. 213 p. Traducción por Elisa Renau de: Sándor Márai: ein Leben in Bildern. Munich: Piper Verlag GmbH, 2001.
3. Sobre el contexto histórico
Csicsery-Rónai, István. "History", sección del apartado "Hungary" en: Collier's Enciclopedia. Collier & McMillan, 1966, tomo 12, pgs. 379-390.
Éri, Gyöngyi, Jobvágyi, Zsuzsa y otros. A golden age. Art and society in Hungary 1896-1914. Budapest: Corvina, 1997. 199 p.
Lázár, István. An illustrated history of Hungary. Budapest: Corvina, 1999 (6ª edición). 132 p. (1ª edición no ilustrada: 1990).
May, Arthur J. "Austria" y "Austria-Hungary" en Collier's Enciclopedia. . Collier & McMillan, 1966, tomo 3, pgs. 281-313 y 313-316.
4. Otras
Canetti, Elias. Historia de una vida. La lengua salvada. Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, 2003. Traducción por Genoveva Dieterich.
Escobar Holguín, Rodrigo y Székács, Vera. El reverso de la luz - Cuatro poetas húngaros. Antología. Budapest: Editorial Orfeusz, y Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2000.
Osorio Pérez, Flor Edilma: Recomenzar vidas, Redefinir identidades. En: Desplazamiento forzado. Dinámicas de guerra, exclusión y desarraigo. Edición: Marta Rubio. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2004. P. 175-185.
Zweig, Stefan. El Mundo de Ayer -autobiografía. Buenos Aires: Editorial Claridad, 1942. Traducción por Alfredo Cahn de Die Welt von Gestern.
NOTAS
(1) Este es el nombre de la principal traductora de Márai al español tal como aparece en las publicaciones en esta lengua.
(2) Este nombre tiene en español una escritura tan tradicional que la he preferido a la húngara escogida por la traductora.
(3) Los títulos escogidos por las traductoras al español ocasionalmente difieren de los originales húngaros.
(4) Todas las publicaciones han sido de la Editorial Salamandra de Barcelona.
(5) A partir de 1867, los húngaros consideran que la entidad de la cual su país hace parte ya no es el imperio austrohúngaro, sino la monarquía austrohúngara. Esto es el resultado de una fuerte lucha política de los húngaros por el reconocimiento de su reino. Pero en los textos en español no se suele hacer tal distinción.
(6) Los turcos se contentaron con ocupar la parte central; al oriente, permitieron la subsistencia del principado vasallo de Transilvania. Los Habsburgo, aunque desde el comienzo reclamaron la totalidad del reino húngaro, se apoderaron de los restos occidentales y septentrionales del reino que los otomanos no habían ocupado.
(7) Según Ernö Zeltner, p. 16, aunque Márai se refirió a sí mismo a veces como un "alemán del Zips", su familia no fue de las que llegaron en los siglos XII y XIII a la meseta del Zips, sino que llegaron en el siglo XVII con los Habsburgo.
(8) Esto lo menciona también Zweig en El mundo de ayer así:
En un café vienés discreto estaban a disposición del público todos los diarios, no sólo de Viena, sino los del imperio alemán entero, los franceses, los ingleses y los italianos, lo mismo que los americanos, aparte de todas las revistas literarias y artísticas de importancia del mundo, tanto el Mercure de France como la Neue Rundschau, el Studio y el Burlington Magazine. De esta manera sabíamos todo cuanto acontecía en el mundo a base de de informaciones de primera mano; nos enterábamos de cada libro que aparecía, década estreno, dondequiera que éste se realizara, y comparábamos las críticas de todos los diarios.
(9) Lugar donde en tiempos antiguos se ejecutaba a los condenados a muerte, hoy es un parque urbano de mediano tamaño al este del barrio del Castillo.
(10) Poeta, narrador, ensayista, traductor y periodista húngaro (1885-1936). Ver: La visita y otros cuentos. Bogotá: Norma, 1999, Colección Cara y Cruz. Y: Alondra. Barcelona: B, 2002.
(11) Para un mapa de estos transitorios cambios territoriales, ver Lázár, p. 117.
(12) Márai Sándor, ¡Tierra, tierra!, Barcelona: Salamandra, 2006. P. 96.
(13) Según relata en ¡Tierra, tierra!, p. 123.
(14) Zeltner, Ernö. Sándor Márai. Universidades de Valencia y Granada, 2005. p. 159.
(15) El título hace referencia al primer texto en húngaro conocido, del siglo XIII.
(16) Traducción de Rodrigo Escobar Holguín y Vera Székács.
(17) Osorio Pérez, Flor Edilma: "Recomenzar vidas, Redefinir identidades". En: Desplazamiento forzado.Dinámicas de guerra, exclusión y desarraigo. Edición: Marta Rubio. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2004. P. 184. Es profesora de la Universidad Javeriana de Bogotá.
(18) Agradezco a József Nagy y a Vera Székács las observaciones hechas a una versión anterior de esta conferencia. Cualquier error que aún aparezca en ella es atribuible a mí, no a ellos.
La obra de Márai y sus traducciones al español: una lista aún abierta.
Traducciones de obras de Márai en algunas lenguas de Occidente