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Febrero de 2007 - Año 4, No. 9

 

PUNTO DE CAPITÓN

Larios Manrique

(FLORISTERÍA)
FLORISTA. -¿Puedo ayudarle en algo, caballero?
BRUNO. -Eso espero. Me dijeron que aquí en La Candelaria sabían orientarlo a uno.
FLORISTA. -Le dijeron bien. ¿Pensaba en un ramo o en unas flores sueltas?
BRUNO. -También en eso necesito ayuda.
FLORISTA. -Déjeme ver. ¿La destinataria es una amiga, o algo más?
BRUNO. -Una amiga de la que pretendo algo más.
FLORISTA. -Perfecto. Eso nos aporta la pieza central de la coyuntura. Unos datos más y tendremos la CIF.
BRUNO. -¿La qué?
FLORISTA. -La constelación interpersonal florológica, CIF. Por el momento le digo que debe descartar el ramo.
BRUNO. -Listo. Descartado el ramo.
FLORISTA. -Como ve, el interés no hace aquí la norma. El lema de esta casa floral es: Un servicio comercial en la forma y científico en el contenido. ¿Es la primera vez que la regala flores a la dama?
BRUNO. -Sí. La primera vez.
FLORISTA. -Entonces que sea una flor. Tal vez dos. En ningún caso más de dos. En la presente coyuntura, eso le confiere intimidad a la ofrenda. Y acentúa el efecto propiciatorio.
BRUNO. -¿Cómo es la cosa?
FLORISTA. -Cuando entramos por primera vez en una iglesia y pedimos algo en silencio, se habla de un efecto propiciatorio. Lo mismo cuando arrojamos una moneda a un pozo. (Burlona) No un puñado de monedas, no a cualquier pozo. -Una o dos flores regaladas por primera vez a una amiga, elegidas dentro de parámetros florológicamente establecidos, tienen el máximo de pregnancia.
BRUNO. -¿De qué?
FLORISTA. -De pregnancia. Es el efecto de la constelación interpersonal florológica sobre la instancia personal del deseo.
BRUNO, después de un silencio. -No sabía que existiera la florología. Y menos que fuera una ciencia.
FLORISTA. -La flor es un filtro y, como tal, objeto múltiple de ciencia. Si como destiladora de energías está en el origen de las terapias de sanación y de la farmacopea de las esencias florales, como filtro de amor participa de la eficacia de los antiguos bebedizos. El don de una flor impone un contra-don, o sea la obligación de corresponder y restituir.
BRUNO. -¿Así que regalar flores tiene su complique?
FLORISTA. -Tanto como venderlas responsablemente. Hay tiendas que comercian con flores como otros venden churros o perros calientes. Así como hay gente que no cree sino en lo que se come.
BRUNO. -¿No lo dirá por mí?
FLORISTA. -Por supuesto que no. Usted es un hombre culto, eso se nota. Tal vez hasta un intelectual. ¿Me equivoco?
BRUNO. -¡Ejem! Soy escritor. Sobre temas históricos, principalmente. La Nueva Historia y toda esa carreta. ¿Qué me recomienda, entonces?
FLORISTA. -Elegir la flor adecuada es tan importante como acertar la cantidad. Veamos. Diga lo primero que se le venga a la cabeza.
BRUNO. -Dos gardenias.
FLORISTA. -¿Eso es lo que le gustaría regalar?
BRUNO. -No sé. Lo que a uno primero se le ocurre no siempre es lo que conviene.
FLORISTA. -Acaba usted de enunciar uno de los principios fundamentales de la ciencia de la florología, tal como se la imparte en la Sorbona y otros centros de altos estudios. Otra cosa, caballero. Entiendo que regalándole flores a su amiga no sólo quiere manifestarle sus inclinaciones sino propiciar una cierta respuesta.
BRUNO. -Así es.
FLORISTA. -Entonces no le recomiendo las gardenias. Las gardenias declaran el amor, pero no demandan ninguna gratificación específica.
BRUNO, entre dientes. -Tenía razón El Jefe.
FLORISTA. -Cómo dijo?
BRUNO. -Que debe de tener razón. Descartadas las gardenias.
FLORISTA. -¿Cuál es la flor que más le gusta personalmente?
BRUNO. -La rosa.
FLORISTA. -Tampoco lo que más gusta es lo que conviene siempre. Al contrario, la selección en función del gusto produce a menudo desastres. ¡Cuántos hay que se privan por una orquídea! La orquídea tiene unos desvanecimientos del morado al lila que prometen los deleites más íntimos. ¿Me sigue?
BRUNO, cautivado. -La sigo.
FLORISTA. -Pues bien. Cierto cliente llevado de su parecer, en una coyuntura como la suya, le regaló orquídeas a una amiga de Popayán, y la chica lo que hizo fue cogerle miedo. Era obvio. La orquídea tropical es una epifita que se desarrolla sobre el tronco de los árboles y que tiene... (baja la cabeza, mira por encima de las gafas) especial predilección por la horcadura.
BRUNO. -Ajá.
FLORISTA. -Ello sin entrar en el tema de los referentes etimológicos, que me abstengo de tocarle. ¡Y venirle con un ramo de catleyas -de la especie Cattleya marginata, variedad bogotensis, para colmo- a una chica de una de nuestras ciudades más tradicionales, con la que apenas existía una amistad!
BRUNO. -Ya veo. Convenía otra variedad…
FLORISTA. -En realidad, el problema no es de variedad sino de familia. Ante la bogotensis y la barbata, por ejemplo, o la bulbosa y la bicornuta, que entre el diablo y escoja. Sí. En toda la ralea de las orquidáceas no hay de qué hacer un caldo. ¿Por qué cree que aquí no vendemos orquídeas?
BRUNO. -¿No? ¿No las venden? Pero si es la flor nacional.
FLORISTA. -Ya sé. Nuestro país es muy poco afortunado en la elección de los símbolos patrios. Piense no más en el pájaro carroñero que domina nuestro escudo o en esa Virgen que se arranca los cabellos en nuestro himno. La orquídea o lirio de mayo, que nuestros académicos de la historia -debo decir: de la vieja historia- confirmaron como flor nacional en su variedad labiatae trianae, antes que ser motivo de celebración serviría mejor para representar a la Colombia maculada. ¿Que por qué lo digo? Porque la orquídea reemplazó al tulipán como flor insignia de las tropelías colonialistas.
BRUNO. -Primera noticia.
FLORISTA. -Modernas investigaciones históricas han establecido que nuestra emblemática y nunca suficientemente cuestionada flor se encuentra en el centro de una especie de historia universal de la infamia comenzada a mediados del siglo XIX con el tránsito del proteccionismo mercantilista al régimen del librecambio y actuada y protagonizada por aventureros inescrupulosos que a la caza de nuevas y exóticas variedades se desparramaron por el mundo destruyendo el medio ambiente y sembrando la discordia en áreas tradicionalmente pacíficas.
BRUNO, admirado. -¡Dijo todo eso de una tirada! Se precisan pulmones.
FLORISTA. -Una larga tirada no es asunto de pulmones sino de técnica.
BRUNO. -¿Así que la orquídea vendría a ser la flor de la libertad de comercio? Eso no estaba en mis libros.
FLORISTA. -En sus libros como que faltan muchas cosas. ¿Saben, por ejemplo, sus colegas de la Nueva Historia qué hacía el señor Endres cuando cayó baleado en Riohacha?
BRUNO. -¿Endres? Ni oído ni mentado.
FLORISTA. -¿Y Falkenberg? ¿Qué circunstancias rodearon la desaparición en Panamá del buscador de orquídeas Falkenberg? Estamos hablando de la Colombia semicolonial, cuando los agentes de la casa Sanders de Inglaterra y Bélgica derribaban en una sola operación cuatro mil árboles para recolectar diez mil orquídeas. ¿Esas balaceras en Riohacha y esas desapariciones en Panamá no le dicen nada?
BRUNO. -Yo no soy violentólogo. Pero sí, me suena.
FLORISTA. -¿Cómo no le va a sonar! Esos sucesos son los precursores del borrascoso país contemporáneo, de la violencia que se propaga como una peste a lo largo de nuestro territorio.
BRUNO. -En cuanto a eso, creo que hemos tocado fondo. Hay iniciativas de paz alentadoras...
FLORISTA. -No habrá paz mientras estemos bajo el signo de la orquídea. La orquídea trae al interior del cuerpo social la violencia de que está simbólicamente impregnada. ¿Entiende por qué no la vendemos en esta casa?
BRUNO. -Suficiente ilustración. Doblemos esa doliente página. ¿Del clavel qué me dice?
FLORISTA. -Exigiría demasiadas precauciones. El clavel es el vástago de una múltiple hibridación cosmopolita. Hoy por hoy...
BRUNO. -Sí. ¡Qué susto! (Juguetón) ¿Y la amapola?
FLORISTA. -Muy prometedora, pero en la misma medida peligrosa.
BRUNO. -En esto de las flores como que hay que andar con pies de plomo.
FLORISTA. -Es la palabra justa. Mucho plomo.
BRUNO, siempre juguetón. -¿Y el narciso?
FLORISTA. -¿No querrá dar ese mensaje?
BRUNO, serio. -Por supuesto que no. ¿Y la azucena?
FLORISTA, negando con el índice. -Eh! Eh! Y no pregunte por qué, que ahí hay un rollo sobre el que no pienso dar detalles. Lo único que le digo es que la pálida azucena puede suscitar la pasión más tormentosa. O nada.
BRUNO. -Mejor nada. (Una pausa) ¿Así que uno no puede dejarse llevar por el gusto?
FLORISTA. -Si la gente pudiera dejarse llevar por el gusto ¿para qué el saber? ¿Para qué la ciencia de la florología?
BRUNO. -Dígame entonces qué compro.
FLORISTA. -Se va a llevar una sorpresa. Florológicamente hablando, usted es un capitón.
BRUNO. -¿Un qué?
FLORISTA. -Un capitón. Más aún, un gran capitón.
BRUNO. -Perdóneme, señorita, pero esa me la va a tener que barajar más despacio.
FLORISTA. -Usted es un privilegiado. Lo que más le gusta es lo que le conviene. Eso, dicho en términos pedestres. Si fuera a decírselo en términos científicos seguramente no me comprendería.
BRUNO. -Dígalo de todas formas.
FLORISTA. -El flujo incondicionado de su espontaneidad imaginaria engarza en algún lugar exquisito con la cadena del significante metaflórico, a la manera de una puntada que une dos niveles. El resultado de ese encuentro o ligue es la sutura -con ese minúscula, valga la precisión- y su representante -muñón o cicatriz- es el punto de capitón, nombre que, en gracia a la sencillez, damos también al lugar del encuentro exquisito. ¿Cómo se le hace?
BRUNO. -Quedé viendo un chispero.
FLORISTA. -Su vocación privilegiada para el ligue hace de usted un capitón, vale decir, un núcleo de imantación florológica o, más exactamente, flórica.
BRUNO. -¿Cuál es la diferencia entre lo flórico y lo florológico?
FLORISTA. -La misma que existe entre lo óntico y lo ontológico.
BRUNO, luego de un silencio. -No suena mal eso que dijo sobre mí. Que soy un núcleo de imantación florológica.
FLORISTA. -Flórica. El sujeto NIF de monsieur Pingaud.
BRUNO. -Cuando me llamó gran capitón me iba timbrando.
FLORISTA. -No crea que no me di cuenta. Por eso se lo he explicado, para que vea que se trata de un concepto científico. Sí. Su flor favorita es la indicada. Ah, que sea una sola rosa, casi en botón.
BRUNO. -¿Nada de ramos, definitivamente?
FLORISTA. -Nada de ramos. No sea que le pase lo que a un intelectual amigo mío que dio en mandarle flores a una bella cantante de ópera, grandes ramos de rosas encarnadas...
BRUNO. -¿Y ella le cogió miedo?
FLORISTA. -No. Al que le entró la terronera fue a él. Por un tiempo deambuló como un fantasma en lo alto de la galería del Colón, y acabó en el exilio.
BRUNO. -¿Puede ser roja?
FLORISTA, concediendo con el gesto. -Un envite atrevido, pero florológicamente permisible. (Le presenta una rosa en botón) Mire qué pimpollo. También podría ser amarilla. Pero no rosada. (Sentenciosa) La rosa rosa es lo último a que se llega.
BRUNO. -¿Puedo preguntar por qué?
FLORISTA. -Puede preguntar, pero no voy a responderle. Hay temas que no se tratan cómodamente entre un caballero y una dama.
BRUNO. -¿Cómo dijo que se llamaba el lugar del encuentro exquisito?
FLORISTA. -¿El término científico? Punto de capitón.
BRUNO. -(Recita) "Esta fue la morada / Este es el sitio". (Aterciopela la voz) No vuelvo a comprar flores sin hablar antes con usted.
FLORISTA. -Es un placer servirle.
BRUNO. -Y pienso hacerlo a menudo.
FLORISTA. -(Perfila el rostro, bate las pestañas) Me va a hacer pensar que es un gallinazo…

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