Poemas

Poema retrato

La casa es un escándalo femenino
un sufrimiento ordinario para las demás casas
de nombres comunes
sin terrazas

Es buena la humedad en nuestros rostros secos
porque el agua sube débil hasta el cuarto piso

y para calmar la sed de un gato y un perro
hay que darse prisa o seremos mordidos.

La casa es silencio
todos duermen para no escucharla
pero en realidad
nadie tiene ese talento.

Mi enfermedad / Ars Poética

Toso tan fuerte que podría expectorar mi corazón
mostrárselo a mis padres y convertir mi enfermedad
en un canto bermellón
en ganzúa
en poesía
Toso, se me infla la garganta
como los sapos
como los poetas
pero los cazadores ya no buscan poetas para sus extractos.
Toso, soy un sapo escuálido
toso
     toso
         toso
la fuerza viene de mi estómago débil y malcriado.
Toso, hago ruido. Escucho con atención a los ruidos experimentados.

Los que regresan

Nos pusimos en marcha cuando voló el último de los
zorzales. Yo hice en la tierra una marca con la punta
del pie.

Caminamos, todo el día caminamos. Éramos tres, cinco,
a veces nueve.

El más viejo de nosotros hablaba en voz alta pero sus
palabras no coincidían con lo que podíamos ver.

Cada uno llevaba sus señales y el cuerpo para
interpretarlas.

Ya bien entrada la segunda noche encendimos un fuego.

El joven habla en el umbral

Hagan sonar más fuerte las campanas
que ya se acerca la hora
y aún no vienen los demás
y la mesa está servida
y no podemos dejar los alimentos
secarse al sol, abandonarlos
a los animales.

Que suenen más fuerte,
no importa que las copas estén rotas,
que se angoste el agua en el cuello de las botellas
y no tengamos con qué vestirnos de fiesta;

que suenen más fuerte las campanas
por las cosas que no se cumplieron,
por lo que se perdió y se dijo
durante ese largo silencio.

Estación

Era alta la bóveda.
De un lado a otro las vigas
se doblaban sobre sí mismas,
sostenían el peso extendido del acero
que cubría la llegada de los trenes.
Cientos de personas
caminaban por esa entraña de metal
que se abría a la violencia de las máquinas.

Las farolas colgaban sin mecerse.

La grulla

Nunca había visto una tan cerca.
Cuando la encontré escondida en el bote,
a la orilla del agua,
todavía sus ojos iban de un lado hacia el otro,
como si mirar fuera una forma de moverse,
de salir de ahí.
Tenía las alas rotas, y su largo cuello,
elegante como los juncos,
sólo insinuaba algunas plumas y estaba cubierto de lodo.
Las hormigas ácidas, rojas, comían de la carne abierta,
de la sangre de ave que manaba del costado.

El pan mojado como injuria

Migajas de mandil,
talle de miriñaque, ¿tanto importaba el pan?
Hábitos:
renegar, condenar, despotricar.
Con mandobles de garrote
golpeabas
            el perímetro de la postración.
Así empleabas el remanente articulado.
El aire no padece,
             tu ira en vano.

Siempre te servía cena, tajadas,
latillas, sobras que apurar,
te traía las cosas del ganchillo,
el peine, los yogures, los smacks,
tu neceser de hidratantes.

En cada losa un rastro urético.

El cielo y la tierra son belfos

El día es de color jamón por fuera
y hay nubes saburrosas
sobre el lugar desmurallado.
El sol, proléptico, colea
y la calle rebosa especies
cuyos orines no drena el alquitrán.
La bendición es indistinta, en masa.
                El polvo, superior jaez.
Es tan bonito que dan ganas
de patear lo moral bello,
os juro que hay, sin turno, espera mansa,
burros a las puertas del kebab.
Qué pintan los animales ocupando
la avenida
              cuando matanza es solo ya vocablo

El gran proveedor

¿Qué iba a saber de glúteos escorados
un médico del ochenta y seis? 

Pilar hubiera sido común nombre
pero las gónadas dijeron: «vas a vivir en punta».
No mienten las células cumplidas

y no hubo mascota nunca hubo.

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